Revista Intemperie

IL DOLCE FAR NIENTE: Temporada de piscinas

Por: Rodolfo Reyes Macaya
michael childers

 

1. El nadador que no sabía nadar

Se cuenta que el vicesecretario del Instituto de seguros de Accidentes de trabajo de Praga, Dr. Franz Kafka, era un visitante asiduo de la piscina de la Escuela civil de Natación. El 2 de agosto de 1914 anotó en su diario: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. – Tarde, escuela de natación”. Con el tiempo esta entrada ha sido ligeramente modificada por uno de sus comentadores, Enrique Vila-Matas, quien la consigna así: “Alemania declara la guerra a Rusia. Me fui a nadar”.

En otra entrada, esta de 1911, Kafka escribe: “Todo el tiempo que ha pasado, y en el cual no he escrito ni una sola palabra, ha sido para mí tan importante porque, en las escuelas de natación de Praga, Königsaal y Czernoschitz, he dejado de avergonzarme de mi cuerpo”.

Un cuento, de K., tan breve como notable es El gran nadador; allí se relata la historia de un nadador que, tras ganar las olimpiadas en el extranjero, regresa a su país. Las autoridades políticas organizan una ceremonia en su honor. Se suceden los discursos ante el entusiasmo de la gente. De pronto, el nadador toma la palabra y confiesa que no sabe nadar. Y añade: ni siquiera soy de este país, no entiendo su lengua, pero hago como si los entendiera del mismo modo en que ustedes lo hacen conmigo.

Alguna vez pensé que en este relato se cifraba sino la crisis del sentido, que es la crisis de la palabra, al menos la potencia de la literatura. El nadador no entiende la lengua, no obstante, en un continuo proceso de reinvención, hace como si la entendiera. El nadador dice: esta lengua que debería ser la mía se me presenta como algo completamente ajeno.

Aunque las palabras no reflejen a las cosas, quienes nos servimos de ellas realizamos un contrato tácito y hacemos como si estas fueran correspondientes.

Supongo que lo hacemos para que el dispositivo funcione. El cliché nos orienta. Continuamos con la farsa.

Hacemos como si entendiéramos el mundo mediante encadenamientos lógicos.

La literatura, sostenía Gilles Deleuze, es un atletismo para sacar a la palabra de los caminos trillados y hacerla delirar.

2. Algún día llegaremos a California

Miro las reproducciones de las pinturas de David Hockney; pinturas que retratan piscinas en la soleada e indolente California de los años 60’s. Pienso en esos cuerpos atléticos. Pienso en las ondulaciones del agua, en cómo este ha sido un problema pictórico predominante desde que Renoir y sus amigos decidieran salir a pintar al aire libre, maravillándose ante la incidencia de la luz en el mar, en los ríos, en los estanques de la segunda mitad del siglo XIX. Me parece que una asociación entre las piscinas californianas de Hockney y los remeros de Renoir no es fortuita, está anudada por el ocio: la puridad del tiempo, cuando el trabajo parece desaparecer y en su lugar emerge el goce o Il dolce far niente.

Robert Hughes, crítico de arte de la revista Time, escribió en 1988: “Hockney se trasladó a Los Ángeles, donde todavía reside, en 1964. Era el paraíso: fama, dinero, legiones de chicos hermosos, además de piscinas y la oportunidad de escapar a las restricciones de la vieja Inglaterra. No tardó mucho en ser evidente que la pintura de Hockney de L.A. estaba inventando la ciudad y le otorgaban una forma icónica decididamente reconocible.” Lejos del tratamiento impresionista, Hockney optó por las formas sintéticas y monótonos planos pastel, además del uso del acrílico en lugar del óleo para representar el triunfo de la técnica.

Porque una piscina encarna, entre otras cosas, el desarrollo técnico del siglo. “Una piscina –precisa un amigo, que prefiere mantenerse anónimo, cuando le digo todo esto en un caluroso día de verano– es un simulacro del mar o de un lago controlado y modificado por la técnica, donde la naturaleza está cercada, pero no desprovista de su potencial disruptivo, como bien lo deberían saber quiénes se ahogan en ellas”.

3. Una piscina propia

En 1964, el mismo año en que David Hockney sobrevuela L.A., observando por la ventanilla cientos de piscinas, en la costa atlántica se publica El nadador, de John Cheever. La trama se puede bosquejar más o menos de la siguiente manera. En uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: «Anoche tomé de más», Ned Merrill, con un vaso de ginebra al borde de la piscina de sus vecinos, decide iniciar un viaje por todas las piscinas del condado.

El viaje de Ned es un modo de indagación de la realidad a través de los oasis artificiales de la clase media-alta norteamericana, y también un modo de regresar a casa. Como Dante, está en la mitad del camino de su vida. La juventud ha quedado atrás. Algo sucedió y los viejos amigos y las ex amantes le niegan el saludo. El fracaso se cierne como una tormenta estival; la caída parece inevitable.

“La fuerza del viento –dice el narrador– había arrancado las hojas secas y amarillas de un arce y las había esparcido sobre la hierba y el agua. Como estaban aún a mitad de verano, Ned supuso que el árbol se hallaba enfermo, pero sintió una extraña tristeza ante ese signo del otoño.”

