Revista Intemperie

Los buenos modales en el fútbol

Por: Ignacio Concha
zinedine

 

En los 80, y comienzos de los 90, los jugadores ante una falta fuerte daban vueltas y vueltas por el pasto, y seguramente sin encontrarse con las canillas de un compasivo compañero hubieran seguido girando hasta salir del estadio. No, no, ya no se da eso. Es como si las cámaras hubieran hecho inútil el gesto dramático, todo está grabado y por lo tanto sujeto a consideración posterior. Se hará justicia, piensa el jugador fouleado, cara al cielo y con los ojos cerrados. Es como el paso de los actores del teatro al cine, el primer plano ya no hace necesario mover las manos, ni menos gesticular en exceso. Todo es más mínimo.

Si hablamos de juego sucio, sucio de verdad, es preciso ir más atrás, a Estudiantes de la Plata del 66. Le falta un 6, dirán los que jugaron contra ellos. Los Pincharratas, de la mano de Verón padre, inauguraron nuevas formas de competir, como entrar a la cancha con agujas, usarlas en los corners y luego botarlas al pasto. Hicieron uso extenso del foul táctico, como pegar en los primeros minutos para evitar la amarilla, y administraron con inusual eficiencia técnicas hasta ese momento ocupadas de vez en cuando: peloteros que desaparecen los últimos 20 minutos, cortar el agua al camarín visitante, mandar a la barra a tocar la bocina al hotel del rival durante toda la noche. Es cierto que en ese tiempo se hacían los sorteos frente a todo el mundo, sí, pero uno de los papeles estaba recién sacado del refrigerador, y el encargado sonreía en el escenario para la foto en blanco y negro mientras con la mano echaba a un lado a los tibios, a los perdedores.

Es por eso que el bidón con somníferos que la selección argentina le dio a Branco en Italia 90 fue la culminación, el examen de tesis, y aprobado con honores, de un modo de ver el fútbol. No es casual que el entrenador de ese equipo, Carlos Salvador Bilardo, fuera centrocampista en el Estudiantes del 66.

Luego vienen los 80 y 90, y después, y aquí la historia cambia, todo se empezó a poner más ordenado, más sujeto a las normas. A fines de los 90 empezó la moda, con “Peineta” Garcés y Juvenal Olmos, de los entrenadores con terno, vestidos como si fueran a un matrimonio. Ya no eran el profe, eran tácticos, eran estudiosos. Para qué decir los jugadores. Ahora hasta en tercera división, donde las cámaras son sólo un lejano rumor, si es que no una utopía, los jugadores entran con el pelo engominado, como pequeños “Cristianos Ronaldos”.

No los juzgo, en todo caso, menos en esta época en donde un pelo arremolinado capaz que se perciba como displicencia en la marca o desorden táctico. No hay justicia.

De todos modos, nostalgia me da a veces de cuando los jugadores entraban a la cancha con el pelo al viento, barbones, animalescos, dispuestos a lo importante que era el resultado y no el cómo se consiguiera, y eso incluía, claro está, la presentación personal.

Cómo no recordar el pelo de Ruggeri, la melena de Batistuta, el pelo de Caniggia que mis ojos de niño sólo pueden recordar como sedoso y brillante, de comercial de Ballerina. Un pelo casi horizontal cuando iba en carrera, como una bandera dorada que anunciaba a kilómetros la velocidad de su dueño. La recuerdo así incluso en la semifinal con Chile de la Copa América 91, en medio de un aluvión que dejo la cancha tan destrozada que hubo que secarla con helicópteros de la Fach.

La moralina vino después, con Pasarella dejando fuera a Redondo de la selección por no querer cortarse el pelo. Fue, lo sabemos ahora, un mero aviso antes de que llegaran las cámaras y dominaran la apariencia y las costumbres. 

También han pasado cosas buenas. Se castigó con tarjeta roja el barrido por atrás, se premió con tres puntos al fútbol ofensivo, la pelota se alivianó hasta que los arqueros alegaron. A pesar de esos cambios técnicos, que han mutado el juego y el modo de comportarse de sus protagonistas, a mi me gusta recordar otros tiempos, más espontáneos, más brutos e irreflexivos.

Aprecio, por ejemplo, que los jugadores sigan yendo hacia el árbitro con las manos en la espalda y lo hagan todo pecho, todo mandíbula y ojos fieros, una especie de tiranosaurios rex de la queja. (De niño me llamaba la atención esa interpretación de la ley, “manos no, pero pechitos y gritos saliveados sí”.)

Lo que me gusta de ese acto es que muestra que las normas y las cámaras no se han llevado todo, y que en la danza de usos y costumbres que mutan, que se van a un lado o tal vez esperan en la banca, hay algunas que siguen, y quizás hasta cuándo.

 

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