Revista Intemperie

“Quizá en algunos años volverán los poetas discursivos”: Entrevista con Juan Santander

Por: Romina Reyes
juan santander

 

Nació en Copiapó, pero no se considera un escritor de provincia. Dice que eso tiene que ver más con el lugar donde se vive, y él vive hace doce en Santiago. Estudió Literatura en la Universidad de Chile, un ambiente que describe como castrante, pero del cual salió con las ganas de hacer un libro. Primero fue Allí estás (2009), y luego Cuarzo (2012), ambos publicados por Marea Baja, editorial que creó junto a un amigo y que describe más como una anécdota que como un proyecto. Luego vino Agujas (2015), editado por El Trueno y hoy, La destrucción del mundo interior, editado por Overol, un libro que recupera su obra anterior, y que busca comercializar una poesía que, según su autor, no lo es.

“No me interesa que el libro se venda tanto, pero sí que tenga una salida”, dice. “Tampoco es un libro tan masivo. Hay poetas que les gusta estar en un espacio más cerrado y creo que tiene que ver con la forma de tomar el oficio de cada escritor. El poeta se plantea más como en la búsqueda de un lenguaje propio, ensimismado. La figura de Rilke o de Rimbaud funciona mucho todavía”.

Ya, pero Rimbaud es un best seller.

No es un buen ejemplo, pero me refiero a que hay quienes tienen esa voluntad de ser leídos por un grupo amplio de personas. Y los narradores tienen más conciencia que su arte es más susceptible de ser comercializado.

¿Y tú crees que la poesía no es susceptible de ser comercializada?

En general creo que los poetas tienen la idea de que su trabajo no es muy comercializable.

¿Y qué crees tú?

Yo creo que mi trabajo no es muy comercializable, pero si alguien me plantea que quiere comercializarlo, como en el caso del editor, yo digo que sí.

¿Qué sería comercializable y masivo?

Tiene que ver con el género y la forma en que uno escribe. Los poemas apuntan a una escritura más breve, llena de metáforas e imágenes. El poema no va a un lado. La narrativa tiene personajes, trama, un telón social, y es más identificable, más etiquetable, puedes agarrarla desde más lados. Y la gente lee más narrativa. En cualquier librería de Santiago la sección de poesía es menor. También puede ser un prejuicio, pero ahí venden libros y eso habla de que la narrativa vende más. Tampoco digo que mi libro no sea masivo, o que no pueda llegar a ser masivo. Tal vez tiene que ver con las expectativas de uno, pero la mayoría de mis amigos, la mayoría de las personas que escriben poesía, tienen un discurso más bien parco en relación a la recepción.

¿No les interesa?

No es eso. Pero hay mucha gente que no lee poesía.

¿Eso no es establecer una división elitista?

No lo veo elitista, veo que uno se pone el parche antes de la herida.

Pero, ¿por qué escribir si nadie te va a leer?

Es que tampoco es tan poca la gente que lee poesía. Algunos poetas igual tienen la esperanza de abrir ese espacio. Por ejemplo, Ernesto González sacó un libro con poemas epigramáticos y cada poema hace alusión a una canción de Blur, Placebo. Natalia Figueroa publicó Una mujer sola siempre llama la atención en un pueblo. Y los textos son llanos en su lenguaje, narrativos. Habla de la familia, la relación con hermanas. Yo creo que en parte la intención es tratar de atraer público. Pero es verdad, la línea entre ser discriminador y ponerse el parche antes de la herida es súper débil.

 

Generación Aylwin

Santander nació el ‘84, y se siente en un limbo entre la generación que nació el ‘80 y la que nació en los ‘90. Para él, una de las cosas que marcan son los eventos masivos con los que te toca abrirte al mundo. En su caso, el boinazo, La oficina, Patricio Aylwin.

“Tengo la impresión que la gente que nació a finales de la dictadura tiene una visión más abierta. La generación anterior tenía mucho que ver con tomar el relevo. Sentirse en el continuum de la poesía, donde el concepto tradición es importante. Es un arte cerrado y entrópico y el poeta quiere participar de un espacio intertextual. Al menos la tradición del siglo XX tiene mucho que ver con eso. Pero ahora la gente más joven como que ya no…”

¿No hay respeto por los mayores?

