Revista Intemperie

Simulacros de la vida contemporánea

Por: Pol Rivéry
LKS 20150130  BUL10; Musa, a 25-year-old Kurdish marksman, stands atop a building as he looks at the destroyed village of Halimce, east of the Syrian town of Kobane, also known as Ain al-Arab, on January 30, 2015. Kurdish forces recaptured the town on the Turkish frontier on January 26, in a symbolic blow to the jihadists who have seized large swathes of territory in their onslaught across Syria and Iraq. LEHTIKUVA / AFP PHOTO / BULENT KILIC

 

Digamos que lo oí en un café hace poco. Dos tipos hablaban sentados ante una mesita.

-Creo que lo que pasa, es que Siria queda muy lejos, me cuesta desarrollar empatía con un conflicto que me parece tan lejano. Palestina también queda lejos. Son miles de kilómetros.

-Yo he posteado un montón de noticias. ¿No has visto mis posteos en facebook?

-Sí, pero me cuesta creer en esos videos. Me parecen engañosos, como que pueden decir cualquier cosa…

Sí, es una mala escena, lo reconozco. Pero nos permite comenzar a pensar un poco. La lejanía o la cercanía son cuestiones relativas. Más aún, dentro de la esfera de lo que podemos llamar lo real, podemos tener un sueño, un recuerdo, imágenes varias como cosas cercanas. Podemos ser próximos a una generación. Las coordenadas de tiempo y lugar se vuelven, pues, no tan confiables como creíamos.

Me cuesta creer, cuando veo Facebook, que conocidos a los que apenas oí hablar o siquiera aparecer en instancias políticas en la universidad, por ejemplo, o en el colegio, de pronto en sus perfiles muestren su cercanía y opinión al respecto de la guerra en Siria, las relaciones sionistas – palestinas o el conflicto chileno-mapuche en la Araucanía, por mencionar algunos. “La gente cambia”, diría alguien. Sí, pero creo que es más una forma de utilizar dichas energías políticas, de sintetizarlas en imagen y texto, logrando una pequeña satisfacción. En otras palabras, hay un uso de estos conflictos para expresarse políticamente en el espacio de Facebook, durante unos minutos a la semana y con ello alejar la culpa de no hacer otras actividades al respecto, lo que demandaría más tiempo o salir de casa.

Hay que pensar que en nuestras democracias neoliberales el tiempo de la actividad política de una persona se supone restringido a un día cada cierta cantidad de años. Es el día político –podría llamarse –, el día de las elecciones, parlamentarias o presidenciales. Es en ese día donde se ejerce el que se supone es el acto político por excelencia, puro e higiénico, fácil y rápido (al menos en los noticieros), al igual que como sucede con la caca en el wáter, el voto desaparece en la urna. Ya está, ya hice la rayita, doblé el papelito y lo metí. Ya no es responsabilidad del votante, sino que de otro. Ya me limpié/expié de la culpa de no ejercer el voto.

Como lo que ocurría en “La guerra del golfo no ha tenido lugar”. En realidad, los conflictos mundiales no suceden en un lugar, sino que suceden bajo la forma de múltiples imágenes. Suceden según cómo nos son narrados, por lo que lo que llamamos “la verdad” sería hija del poder mediático. Realmente, es difícil hacerse una imagen certera del asunto. Vemos a los niños mutilados de Palestina, los cadáveres en Siria, las luces iluminando el cielo de la guerra del golfo –la guerra que inauguró las guerras televisadas en vivo –, pero es complejo ver más allá de las representaciones, del simulacro. Aún más, lo terrible es acostumbrarse a esas imágenes por verlas repetidas hasta el hartazgo en medios de comunicación y en redes sociales, por su parecido con las películas sobre catástrofes y guerras. Entonces, la catástrofe es permanente, está siempre ocurriendo, pero llega a nuestras habitaciones contenida, literalmente, por las múltiples pantallas de los distintos aparatos que vemos durante el día.

Recuerdo que mi hermano, poco después de recibirse de medicina, se compró una Play 3. Le gustaban los juegos de FPS, First Person Shoters, los simuladores de combate de soldados, Battlefield, Medal of Honor, Call of Duty, entre otros títulos. A veces llegaba luego de trabajar y se ponía a jugar un rato. En su trabajo curaba heridas, arreglaba cuerpos sangrantes; y en sus ratos de ocio jugaba a dispararle a otros seres humanos virtualizados. Podría decirse que la empatía de mi hermano se suspendía al momento de jugar videojuegos, asimismo como debía hacerlo al momento de cortar la carne de sus pacientes o trepanar sus huesos con un taladro: demasiada empatía con el otro lo llevaría al error, a preocuparse sobre si le causa daño o algo así. La mirada médica, condicionada por la técnica no ve en la carne o el hueso a la persona, ve información, tejidos que, como las piezas de un automóvil, por alguna fuerza exterior o anomalía interior se ven incapaces de funcionar normalmente.

Resumiendo: al conflicto real no tendremos acceso. Aunque estuviéramos esquivando balas en Siria, Palestina o dónde sea, sólo tendríamos una visión sesgada del asunto. Las fotos o grabaciones que se suben a internet o que podemos ver en noticieros son registros sesgados, condicionados por medios técnicos, editados para llegar a cierto efecto. Por ejemplo, las mismas imágenes de un noticiero de televisión abierta en Chile son tratadas de manera muy distinta por canales como la cadena de noticas Rusia Today o Telesur. Las imágenes son engañosas, como los recuerdos, no suelen acercarnos a la verdad ni a lo real. Una imagen puede valer más que mil palabras, pero no soportar el peso de miles de palabras que dicen algo sobre ella.

En relación con el arte contemporáneo. En nuestros días, los textos, sean curatoriales o los que acompañan a las obras, son parte de la obra, incluso, hay obras que consisten en un texto. El texto es tan importante como la obra misma. La acompaña, conduce la lectura de la misma, señala al espectador qué mirar, qué ver, en qué fijarse, hacia dónde ha de mirar, cuáles son las características políticas de la misma. Su falta sería muy parecido a ver imágenes de catástrofes o de conflictos bélicos sin texto o voz que explique lo que sucede. ¿Qué se ve? ¿Una película? ¿Un videojuego, un videoclip, un comercial? Recuerdo que la guerra de Irak salía en el noticiero. Mostraban bombardeos nocturnos. Puras lucecitas fosforescentes que pasaban de un lado a otro o caían desde el cielo, causando explosiones. A ratos, uno creía estar viendo un comercial conceptual o un videoclip estrafalario. O un remake sicodélico de algún juego de disparos de Atari.

Además del gesto político que pretende conseguir quien sube a su perfil de Facebook ese tipo de imágenes, creo que lo que en realidad se quiere dejar ver es la mirada misma, la mirada propia, el modo de ver de cada uno. Algo así como Deseo que los demás vean mi mirada. Lo interesante sería pasar de la mirada, ir del ojo a la mano y de ésta a la puerta, abrirla, salir al mundo. Pasar de etiquetar las imágenes a vivirlas, pasar del me gusta al me indigna, pasar del cinismo de “así está hecho el mundo, es inevitable” a frases que aún no logramos articular, pero que balbuceamos a veces al observar el horror de la muerte en la pantalla. Porque un cuerpo muerto sí que es real.

 

Foto: telegraph.co.uk

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