Revista Intemperie

La vida de allá fuera

Por: Andrés Montero
cajon del maipo

 

“Cuánto más quiero a la humanidad en general,
menos cariño me inspiran las personas en particular”.

Dostoievski

 

El ermitaño duerme abrazado a uno de sus 17 gatos. No suele hacerlo, pero este es su regalón y en un momento del día casi lo dio por perdido: había sido expulsado del territorio por otro gato. Don Lalo quedó con la voz gastada de tanto gritar por los cerros, como aquel pastor que perdió una oveja. Ya era de noche cuando el gato apareció, así que se lo llevó a dormir con él para protegerlo. Los demás gatos no debían darse cuenta de nada, pero hay uno que no puede olvidar y por eso está atento, y porque está atento huele, y cuando huele busca, y porque busca encuentra al desterrado durmiendo con el amo.

Regresar siempre es un tema delicado. El ruido de la guerra rasga la oscuridad. Un zarpazo abre la carne del cuello, otro la cabeza. Ninguno de los dos gatos sabe que no está hiriendo al enemigo sino al protector, y pasan varios minutos antes de que éste logre sacárselos de encima y encender la vela. Se da cuenta de que no ve bien, de que hay una mancha roja en la panorámica nublada. Cuando se mira al espejo, el reflejo le devuelve algo extraño, algo líquido, algo rojo. Se limpia como puede la sangre que le escurre desde la cabeza, pero por mucho que lo haga seguirá viendo todo rojo porque la sangre es interna: los gatos le rompieron la córnea.

*

Aunque es un ermitaño, don Lalo tiene algunas cosas: gatos, gallinas, pollos; un gallo, un perro y una yegua; una casa hecha de piedras y cortezas de árboles; un rifle y cientos de libros. También tiene 73 años. Aunque yo no vine a verlo por lo que tiene, sino por lo contrario.

Por lo pronto, veo que no tiene ninguna marca de guerra felina. Tal vez sea por la oscuridad de la noche, pero el fuego donde reposa la tetera ilumina lo suficiente, y si tuviera un ojo malo yo ya me habría dado cuenta. Pero lo importante es lo que no tiene, me repito, y sigo escrutándole el rostro y de pronto lo veo, y si lo veo es porque falta: don Lalo no tiene anteojos.

Tiene 73 años y no tiene anteojos.

Tampoco la córnea rota.

No es que la historia de los gatos sea falsa. Es que ya se recuperó.

– Cuando un ojo se me empieza a gastar, hago ejercicios con la vista hasta que me lo sano. Lo de la córnea fue igual: puros ejercicios. Ah, y tiempo. El tiempo que lo sana todo.

En una clínica privada de Santiago de Chile la intervención quirúrgica que requería don Lalo le habría costado alrededor de un millón de pesos. La previsión de salud, pagada con los descuentos que mes a mes han sido tomados de su sueldo, habría costeado parte de esa operación, y con un buen seguro complementario tendría que haber pagado, finalmente, mucho menos del valor original.

Pero a don Lalo la recuperación completa no le dejó ni una marca y además le salió gratis. No porque tenga un muy buen seguro de salud, sino justamente por lo contrario: porque no tiene ninguno.

*

El Cajón del Maipo es un sector cuya pertenencia geográfica a la capital no puede ni afirmarse del todo ni negarse a rajatabla. Por su cercanía, podría pensarse que sí, que pertenece. Pero una vez dentro del Cajón la capital desaparece, o aparece pero como en otros tiempos, cuando había más campo y más verde y más caballos y niños con volantines: un tiempo donde la tradición no requería un nombre. Por un camino angosto que sube y baja pasan automóviles, bicicletas y peatones, y se suceden cada cierto tiempo los carteles que anuncian los nombres de las diferentes localidades: La Obra, Las Vertientes, El Canelo, El Toyo.

Nosotros somos de los que van en auto. Mi amiga Sofía es la que maneja. Sin ella, es difícil que yo pudiera llegar donde el ermitaño. No sólo porque, sin duda, me perdería en el camino, sino porque además el viejo disuade a las visitas apuntándolos con su rifle. A Sofía y a su hermana las recibió así la primera vez y casi las trauma de por vida. Tenían 5 y 7 años de edad. Don Lalo no sabía que su amigo Juan Carlos había llevado a las niñas a conocerlo. Por supuesto, ellas ya sabían mucho de él, pero no tenían claro si era capaz de disparar un arma.

En la radio dicen que hoy será la noche más larga del año: el solsticio de invierno. El verdadero año nuevo, comenta Sofía. Año nuevo, vida nueva, pienso mientras miro el río Maipo corriendo allá abajo, bañando los cerros de la pre-cordillera, que por acá si se puede ver porque estamos más cerca y no hay tanto smog. Miro hacia atrás y veo que Nicole entrecierra los ojos y respira. Va con la ventana abierta.

*

Durante el primer año en el cerro, en 1986, vivía en una carpa junto a su mujer, en el mismo terreno donde hoy hay una casa y ninguna mujer. Se dedicaba a pasar el día así: dejando que pasara para no pensar en que tal vez era hora de regresar a Europa, o al menos a la civilización.