No es eso, sino que no tienen ese peso. Y eso los hace tener más libertad. Y esa libertad lo hace más interesante para el lector.

¿Te sientes en un limbo entre esas generaciones?

Sí, no lo había pensado. Mi generación tenía seis años cuando terminó la dictadura, y la primera conciencia que tuvimos fue la transición. Fue el primer evento importante a nivel generacional. Por ejemplo, la gente que tiene cinco años más que yo en ese momento tenía diez años, y la gente más chica era un bebé. Con los años uno se abre un poco y nos tocó abrirnos al mundo en la época del boinazo, La oficina, Patricio Aylwin. Es una zona súper extraña y muy movediza. Teníamos mucha conciencia de los ‘90.

¿Qué significa para ti ser poeta en Chile el 2016.

Hay hartos poetas y no sé si hay un personaje que responda a un estereotipo. Hay poetas que tienen voluntad social y discursiva fuerte y otros y otras que son más individualistas.

Hace cuarenta o cincuenta años el escritor era una figura pública, se le preguntaba su opinión. Hoy creo que los escritores más jóvenes evitan opinar porque no saben bien qué decir…

¿Carecen de opinión o prefieren no meterse?

Claro, prefieren no meterse. Tal vez sienten que esa postura más activa incomoda, entonces no responden desde ahí. Si respondes desde un espacio, tienes miedo de equivocarte o ser encasillado.

¿Pero eso es cobardía, o no?

Sí, yo creo, pero lo que pasa con la poesía es que cada ciertos años se satura de discurso. Se habla mucho de cuestiones que tienen que ver con una realidad social, o se impone un discurso ideológico. Hay poetas que provocan esta saturación.

¿Cuándo fue la última vez que se saturó el discurso?

Hay personas que plantean que la generación de los noventa fue más literaria, más retraída: Leo Sanhueza, Andrés Andwanter. Y que la del 2000 fue más contestataria, más política, gente como Diego Ramírez, Pablo Paredes.

¿Ese discurso que se saturó era queer?

Claro, más queer, o más marginal de alguna forma, o hablando desde un espacio no desde los libros, sino desde la calle, como la Gladys González. Me parecía bien, pero en algún momento cuaja y luego viene otro grupo de personas que buscan máscaras de discurso.

¿Crees que estamos en la bajada de la ola del discurso?

En este momento hay de todo. Eso me gusta harto. Hay poesía que tiene un discurso en el habla popular, en la calle, hay gente que escribe décimas, hay poetas que hacen música electrónica, hay poetas feministas, hay poetas conservadores. Cerca del 2010 se produjo una apertura de temas y de puntos de vista sobre el oficio. Tiene que ver con Internet y con que la juventud quiere aportar cosas nuevas. No quiere parecerse a las generaciones anteriores. Pero son movimientos que se van dando. Quizá en algunos años volverán los poetas discursivos.

 

Poesía y mercado

El boom editorial, ¿te parece sólo positivo?

Muchos amigos me preguntan eso. Si es sólo bueno o si puede producir una saturación de texto. Yo creo que es algo bueno y que lo que podría ser malo al final es que hayan muchos libros, y eso tampoco me parece tan malo. Además estamos en Chile, no hay una industria del libro grande. Muchas cosas están subvencionadas por el gobierno.

¿Cómo ves la participación en fondos?

Participé dos veces y he perdido.

¿Tienes un conflicto con ser financiado por el Estado?

Durante mucho tiempo no participé. Sentí que era mejor hacer mi propio trabajo yo y me fui en una onda independiente. Hice una editorial con un amigo, Marea Baja. Duró súper poco, es más una anécdota. Yo sentía que pa encontrar lo que yo quería escribir tenía que tratar de no ceñirme al formulario y al esquema del fondo. Pero luego pasó el tiempo y me pareció interesante postular y mandé un proyecto.

¿Te pareció interesante postular o te faltaba plata?

También un poco. Obviamente el aspecto económico me pareció atractivo. Pero yo creo que la mayoría de la gente ve el tema de los fondos desde el punto de vista de la plata.

Claro. Da la impresión que los y las escritoras tienen una reticencia a hablar del trabajo, pero todos trabajan porque los libros no dan plata. Puede existir una “clase creativa”, pero al final es una clase oficinista camuflada. ¿Cómo conjugas tú la dualidad de ser trabajador y poeta?