De este modo, un hombre pasa por piscinas rebosantes de agua turquesa, piscinas vacías, ciénagas decadentes y piscinas públicas. Tal como en la primera escena de Blue Velvet, de David Lynch, hay una sociedad idílica que luego es fracturada por el procedimiento. O más bien, hay una sociedad idílica que nunca lo fue, y el procedimiento se encarga de mostrar la potencia destructiva que encubre la noción que nos hacemos del bienestar.

En el cuento de Cheever, el bienestar es una piscina propia –reminiscencia de un mundo prenatal y uterino– a despecho del presente, cifrado en un hombre solo, con resaca y traje de baño, decidido a acometer una empresa aparentemente absurda.

4. El pasado y su confesión

Tiempo atrás me prestaron El cuaderno de Bento, de John Berger. En mi memoria conviven escenas inconexas, aunque me parece que el libro era precisamente eso, un montón de fragmentos articulados en torno a la Ética de Spinoza y también al supuesto cuaderno de dibujo del filósofo, que se ganaba la vida puliendo lentes. Una de las escenas que suelo recordar, en realidad la única que recuerdo, transcurre en una piscina.

Berger suele ir a una piscina pública a la hora de almuerzo, porque a esta hora el lugar se vacía de personas. Cada cierto tiempo, entre los pocos nadadores que quedan, distingue a una pareja ya mayor. Hay algo extraño en esta pareja: los gestos delicados y aristocráticos de ambos, el modo que ella tiene de moverse tanto dentro como fuera del agua, el silencio obstinado del hombre que nunca entra a la piscina y que más parece un guardaespaldas que un compañero. Pronto, Berger entabla conversación con ella y se entera que proviene de Camboya; suele nadar para combatir su reumatismo.

Así es como entre una sesión y otra, muy pocas palabras mediante, Berger empieza a entrever la historia de la mujer. Descubre que era parte de la nobleza camboyana, antes de que los jemeres rojos, Pol Pot, los norteamericanos y los vietnamitas diezmaran a la población. Analizar este proceso histórico sería exponer una larga serie de números, entre porcentajes y estadísticas. Berger se abstiene de tal maniobra. En su lugar, realiza contactos mínimos desde las ruinas que ha dejado una historia alucinada con millones de muertos. El escenario es una piscina pública, donde el tiempo transcurre de otro modo. Acaso el tiempo transcurra de otro modo para que el pasado pueda confesarse.

5. Un cuerpo flotando en la piscina

1969 fue el año de estreno de La piscina, película de Jacques Deray, protagonizada por Alain Delon y Romy Schneider. Este film, polémico en su tiempo, es capaz condensar el sensual hedonismo de una década iconoclasta que llegaba a su fin.

Ese mismo año, encontraron el cadáver de Brian Jones flotando en la piscina de su mansión. El multiintrumentista y miembro fundador de The Rolling Stones tenía veintisiete años y un largo historial de adicción a las drogas. Había sido expulsado de la banda un mes atrás. Nadie sabe a ciencia cierta qué ocurrió.

6. Venimos del agua y al agua volvemos

Dicen que la memoria se construye a partir del lenguaje verbal. Necesitamos palabras para recordar quienes fuimos, del mismo modo en que las necesitamos para afirmar quienes aparentemente somos.

Dicen que una piscina contiene agua, como la escritura contiene lenguaje.

Dicen que el agua es el principio de todas las cosas.

El cuerpo humano está compuesto en un 65% de agua.

Un nacimiento es una emersión desde el útero, nuestra primera piscina, acaso la única que muchos tendremos.

Por eso el bautismo implica un renacer: un sacerdote nos sumerge en el agua y pronuncia palabras, luego, salimos purificados por ellas.

Dicen que Ed Wood, uno de los peores directores de cine de todos los tiempos, accedió a ser bautizado junto a su equipo de rodaje en una piscina californiana. La Iglesia Bautista de Beverly Hills había puesto esa condición para financiar su película, Plan 9 del espacio exterior.

“El mejor de los hombres –escribió Lao Tsé– es semejante al agua. El agua llega a todas las cosas y las favorece, porque no busca el poder. El agua permanece en los lugares que otros desprecian.”

Cuando era niño, mi abuelo me enseñó a nadar. Él había sido ferroviario. No bien se jubiló, se fue a vivir al campo. Construyó una piscina que en el invierno se llenaba de bichos y ranas, y en el verano limpiábamos. Allí aprendí a nadar. Mi abuelo arrojaba una piedra muy pequeña al fondo de la piscina y yo debía sumergirme y encontrarla. Muchas veces volví a la superficie con las manos vacías y arrugadas. Hay momentos en los que creo que aún estoy bajo el agua con los ojos abiertos buscando algo que traer a la superficie. Hay momentos en los que creo encontrarlo. Hace semanas que salgo de mis sueños con las manos vacías.

 

Foto:  “The Hockney Swimmer”, Michael Childers, 1978

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.