Revista Intemperie

Vida de porquería

Por: Oliverio
nadia lee cohen

 

Como a las 8 de la noche me llamó Jean, me dijo, “Ey, que pasa perro, ¿tenemos planes para la noche? ¿Por qué no salimos por ahí, como en los viejos tiempos, y buscamos una buenas perras que cogernos?”. Siempre hablaba así, un poco en broma y un poco en serio, quizás un poco más en serio. No es que nunca hubiésemos sido demasiado exitosos en el tema, pero alguna vez había caído algo. Recuerdo por ejemplo a Cristina, una chica curvilínea que conocí en un cumpleaños, con la cual salí por un par de meses, luego de lo cual me dijo que estaba cansada que la tratara “como una prostituta”. No es que la hubiese tratado demasiado bien, lo reconozco, pero me sorprendió que me lo dijera así, tan directamente, después de dos meses (estuve a punto de escribir, “me sorprendió que se diera cuenta”).

Como sea, fuimos a un par de bares con Jean, y a las dos de la mañana figurábamos de nuevo en mi departamento, sentados en torno a unas botellas de cerveza, y extrayendo todo lo posible de un pito que no me hacía el menor efecto. Algo había sucedido en el intertanto –o tal vez fuera una alucinación grotesca-, pero había una tercera persona con nosotros, que aparentemente había sido amigo de Jean en algo así como la infancia. Era un negro grande (nada racista, de hecho le decían así, el negro), de pelo largo y rizado, como una versión hipertrofiada y monstruosa de Adrián y los Dados Negros.

“-Perro, pero qué cantidad de libros, ¿a qué te dedicas?”. Estuvo como diez minutos preguntándome eso. No tenía sentido responderle, lo había comprobado después de contarle de mi doctorado, la beca (“ah, becas, esas son buenas”), incluso tratar de ponerlo al corriente del tema de la tesis en que estaba trabajando (“¿Ana Karenina? Me suena. Esa es una escritora ¿no?” “Sí, sí, una escritora rusa, eso mismo).

Agotado este tópico, tuvo la brillante idea (idea fija, diría), de llamar un dealer para pedir coca.

No sé bien por qué, esta idea me escandalizó. Definitivamente, no quería un dealer en mi casa. Debo haber gritado eso muchas veces, quizás incluso hice una especie de show, porque terminaron tratando de calmarme. Además, no tenía sentido gastarse tanta plata en una droga, dije, como para consolarlos. Uno empieza con diez lucas aquí, diez lucas allá, termina quemando 150 lucas en una noche.

El argumento económico derivó en la idea, esta sí un poco más atractiva, de llamar a unas “cochinas” (lo pongo entre comillas porque yo no les digo así). Buscamos avisos en un ejemplar de diario (vieja usanza), y nos pusimos a llamar como desesperados. Como a las 6 de la mañana llegaron dos chicas. Si venían juntas o se habían encontrado en la puerta, no tengo la menor idea. Una era rubia y flacuchenta, y venía con la cara desecha, como de haber trabajado toda la noche. La otra era bajita, se veía recién sobre la minoría de edad, y estaba como nueva, parecía saliéndose de la ducha. Vino una larga discusión de quién se tiraría a quién, quién primero, en qué habitación o ahí en el comedor, en fin. No diría que era una discusión decadente en sí, son cosas que pasan, pero tenía la sensación aguda de que para alguien haciendo una tesis doctoral en Ana Karenina, y modelos de infidelidad en el siglo XIX, era un poco decadente. En resumen, me sentía una mierda. Quizás debería haber optado por los gramos de coca, pensé.

Finalmente logré imponer mi visión de tirarme yo a la pendeja (la que tenía cara de recién salida de la ducha). En este tipo de cosas Jean siempre ha sido buena onda, tengo que reconocérselo.

Me la llevé a mi pieza, improvisé el mejor acto performático sexual que pude (quiero decir, para mí), y acto seguido me quedé dormido, probablemente en sus brazos.

Aquí viene la parte verdaderamente decadente de la historia.

Desperté con el sol en la cara, con esa sensación de… ustedes me entienden, para qué ponerle nombre. No era que las sábanas me parecieran pegajosas, el mismo aire de mi pieza me parecía espeso y pegajoso, y tenía un zumbido atroz en la cabeza. La chica (prostituta, o pónganle el nombre que quieran), estaba durmiendo al lado mío. Eso no sería nada, después descubrí que la otra puta estaba durmiendo en el sillón del living. Antes de llegar a eso tuve que convencer a la que dormía conmigo de no tener sexo de nuevo. Lo juro.

La chica del living estaba arrojada sobre el sofá y parecía exactamente muerta, era como un afiche. Tenía un largo moretón en el costado del vientre, a lo largo de las costillas (o quizás fuera una mancha de nacimiento, pero no creo). La ventana se había quedado abierta y los velos de la cortina revoloteaban en la sala y todo estaba lleno de moscas. Me costó un mundo despertarla. Lo primero que hizo cuando estuvo en sí fue ir por su cartera. Esto me dio una señal de alerta. Debería haber registrado su cartera antes de despertarla, pensé.

Después se puso a dar una larga perorata casi inentendible, llena de frases como “Después de lo que hicieron tus amigos”, “Están locos esos culiaos, se quieren matar”, “Qué te creís que porque soy puta me podí tratar así”. Rápidamente la cosa se transformó en que quería que le pagara. Ni siquiera voy a decir cuánto quería que le pagara (está bien, $ 150.000, qué ironía no?). Cuando me estaba amenazando con contarle todo al portero se apareció la otra, que se había dado una ducha y se paseaba envuelta en una toalla. En mi toalla. Ahora que lo cuento, todo suena un poco tragicómico. No era así en el momento.

-Perdí toda la noche y no nos querís pagar, estaba diciendo la rubia. Si no querí pagar voy ahora mismo abajo y armo el manso escándalo.

Y avanzaba hacia la puerta, como si fuera a partir ahí mismo.

Después de llamar a Jean mil veces (iba desactivarse el arsenal nuclear de Norcorea antes de que lo ubicara, seguro), fui pasando lentamente (o más bien rápido en verdad), de “si estas putas creen que les voy a pagar porque se las culearon mis amigos están muy equivocadas” a “Está bien, puedo pagar una cacha de Jean, pero no voy a poner un peso a cuenta de que el negro le metiera el pico” a “¿Cuánta mierda quieren para dejarme en paz y que termine esta pesadilla?”.

Cuento corto, terminamos en un cajero, al rayo del sol, sacando un dineral para pagarles. La puta rubia me dijo “Y date con una piedra en el pecho que no los denunciamos a los pacos, conchatumadre”, y partió caminando a toda velocidad, como en búsqueda de una sombra. La otra, la que se había duchado y ocupado mi toalla, no me dijo nada, ni siquiera me hizo una mueca, pero me pasó una boleta con su teléfono anotado con lápiz labial. Lo juro.

 

Foto: Nadia Lee / nadialeecohen.com

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