Revista Intemperie

Vida de porquería: Gente aburrida

Por: Oliverio
nadia lee

 

Estuve toda una horrible tarde de sábado llamando a la chica que me había dejado su número anotado con lápiz labial (en rigor, empecé desde antes de las 12:00). Al principio no me contestaba, después me contestó la que me pareció ser otra persona (porque me hablaba con acento caribeño), después quizás ella, después quizás otra, pero parecida. Tuve que navegar a través de la conversación, que era como un cadáver exquisito. Finalmente la convencí de que viniera a mí casa, a ella, o a alguien. Tenía unas ganas increíbles de que fuera de día, no de noche, cuando llegara, que no sentáramos a ver el crepúsculo, algo así.

Me dijo que venía saliendo de Renca, después que venía por las Rejas, después que venía por el centro. Llegué a salir a esperarla al paradero en Providencia, porque no tenía la más mínima esperanza de que supiera cómo ubicarse para llegar al edificio. Estuve observando el crepúsculo por un rato, mezclado con las torres de tajamar, mezclado con unas putas tristes disfrazadas de universitarias. Entonces, sorpresivamente, me llamó, que había tenido un problema con su abuelita, con quien vivía, y que no podía salir, o tendría que devolverse (no lo dejó claro). Después no contestó más el celular, a pesar de que llamé repetidamente. Todo fue como en las peores pesadillas de la adolescencia.

Regresé a mi casa y estuve mirando el techo y al cabo de unas dos horas (cuando ya no quedaba nada de crepúsculo), me levanté, me duché, me arreglé, y partí a la horrible cena o carrete organizado por el departamento universitario en que trabajo, a propósito del “Coloquio de Literatura XXX” al que no he asistido más de dos horas en toda la semana. Estaban en medio de una aburridísima conversación sobre lo que había pasado con la Nueva Narrativa Chilena, si era justo o no que hubiera desaparecido completamente del mapa a manos de la llamada nueva generación de escritores, y si esta “Nueva Generación” se merecía la visibilidad que tenía, o no sería otra burbuja y le pasaría exactamente lo mismo que la Nueva Narrativa en una década más.

Había una chica guapa, o supuestamente guapa en realidad, que hablaba de Bolaño todo el tiempo, y yo aproveché un pequeño momento de silencio para decirle “Bolaño es una mierda. Literatura para adolescentes frustrados”, y la chica se lo tomó tan a pecho, como si le hubiese dicho que ella era una mierda, y se lanzó en una furiosa defensa de Bolaño, algo sin pies ni cabezas, llena de frases como “Fíjate que…” “Tienes que reconocer que…” y citas a Borges. Patético. Y había también otra gente aburridísima, que hablaba con frases rimbombantes, dándose importancia, tratando de aparentar algo, no sé bien qué.

Lo que quiero contar (supongo), es que como a las tres de la mañana estaba con una de las alumnas de Magíster en mi casa. Ya sospechaba que debajo de su vestido de cretona anudado en la cintura (no tengo idea de lo que es la cretona, pero a eso sonaba la tela de su vestido, algo rígido, como cartón), se ocultaba un cuerpo plano como una tabla. Nuestro coqueteo en la facultad había consistido en mirarnos en silencio de vez en cuando, e intercambiar algunas preguntas absurdas en la cola de la cafetería. Me constaba además que la chica se acostaba con uno distinto cada fin de semana. Ahora, sin embargo, se revelaba como una excelente conversadora.

“¿Y? ¿Cómo va avanzando tu tesis?”

“Bueno, no es una cosa que avance todos los días.., estoy investigando todavía.”

“Jaja, si sé,  ¿pero de qué va?”

“Modelos de infidelidad, y los discursos a través de lo que se construye.”

“Sí, ¿pero qué has descubierto?”

