Revista Intemperie

Entrevista a Natalia Litvinova: poeta bielorrusa en Latinoamérica

Por: Natalia Berbelagua
natalia litvinovas

 

Tengo una especie de obsesión por las Natalias. No porque yo misma me llame así, sino también porque es un nombre que tiene personalidad y de alguna manera está emparentado con la locura. (A Santa Natalia le cortan la cabeza un 27 julio). Llegué al blog de Natalia Litvinova buscando algo de la poesía de Nika Turbina, la niña prodigio que recitaba como si se conectara con los fantasmas o tuviera algún indicio de perturbación mental. Así fue como comencé a leer algunas de sus traducciones y posteriormente su poesía. Algo me pareció familiar en ese relato íntimo, una crudeza que destaca en esa particular mezcla rusa y latinoamericana.

Natalia Litvinova nació en Gómel, Bielorrusia, en 1986, el mismo año del accidente de Chernóbil. Emigró a Argentina con su familia cuando tenía 10 años, es precisamente en Buenos Aires donde nos conocemos dos décadas más tarde. Algún tiempo después, al adentrarme en su trabajo, me pregunto cómo es que no la han publicado en Chile. Se concreta la jugada. Pasa a formar parte del catálogo de la editorial independiente Libros Tadeys el 2015 con su libro “Siguiente Vitalidad”. Le escribo por la noche y me responde por la noche. Incluso vuelve a contestar más de una vez, pero siempre de madrugada.

Quisiera saber sobre tu infancia, tu lugar de nacimiento, tu relación con esa casa fantasma, tu salida de Rusia.

Nací en Gómel, una ciudad de Bielorrusia atravesada por el río Sozh. El verano lo pasaba en el campo, cerca del bosque, en el pueblo de mis abuelos paternos. Eran campesinos y trabajaban en la huerta todo el día, vivían de sus cultivos. Mi abuelo era veterano de guerra. Mucho silencio por las noches. No había libros ni revistas en esa choza. Mi abuela criaba chanchos, gallinas y cabras. Mi abuelo ponía obsesivamente trampas para los ratones. Durante la primavera y el verano las frutas, las verduras, la manteca, se guardaban en frascos para el invierno. En la casa no había cuadros sino estantes llenos de esos frascos. En la ciudad vivía con mis padres y mi hermano en un típico edificio soviético, pero teníamos cerezos, bosques y jardines cerca. Recuerdo los paseos, los murmullos sobre la dictadura, los animales con los que nos cruzábamos en el campo o en el bosque.

Un paisaje muy típicamente ruso, que se manifiesta constantemente en tu obra…

El paisaje aparece porque es un sentimiento, entró por la planta de los pies cuando era chica. La infancia siempre es un poco fantasmal. Haber vivido hasta los diez años en un país al que todavía no pude regresar me hizo crear a un abuelo que arrastra los pies, un padre que no para de correr, una fertilidad excesiva producida por una explosión nuclear

Más allá de lo evidente de la devastación, ¿Cómo te toca esa historia desde tu perspectiva de niña? 

Nací en Gómel, una de las ciudades más afectadas por la radiación, el viento nos jugó una mala pasada. El desarraigo se sintió, me refiero a los evacuados, a la migración involuntaria, algo fantasmal e irreversible comenzó a habitar nuestros lugares. Empezaron a aparecer muchas enfermedades, la gente se debilitó, faltaba información. Donde falta información se producen grietas, iluminaciones, digo esto y pienso en la escritura. Mi tía vive en Kiev, a veces hablo con ella por skype. Siempre me cuenta algo sobre Chernóbil, es un tema que presiona y a me atrae. Sus relatos me parecen ciencia ficción y a la vez parte de lo cotidiano. En base a fotos que trajo mi madre de Chernóbil escribí varios poemas.

No parece descabellado que haya aparecido la traducción, de alguna manera ese oficio te conecta con ese lugar fantasma.

Llegué a la traducción de una manera sencilla: quería compartir con alguien la poesía contemporánea rusa, o clásica, la que no estaba traducida. Algo se enciende en uno cuando conoce algo maravilloso y da ganas de que otros lo conozcan. Lo sentí como una necesidad pero también como un deber, voces de otros siglos y voces de la Perestroika, las de los suburbios, las de los chicos que fuman y riman detrás de su edificio. Se me ocurrió abrir un blog, luego empecé a pensar en posibles libros y antologías, los armé, encontré editoriales donde publicarlos.

