Revista Intemperie

Adiós Eco

Por: Arlette Cifuentes
eco

 

Una oleada de fallecimientos han afectado al ámbito cultural en éste último tiempo, cuando intento recuperarme aún de la muerte de David Bowie, fallece Umberto Eco en su casa, después de haber cumplido recientemente 84 años el pasado 5 de enero.

Antes de Zizek y su irreverencia en el mundo intelectual estaba Eco, con una personalidad no común a la de los académicos que se destacan por su seriedad en el actuar, quizás un tanto excesiva. De hecho no podemos olvidar el incidente que tuvo unos años en el que fue detenido por la policía italiana con una prostituta en su auto en Roma. El hecho generó gran escándalo y se le apuntó con el dedo por bastante tiempo, sin embargo Eco, no se dejó amedrentar. De hecho logró zafarse alegando “sobre interpretación” por parte de la policía romana, hecho que ya había ocurrida en más de una ocasión.

Umberto Eco es principalmente reconocido por su trabajo en la crítica literaria además de la narrativa y de la semiología, a pesar de esto no podemos dejar fuera su importancia en la filosofía.

La obra de Eco es vasta, donde destacan algunas como Apocalípticos e Integrados, En nombre de la Rosa y El péndulo de Foucault. Pero es su primera obra la que nos muestra la capacidad de acercar los contenidos filosóficos a la cotidianeidad y cómo éstos están insertos en los productos culturales que generamos sobre todo en los medios de masas, fue capaz de analizar, la televisión, la radio, la música popular y el cómic, éste último uno de los más populares a mediados del siglo XX, donde se atrevió a develar el verdadero poder de Superman, quien no solo salvaba a la ciudad de los malos (que me disculpen sus fanáticos) sino que además generaba las pautas y formas de ser un buen ciudadano en plena guerra fría.

Superman poseía poderes sobrehumanos (súper fuerza, súper rapidez, visión de rayos X, súper oído, invulnerabilidad (exceptuando a la criptonita), súper aliento, entre otros más) los cuales les permitía acabar con sus enemigos y devolver la paz y la calma a su comunidad. Pese a esto, Superman sólo actuaba localmente, a pesar de que como indicó Eco, tenía la capacidad de terminar incluso con la posible guerra nuclear que los medios estadounidenses les decía a sus ciudadanos que se avecinaba en cualquier instante. El filósofo, da cuenta de cómo los personajes con los que crecemos desde niños son capaces de moldear aptitudes y comportamientos esperados por un Estado. Al mismo tiempo en su mayor bestseller En nombre de la rosa, llevado al cine y protagonizado por Sean Connery, Guillermo es capaz de demostrar la característica de cualquier filósofo: la búsqueda de la verdad.

En esta obra Eco combina la interpretación de símbolos, semiológicos y estéticos, una suspicacia detectivesca digna de Conan Doyle, la problemática filosófica de cómo en plena edad media la ciencia comienza a dar explicaciones concretas y a dar soluciones a problemas humanos, no necesariamente desde Dios, la dualidad del celibato y el placer de la carne, y por supuesto: las redes de poder y de cómo hay quienes esconden obras que pueden incitar nada más que a aceptar lo que es la vida en sí, como diría Nietzsche: lo apolíneo y lo dionisíaco. Algo tan sencillo como la risa, podría destruir incluso al mismísimo dios, es así como Jorge el anciano ciego condena el libro de Aristóteles “La Comedia” señalando:

“La risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. Es la distracción del campesino, la licencia del borracho. Incluso la iglesia, en su sabiduría, ha permitido el momento de la fiesta, del carnaval, de la feria, esa polución diurna que permite descargar los humores y evita que se ceda a otros deseos y a otras ambiciones… Pero de esta manera la risa sigue siendo algo inferior, amparo de los simples, misterio vaciado de sacralidad para la plebe. Ya lo decía el apóstol: en vez de arder, casaos. En vez de rebelaros contra el orden querido por Dios, reíd y divertíos con vuestras inmundas parodias del orden… Al final de la comida, después de haber vaciado las jarras y botellas. Elegid al rey de los tontos, perdeos en la liturgia del asno y del cerdo, jugad a representar vuestras saturnales cabeza abajo… Pero aquí, aquí… -y Jorge golpeaba la mesa con el dedo, cerca del libro que Guillermo había estado hojeando-, aquí se invierte la función de la risa, se la eleva a arte, se le abren las puertas del mundo de los doctos, se la convierte en objeto de filosofía, y de pérfida teología (…) La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto, y, por tanto, controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo, porque ha invertido las relaciones de dominación: pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos, y a partir de entonces ilustres, con los que legitimar esa inversión. Entonces se transformaría en operación del intelecto aquello que en el gesto impensado del aldeano aún, y afortunadamente, es operación del vientre. Que la risa sea propia del hombre es signo de nuestra limitación como pecadores. ¡Pero cuántas mentes corruptas como la tuya extraerían de este libro la conclusión extrema, según la cual la risa sería el fin del hombre! La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo.”

Eco, nunca se quedó callado, no se encerró en la academia a hablar desde el Olimpo para quienes creían habitar en él con aquellos conceptos sólo para entendidos en la materia, reutilizó los tecnicismos para cotidianizarlos, hasta al final habló desde una visión crítica sobre fútbol, las redes sociales y de las problemáticas de la sociedad europea e italiana. Umberto Eco es quien nos recuerda que la academia no puede quedarse encerrada en las cuatro paredes de la biblioteca o las salas de clases. El ser intelectual conlleva un deber y ese deber consta en señalar los problemas que las estructuras dominantes poseen y generan en nosotros.

Adiós Umberto Eco, fuiste un intelectual grande.

 

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