En 1973 se había auto-exiliado porque todos sus amigos y sobre todo sus clientes, a quienes vendía las artesanías y joyas que hacía, se habían tenido que ir del país después del golpe militar. Vivió en París, en Londres, en Barcelona, aprendió idiomas, se lo leyó y se lo recorrió todo. Aunque dice que en los últimos años andaba “pateando piedras”, no se le había ocurrido volver a Chile. Pero en 1986 se enfermó su padre y se tuvo que venir. Su pareja – o una de ellas – lo acompañó.

Después del funeral no sabían cómo regresar a España. Se quedaron algunos días en Santiago, buscando la forma de conseguir dinero para los pasajes. Uno de esos días, un amigo en común los instó a que se fueran a acampar por unos días al terreno que acababa de comprar en el Cajón del Maipo. Aceptaron sin gran entusiasmo. Irían por el fin de semana, una o dos noches, mientras le daban vueltas al tema de los pasajes.

Han pasado 28 años y don Lalo sigue viviendo el fin de semana.

Pero ahora, en vez de una carpa y una mujer, hay una casa y ninguna mujer.

*

Hace una hora que subimos por el cerro, cargando mochilas, sacos, comida, un vino tinto y chocolates de regalo. Sofía nos anima a Nicole y a mí diciendo que poco más allá hay una vertiente. El camino se va empinando y tenemos que parar a descansar todo el tiempo. Sólo me apuro cuando comienza a oírse el agua que corre. Voy directo a mojarme la cabeza, pero al llegar me sorprenderá lo que primero parece una visión, luego un duende, después Tarzán y al final un ser humano sentado en una piedra.

Es un hombre pequeño, de no más de 1,60, pero los brazos son fibrosos y de inmediato sé que es diez veces más fuerte que nosotros tres juntos. Viste una polera verde sin marca y unos jeans azules que en realidad son color café. En su rostro, un pequeño bigote blanco y dos ojillos completamente negros. Casi no tiene arrugas, y lo único que puede sugerir que realmente tiene la edad que dice tener son sus cejas pobladísimas, con vellos que caen y llegan a taparle los ojos. Pero me llama más la atención lo que no hay: no hay una larga y blanca barba que refleje sabiduría acumulada por los pensamientos de un hombre que ha vivido solo durante 28 años. Al contrario, va bien afeitado, y según nos contará el bigote es sólo porque tiene una cicatriz. Sobre el pelo, que lleva corto, tiene un cintillo de colores que tejió él mismo. Cruzándole el torso viene un cordelito que sujeta un estuche, dentro del cual hay un machete de unos cuarenta centímetros. Calza unos bototos sucios, pero que parecen de buena calidad. Me pregunto de dónde los sacó, pero no es tiempo aún de preguntar nada. Le estrecho la mano y me la da, después de darle una rápida ojeada a Sofía. Le ofrece caballerosamente a Nicole llevarle la mochila hasta su casa.

Subimos un poco más y llegamos a una explanada, donde aparece un terreno cercado con alambres y palos. Bajo los árboles se adivina una construcción. Más sencillo es ver los toldos de plástico puestos sobre lo que podríamos llamar el patio delantero. Aunque el patio, en realidad, viene a ser todo el cerro. Pienso en la terracita de nuestro departamento y adivino que esta visita será un espejo odioso donde estaremos obligados, Nicole y yo, a mirarnos. Antes de entrar al terreno cercado, don Lalo se detiene frente a una yegua negra y esbelta y le habla cariñosamente antes de pegarle un par de palmaditas en el lomo y darle un beso lengüeteado en el hocico.

Licán, el perro, gruñe.

*

Don Lalo cuenta una historia tras otra, casi sin detenerse. Habla de ovnis, de espíritus, de su madre, de la materia y del espíritu, habla de Petronio, de Ovidio, de Castaneda, de Murakami, de Bolaño, Göethe, Heidegger, Freud, Poe, Quiroga, Kerouac, Rivera Letelier; habla de los rusos (de todos los rusos), habla de la muerte y de cuánto desea la inmortalidad. Eso cuando estamos junto al fuego. Cuando salimos a caminar va más bien callado y observando todo como si no llevara más que unos días habitando el cerro, alegando por unas huellas humanas que no sabe de quién son y también por las huellas del puma ése, que viene a comerle las gallinas.

A veces se ríe y a veces habla en serio.

A veces solamente habla sin dar demasiadas explicaciones.

– Cuando tenía menos de un año, me caí de la higuera del patio de mi casa, ahí en el valle de Huasco, en el norte. Me acuerdo de todo. Yo quería agarrar alguna de las brevas rojas que le gustaban a los pájaros, y supongo que ahí debe haber influido el recuerdo atávico del mono, porque subí por el tronco, y debo haber subido no poco porque de pronto pude ver más allá de la muralla de mi casa y vi la casa de los vecinos, y la casa de más allá, y después la cuadra entera y entonces dimensioné el pueblo completo, con sus calles y todo, pero cuando estiré la mano para agarrar la breva, ¡paf!, me caí al suelo de cabeza. Y así se me abrió la percepción.