Yo hago clases con extranjeros hace bastante tiempo. Siempre he sentido que el que el trabajo sea libre me permite tener tiempo para escribir, corregir… Igual en algún punto logré un equilibrio entre ambas cosas. Pero ahora último… Pienso que me gustaría establecerme un poco más, pero son las típicas preguntas que se hace todo escritor… Entre mis amigos hay gente que no puede escribir porque trabaja mucho. Oficina, contratos. Y hay otros amigos a quienes les va mal, les cuesta encontrar pega. Siempre están en un espacio complejo respecto de los ingresos y se dedican a escribir y todo, pero no es fácil encontrar el balance, sobre todo para quienes estudiamos Literatura que no somos muy atractivos para el mercado.

Como persona que estudió una carrera no atractiva para el mercado, ¿te parece importante mantener esas carreras?

Pienso que al menos en la carrera de Literatura hay varias salidas profesionales. Preuniversitarios, colegios, clases particulares. Reforzamiento, Groupon, agencias de publicidad, carrera académica, etc. Tampoco es tan cerrado como uno piensa. Pero es algo que aceptas con el tiempo, porque la mayoría de la gente que entra a estudiar entra con un ideal romántico de ser un intelectual, pero terminai prestando un servicio. Me parece que obviamente podría ser mejor, pero tengo amigos que estudiaron otras cosas y tampoco los veo muy sólidos.

A veces pienso que no es un problema sólo de la carrera, es un problema de las humanidades en general. Al final terminas trabajando en servicios. Eso tiene que ver con una realidad económica completa del país, no sólo con las humanidades. El país se dedica a prestar servicios y vender materias primas. Hay poco trabajo creativo, en lo que sea.

 

la destruccion del mundo interior

¿Qué significado le das al objeto libro?

A este libro le doy la importancia de ser una reedición. Los otros libros circularon en un espacio más cerrado, y esto da cuenta que lograron dar vuelta una página. La idea es apuntar a más lectores, con un título llamativo, y ese es el objetivo del editor: tratar de vender el libro. Esa idea no estaba en mi cabeza. Se me propuso y la acepté. Tampoco tengo una militancia en ser desconocido… No siento que sea necesario hacer un personaje de ti mismo, pero es una de las formas de hacer una bajada al espacio libro. La forma en la que vemos el espacio del libro en Chile tiene que ver con autores, con editoriales, y buscamos eso. Porque si es para gente que se dedica a leer, mejor hacemos una fotocopia.

Un tema importante del libro es el amor, pero gran parte de la poesía puede describirse así: un hombre sufre porque no lo pesca una mina. ¿Crees tú que es así?

Creo que son textos que se tratan de eso porque me interesa el tema. El amor, las relaciones, nos configuran como sujetos. También el trabajo. Me gustan los espacios donde la mayoría estamos inmersos. Hay mucha poesía que trata de amor, es un tema tradicional. No creo que sea tan simple como alguien a quien no lo pesca una mina, se puede caricaturizar así, pero hay muchas formas de plantearlo y de hacerse con eso. No creo que sea siempre igual. La poesía de mujeres también tiene de eso, hay libros que tienen mucho desamor. Creo que es un tema muy presente, y en la narrativa también.

¿De qué se trata tu libro?

Distintas subjetividades que buscan un espacio en el mundo. Una identidad de pareja, de espacios. El lugar donde vives. La ciudad versus la provincia, el desierto. También tiene harto que ver con el recuerdo. ¿De qué se trata en particular? No podría sintetizarlo.

¿Tienes un lector o lectora ideal?

Sí, generalmente sí. Un lector que busque momentos, o cosas mínimas. Un lector que busque libros y lea hartas cosas. Hay hartas alusiones, y pienso en alguien que pueda descubrirlas. También imagino a otro lector que lee poco y que puede disfrutar las imágenes. Siempre pienso en dos tipos de lectores: uno enciclopédico y otro sin enciclopedia. Y pienso que los libros que me gustan funcionan por eso mismo, no se agotan en las alusiones o los juegos. Te llega si te dedicas a ñoñear, pero si no te dedicas a ñoñear, te llegan igual. Eso es lo que busco.

 

Foto: Juan Santander

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