“Todavía nada, estoy analizando las obras, mirando cómo se construye la infidelidad lingüísticamente. En esa línea el caso de León, de Madame Bovary, me sirve mucho por ejemplo, porque hay toda una construcción verbal, ficticia, hay un trabajo con la elocuencia, que ocupa para seducir a Madame Bovary a través de las cartas…”

No sé si eso fue antes o después (en realidad no tiene importancia) de que se paseara delante de mi biblioteca, recorriera los libros con dedos sensuales, y de pronto me dijera: “Ay, ¿préstame este?” (un libro de religiones precristianas).

En ese momento me acerqué a ella y traté de tomarla.

“Momento, momento” dijo, y me quitó los brazos de encima.

Se fue a tender con el libro, a lo largo del sofá, con lo cual el vestido se le corrió sobre las piernas y además los calzones le quedaron a la vista (que eran azules).

“Cuéntame, y tú, ¿cómo seducirías a una chica, ¿cuáles son tus técnicas de conquista?”

Estoy reproduciendo fragmentos de conversación, no recuerdo el orden.

“¿Técnicas de conquista? En primer lugar, no creo en la conquista.”

Después le dije algo de que trataba de impresionarlas con mi potencial sexual.

La noche seguía cayendo, todo (no sólo la oscuridad) se adensaba a nuestro alrededor.

“Me gustó lo que dijiste sobre Bolaño, creo que está demasiado sobrevalorado”.

“Ni siquiera me lo creo”, le dije, “era sólo para molestar a tu amiga.”

“¡No! ¿En serio?”

Pensé que iba a estar hablando toda la noche. También pensé que todo hubiera andado mucho mejor si la chiquilla que había llamado en la tarde finalmente hubiera llegado, podríamos haber contemplado el crepúsculo juntos y, sobre todo, no habría tenido que ir a esta horrible cena universitaria, y no tendría que estar bajo el mismo techo con esta horrible joven hípster ventilando conmigo sus represiones sexuales.

“Bueno, le dije, porque no nos dejamos de rodeos y vamos a lo que vinimos.”

Se incorporó lentamente sobre el sofá. No se veía nerviosa ni asustada. Tomó un vaso de whisky que había dejado en el suelo, junto al sofá (no recordaba en qué momento), y se echó un sorbo con gusto.

“¿Y a qué vinimos?” me preguntó

Yo también estaba saboreando un whisky, que me parecía lo mejor que me había pasado en esa horrible jornada.

“A descorrer esos lindos calzoncitos floreados que me estás mostrando hace bastante rato, y darle un poco de acción a lo que hay ahí debajo.”

No sé por qué le dije esto, no es mi estilo.

Por suerte no se lo tomó a mal, sino que se rio.

“¿Te puedo hacer una pregunta? ¿Cuántos años tienes?”

Esto me pareció una agresión. Quizás la respuesta correcta hubiera sido “Y tú ¿cuánto pesas?”

“33” mentí.

“Ah!, como Cristo”.

“Eso, exactamente como Cristo”.

“¿Sabes que si estuviéramos en Estados Unidos y ahora tuviéramos relaciones, después podría acusarte de abuso sexual?”

“¿Por qué? ¿Van a ser contra tu voluntad?”

“Aunque no lo fueran” dijo “después digo que me forzaste, que yo no quería.”

Estuvimos bastante rato en sus fantasías sexuales semi-perversas de este tipo. Después hablamos de drogas, de pastillas de estimulación sexual, del libremercado, del sinsentido de la vida (de su vida), de la presión de la sociedad al éxito, y otros temas así.

Después me puse de pie y fui a cerrar bien las cortinas, porque se ve todo desde los edificios del otro lado de la calle. Les ahorro lo que vino después.

 

Foto: (detalle) Nadia Lee / nadialeecohen.com

 

Temas relacionados:

• Vida de porquería, por Oliverio

 

Si quieres compartir tu experiencia sobre amor, deseo, trabajo, vida familiar u otro, -con tu nombre o con seudónimo- escríbenos a contacto@revistaintemperie.cl

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.