Revista Intemperie

En busca de una identidad masculina

Por: Nicolás Poblete
escote masculino

 

“Una casa se enferma con uno”, reflexiona Ignacio en las páginas finales de Escote masculino (editorial Furtiva), la primera novela de Daniela Roitstein, quien crea un personaje único, entrañable y polémico, con tintes de judío errante. La observación respecto de la casa tiene que ver con la visita que le hace a su amigo Víctor, enfermo de cáncer, en su hogar. Al mismo tiempo, remite a su propia situación: desamparado después del incendio que destruyó su vivienda.

Escote masculino es una novela que se acopla a una fuerte tradición marcada por la identidad judía y que se detiene, con mucha meticulosidad, en la construcción de personajes “completos”. Pienso, por supuesto en Saul Bellow: Herzog y la crisis masculina antes de los 50 años; en El planeta de Mr. Sammler con su sobreviviente, Artur; en El regalo de Humboldt y su amistad entre dos hombres-escritores, en Whilhelm, el actor cuarentón incapaz de madurar en Aprovecha el día; en todos estos personajes masculinos creados con completa tridimensionalidad. (Las críticas feministas por la falta de consistencia de personajes femeninos en Bellow vendrán mucho después). Y también vienen a la mente otras narraciones aledañas, como las de Bernard Malamud, I. B. Singer, Cynthia Ozick y Philip Roth.

Escote cursa su narración a través de un tono que fluctúa entre la tragedia y la comedia, en un contexto urbano. Su protagonista, Ignacio, es sonidista, es carismático, excelente imitador de personajes. Su realidad se desploma con el incendio, un “fuego antisemita”, lo llama, a pesar de que dicen ser producto de un cortocircuito -después sabremos el origen real o, más bien, surreal del incendio-. Un evento tan paródico como dramático que involucra la vida de un gato peludo. Esta catástrofe lo lanza hacia una búsqueda de sí mismo donde se replantea las preguntas más importantes de su vida. Por primera vez se siente desfamiliarizado al preguntársele por el domicilio en la comisaría, lo cual proyecta una metáfora diaspórica que le hace identificarse con “un Job moderno”.

Su condición le permite preguntarse por su identidad, su background, la necesidad de usar trajes y ser parte de un continuum: “¿dónde estarán las cenizas de mi partida de nacimiento, y qué querrá decir eso? ¿Podré volver a nacer, fingir que nací… inventarme una vida, un pasado, un nombre? Siempre quise llamarme Pablo”, reflexión que remite también al eterno dilema que narra y narra con su particular estética Paul Auster cuando nos recuerda lo fortuito de la vida, lo aleatorio que es el acontecer y la arbitrariedad de los accidentes: ¿Qué hubiera pasado si hubiera sido yo, en vez de ti?

De este modo Ignacio ve todo su presente como una forma de resignificar sus relaciones y observar la realidad con ojos nuevos. Así, lo vemos pelear con su amiga Marisa, quien le pide asistencia en su proceso de fertilización; lo vemos caminar y caminar, como judío errante, en una búsqueda que le hace (re)plantearse su sexualidad. Lo vemos debatir en torno al aborto, a su posible bisexualidad o feminización. Lo vemos acompañar a su madre con Alzheimer, aprovechando sus fugaces instantes de lucidez, para conversar y reforzar un sentido de familia y herencia. En una de las escenas Ignacio se acuesta en la cama, con su madre, pero la enfermera le recuerda que ahí no se puede pernoctar, escena que nos recuerda el desamparo en el que se halla Ignacio. Y, de paso, se recuerda la crisis argentina del 2000-2001 y las diversas formas en que sigue afectando a los ciudadanos. El trayecto de Ignacio puede verse como una real peregrinación, una empresa mística.

Con un ojo que registra detalles finos, la voz narrativa observa, por ejemplo, las marcas de la vejez en una antigua profesora de francés: “… alisaba su falda verde y se volvía a sentar delatando la marca más infalible de la vejez: desplomarse en los últimos centímetros de la recta final hacia el sillón. Cuando eso pasa, empieza la vejez. La imposibilidad de llevar el culo a la silla con la amortiguación adecuada es el punto de partida”. En otro momento escuchamos a Ignacio idear una ampliación de su negocio cuando piensa en incursionar en el rubro de la circuncisión, detallando cómo se imagina la música adecuada según las etapas del bris (rito judío de la circuncisión) en lo que denomina un beat-a-bris. (“El clímax sería el corte del prepucio, con un acorde determinante”).

Estas descripciones dotan de gran espesor a su delirante protagonista quien, en un momento de introspección y evaluación de su vida, revela: “Me sentía avergonzado por todo. Por no tener casa. Por no tener oficina. Por no tener novia. Por no saber si debería decir novia o novio. Por no tener hijos. Por no donar esperma. Por tener una madre con Alzheimer. Por no tener mayor aprecio por ella. O por tenerle demasiado. Por no tener un ovejero alemán. Ni dos. Por no tener agallas para pegarme un tiro. Por haberlo pensado”.

 

Escote masculino

Daniela Roitstein
Editorial Furtiva, Santiago

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