Revista Intemperie

In memoriam Charlie Parker. Esto lo estoy tocando mañana

Por: Mario Valdovinos
charlie parker

 

El camino que dejó su música lo seguí a partir de los Long Plays que compraba en ferias de antigüedades y en casas de discos viejos de calle San Diego. A la par que escuchaba rock and roll y en especial a The Beatles, con cuya propuesta me identificaba más, empecé a ponerle oído al Jazz, estimulado también por un obsesivo y erudito auditor de ese estilo musical, además gran nerudólogo, mi profesor de literatura Hernán Loyola. Los álbumes de Parker me llevaron a los temas musicales que compuso, a otros de los que era intérprete, y a tres géneros artísticos que me revelaron su biografía: el cuento El perseguidor de Cortázar, el film Bird de Clint Eastwood y el poema ‘Latín y Jazz’ de Gonzalo Rojas.

En El perseguidor hay una dedicatoria: In memoriam Ch. P. y dos epígrafes, a los que entendemos como citas inspiradoras de un texto, reales o inventadas, insertas en el que se nos ofrece: O make a mask, un verso de Dylan Thomas, poeta galés borracho y alucinado, que, según el cuento de Cortázar, el saxofonista negro leía en interminables viajes en el metro de París, para matar las horas cuando no tenía actuación en algún club nocturno, mientras las horas y la heroína, a la que era adicto, lo mataban a él; el segundo epígrafe dice: Sé fiel hasta la muerte. Apocalipsis, 2:10. La continuación del versículo, que el escritor argentino libremente cortó, es… y te daré la corona de la vida.

Con tales encabezamientos del relato y aun si el resto estuviera absolutamente en blanco ya un lector sensible e informado podría armar su propia historia, vinculando Jazz, poesía y teología. Pero no, acto seguido aparece una historia en la que se presentan dos visiones de mundo, por completo opuestas. Una, encarnada por Charlie Parker, músico autodidacto, nacido en Kansas City en 1920, según las enciclopedias gran renovador del Jazz tradicional, el de Jelly Roll Morton, Bix Beiderbecke, Bessie Smith; virtuoso de una forma de interpretarlo diferente a la del gran Louis Armstrong y también equidistante del swing de las big bands, música blanca de raíz negra. Todo este brebaje de brujas, como la pócima de un alquimista, unido con la melancolía del blues, dieron -suena tan fácil-, el estilo Bebop, al que precedió el Hot Jazz y lo siguió el Cool Jazz, donde desde los vuelos rasantes hasta los cercanos a las nubes los dibujó Charles Christopher Parker Junior, no en vano lo apodaban Bird, pájaro, y un club de Jazz de Nueva York fue bautizado como Birdland the Jazz corner of the world en su nombre.

Un pájaro de plumaje negro, anunciador de éxtasis y delirios, nunca de catástrofes, como no fuera la propia: vivir peligrosamente cada día, ya que la idea de futuro estaba limitada por un plazo no mayor a veinticuatro horas. La otra visión es la de Bruno, musicólogo y crítico musical, un hombre de libros, autodesignado biógrafo del jazzista, pues el relato emplea la primera persona. Para escribir la biografía de Parker, ya publicada, bien criticada y con dos traducciones, más otras a punto de aparecer, sigue sus saltos de pájaro por el París de los años cincuenta, el momento de mayor receptividad a la música de Jazz, más de iniciados que de multitudes reunidas en estadios. Un lenguaje musical para la inmensa minoría. Si el tango es un sentimiento que se baila y, según Borges, una violación vertical, como lo sabe quien lo bailó, el Jazz, más que un estilo, es una búsqueda que trasciende los instrumentos y la improvisación. A Bruno lo envanece que la biografía haya tenido impacto, éxito editorial; fue comentada, traducida y lo sacará del ámbito académico para instalarlo en la fama, aquel malentendido que el saxofonista no busca, pues solo anhela ser a través del aire que sale de sus pulmones y pasa por el metal del instrumento, produciendo sonidos que crean un clima y dejan algo en la atmósfera. Es el deseo de que la música impulse una salida de su cuerpo y abra una puerta. Por eso en un momento le grita a Miles Davis: -¡Es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana! Su modo de interpretar equivale a la confesión de una máscara, que genera efectos y azares, formas aleatorias, mandalas y caleidoscopios sonoros. Un humo carmesí que asciende al aire de los night clubs y se adhiere a los ojos y oídos de los extasiados espectadores.

La cinta de Eastwood abarca cronológicamente desde la adolescencia del futuro jazzman hasta su muerte, su adicción a la heroína, su intento de desintoxicación en el hospital siquiátrico de Camarillo, en Los Ángeles, donde le diagnosticaron esquizofrenia, y, en uno de los desenlaces más bellos de la historia del cine, su muerte. Literalmente, se murió de risa. Parker se encontraba en el departamento de la baronesa Pannonica de Koenigswarter -situado en el hotel Stanhope-, mecenas y amante ocasional. Según Eatswood, llovía a cántaros y el músico, decadente y colapsado, se hallaba frente al televisor mirando un show de variedades cuando su corazón estalló. El informe del médico que constató el deceso lo describió como un anciano, si bien tenía solo treinta y cuatro años. La reconstrucción de la época del Bebop en Nueva York y de la movida musical y cabaretera de los años cincuenta es impecable y la visión del director no lo muestra como víctima, sino como un artista al acecho, un perseguidor. Anda tras un estado de absoluto que solo le podía proporcionar la interpretación de su saxo, acompañada de la inoculación de heroína en su torrente sanguíneo.

 

El poema de Gonzalo Rojas Latín y Jazz aparece en su libro Oscuro, de 1977, y el poeta de Lebu realiza en él una brillante comparación entre la lectura que hace del poeta latino Catulo y la audición de discos del trompetista Louis Armstrong. Un acto simultáneo, mientras la poesía y la música son sucesivas. Las amarra a ambas en la ventolera de unas sílabas: Es el parto, lo abierto de lo sonoro, el resplandor del movimiento…, dice. Y unos versos después: Lo súbito de este aroma áspero a sangre de sacrificio. Este es el éxtasis que se obtiene al escuchar a Louis, hermano del que emerge del saxo de Charlie Parker cuando interpreta Parker´s mood y el espectador de su música, el auditor de su imagen, roza al dios Dionisios, descolgado de escalas de acordes vertiginosos que brotan de sus dedos, del temblor del cuello que avanza y se repliega al surgir las notas. El intérprete suda y siente que todo aquello lo está tocando mañana, cuando no hay nadie en la sala del night club, ni humoristas ni strippers, ni marinos embriagados ni groupies en busca de algo más que un autógrafo. Toda esa viscosidad desaparece cuando suena la música extremada al unísono con las plumas de un ave que descienden sobre el suelo lleno de manchas de whisky y cenizas de cigarrillos, y, mientras duran las notas y el saxofonista no se decide a cortar su solo, parece diluirse la muerte.

 

Foto: Hulton Getty / theguardian.com

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