No salté de la traducción a la poesía, la poesía estuvo antes. En el colegio me aprendía los poemas de Esénin de memoria. Teníamos recitales, nos enseñaban a emocionarnos, a entonar bien, es un recuerdo muy particular ese. Tuve que mudarme de país, aprender un idioma nuevo, emocionarme en ese idioma, y luego traducir. 

Dedicándote a la poesía ¿Cómo ves el ejercicio de la traducción? ¿Es creación literaria o el traductor poeta invisibiliza la voz para que el otro hable por él?

Parafraseando a Caproni, es quedarme ahí, donde nunca estuve. El traductor se priva de ciertas cosas para que aparezca otra potencia. Se acerca demasiado y a la vez se distancia como ninguno, cae en la melancolía y empieza a dudar, se encorva y se endereza cuando recupera las palabras.

En América Latina se siente una gran admiración por los poetas clásicos rusos, ¿Qué es lo que nos conecta con esa poesía pese a que nuestras historias, el clima y el imaginario son tan distintos?

Pienso en tu pregunta y me digo qué parecida es la nostalgia de Jorge Tellier a la de Serguéi Esénin. Dos poetas láricos de continentes distintos, pero es como si el jinete nocturno de Teillier atravesara los campos universales para llegar a la aldea de Esénin. Rusia es una nación sufrida, su historia es vasta. Está repleta de leyendas, héroes y poetas, mártires y monumentos. Creo que persiste la atracción por su peculiar carácter religioso, por su poesía y su cine, por la letanía de su lengua.

Si tuvieras que elegir a una poeta rusa y otra latinoamericana con la que tengas un vínculo, ¿Quiénes serían?

Son muchas, por eso voy a desobedecer y a mencionar cuatro: Marina Tsvetáieva, Anna Ajmátova, Blanca Varela, Leonor García Hernando.

Tu libro recientemente publicado en Chile se llama “Siguiente vitalidad” Cuéntanos del porqué del título. ¿Quisiste revisitar los poemas?

A veces parece que poemas, historias o personajes del libro anterior se enganchan en el rastrillo y van hacia el siguiente. Si eso pasa, me pongo a dialogar con ellos desde el nuevo lugar, intento darles otra vitalidad. Pero también es un título se impuso porque empezaron a aparecer nuevas historias, personajes (Fernande Olivier, Dostoievski, Tarkovski, Pollock, el Greco) y paisajes (Toledo, los sueños). En este poemario hay varios textos dedicados a España, los escribí durante el viaje que hice a Córdoba, hace un año, cuando entré a esa hermosa mezquita y perdí el tiempo, quiero decir los tiempos. Vi las diferentes caras de la antigüedad, una libertad aterradora.

Jugando a que somos amigas y nos mandamos cartas contándonos lo que hicimos, ¿Qué me dirías sobre el día de hoy?

Un día agotador para los ojos y para la espalda. Me levanté poco. Hay un jardín justo frente a la ventana, mi mesa está en el mejor lugar de la habitación. Veo una parra vieja que ya no da frutos, de la reja cuelga una jaula vacía, a veces algún que otro pájaro se para ahí. Lo verde me relaja. Estoy traduciendo una novela rusa que se llama “Una nihilista”. Debería entregarla pronto pero me pongo trampas, digo esto y me acuerdo de mi abuelo y de sus trampas para los ratones. Abro cuadernos y releo lo que escribí. Es un material que no sirve ahora. La novela la escribió una mujer de origen bielorruso, fue lo que me entusiasmó. Pienso en los pasos que hay que dar alrededor, antes de traducir una idea, para no estropearla.

¿Cómo es participar de un mundo mayoritariamente masculino como la poesía? ¿Cuál es la relación con los hombres y tu trabajo?

Las poetas y las narradoras en la Argentina pisan fuerte con sus obras llenas de mundos extraños, asperezas, pesadillas, velos, atrevimiento. Me gusta trabajar en equipo, con hombres y mujeres, y cuanto más extraño es su idioma, cuanto más lejano es su mundo, mejor para mi lengua y mi aprendizaje.

 

Foto: Gog y Magog Ediciones

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