Dice que después lo metieron a la escuela y empezó a aprender y así se le fue cerrando la percepción. Quizá por lo mismo fue que se retiró de ahí apenas pudo. Pasaron muchos años antes de que pensara que a lo mejor quería estudiar Arte. Pero eso era imposible porque no había terminado la escolaridad. Como no pensaba terminarla, falsificó un certificado y entró al Bellas Artes.

– Claro que yo sabía que nunca me iba a poder titular, porque me iban a pedir el certificado falso y me iban a pillar. Pero me daba lo mismo, lo que yo quería era aprender, no tener un cartón.

El Bellas Artes convirtió al niño pobre de Huasco en un “artista” que hacía las cosas que hacían los “artistas”.

– Y así me ponía cada vez más huevón, pero yo no me daba cuenta. Hasta que un día un maestro me dijo ven pa’ acá, Chico, y me dio un ácido lisérgico. Y en ese viaje yo me vi a mí mismo y a mis compañeros. Estábamos sentados hablando las huevadas que hablábamos siempre, todos pedantes, pero llevábamos puestas unas máscaras de piedra. Y por ahí, por los huecos de los ojos de las máscaras yo veía que se asomaban unas larvitas cagadas de susto. Entonces me dije “Chucha, yo me estoy convirtiendo en uno de estos huevones”. Así que fui, me corté el pelo y me volví a vestir como persona normal. Entonces descubrí el valor de la invisibilidad. Nunca recuperé del todo la percepción, pero sí al menos la intuición. A veces llegan algunos por acá para que los ayude, pero yo intuyo con qué intenciones vienen. Si quieren tomarse un peyote sólo por hacer turismo alternativo, los mando de vuelta pa’ la casa.

Quisiera preguntarle si ha plantado marihuana, pero pronto me doy cuenta de lo absurdo de la pregunta. Donde yo vivo tenemos leyes, entonces hay que respetarlas o marchar para que las cambien si no nos gustan. Se me olvida que estoy frente a un hombre libre que evidentemente no es parte de Chile. Al menos no del Chile institucional. Lo que allá se discute acá no es tema: ni el salario mínimo, ni las horas de trabajo, ni la discriminación, ni los montos de jubilación, ni las Isapres, ni los créditos, ni el retail, ni los impuestos, ni las cuentas, ni las escuelas, ni las universidades, ni las micros, ni la censura, ni el mercado, ni la corrupción: nada. Si acá no se llenan las calles con protestas no es sólo porque no hayan ni calles ni gente ni nadie a quién alegarle. Don Lalo podría tener marihuana como no tenerla, y a mí en realidad no me interesa si tiene o no tiene: lo que me sorprende es que es como preguntarle si ha plantado tomates. No tiene que pedirle permiso a nadie. En cierto sentido, don Lalo es a Chile como el Cajón del Maipo a Santiago: cuesta saber si pertenece o no pertenece. Por geografía, la ley debería afectarle, pero no lo hace porque, aunque se puede llegar a él, está escondido. No tanto de los humanos como del sistema, ese ente abstracto (o no tanto) que grita silencioso (o no tanto, porque desde acá lo estoy escuchando más fuerte que nunca).

– ¡Ya, Ñusta! – dice don Lalo, porque la yegua relincha -. Se me olvidó llevarle la comida, está buena la conversa.

El viejo le da la comida a la Ñusta y la abraza cariñoso. Posiblemente, acabo de presenciar el 80% de sus responsabilidades. Antes tenía que bajar cada cierto tiempo al pueblo a vender artesanías para comprar comida. Pero después cumplió 60 años y desde entonces tiene derecho a una pensión de $80.000 que tiene que ir a buscar una vez al mes a San José de Maipo. Se le va más de la mitad en alimento para los animales, pero es evidente que a un hombre que necesita tan poco nunca le falta nada. Excepto libros, tal vez: cuando llegamos estaba leyendo por décima vez “Cien años de soledad” (lo que en el corazón suma mil años de pura soledad).

Leer es parte de sus actividades diarias. El resto del tiempo lo destina a alimentar a los animales y fundamentalmente a meditar.

Quizás he equivocado el sustantivo: no tan ermitaño como eremita. El último eremita, en el sentido en que el Zósimo de Dostoievski era un eremita y no un ermitaño. Es lamentable que la RAE no los diferencie.

Ya viene bajando el frío, pero tenemos fuego y acabamos de descorchar el vino. Miro a Nicole. En términos prácticos, es demasiado sencillo: nosotros íbamos al Cajón por el fin de semana, por una cuestión de una crónica, pero resulta que no bajamos nunca más. Fin del tema. Si nos necesitan, arréglenselas como puedan.

Miro a don Lalo y le hago la pregunta. Tal vez la única que importa.

– ¿Nunca pensó en volver?

Don Lalo se acomoda en el tronquito y me sonríe con sus dientes amarillos.

 

Foto: Cajón del Maipo / latercera.com

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