Revista Intemperie

De San Paoli a Sampaoli

Por: Felipe Herrera
jorge sampaoli

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Banal, frívolo o lo que sea, lo que más tristeza me da de este 2015 que pasó es lo siguiente: Jorge Sampaoli es un enamorado del dinero.

Sé que hubo desastres naturales durante todo el año. Sé que el año pasado fue el de los casos de corrupción política. Sé que el Gobierno lanzó su proyecto de gratuidad condicionado por una oposición que se ha hecho experta en la manipulación de discursos. Sé que hubo miles de tercermundistas que eligieron arriesgarse y lanzarse al mar para arrancar de la guerra primermundista. También hubo ataques terroristas. Sé que, en diferentes ocasiones, quedó clara la forma sutil con que los medios de comunicación manipulan la realidad y, aunque se supone que la teoría de la aguja hipodérmica está obsoleta (es de hace casi cien años), aún crean sensaciones que enceguecen a las personas y sacan lo peor de ellas.

Pero no. Lo que más me duele es que Jorge Sampaoli esté enamorado del dinero. Y está bien, creo que en estos tiempos que corren no se le puede reprochar a nadie que esté enamorado del dinero, que sea un “John Self” del dinero. Pero Jorge Sampaoli, el hombre que se subió a un árbol para dirigir, el que iba en ómnibus cada fin de semana a Buenos Aires a ver a River con tres mangos, el que se fue a Perú dejando todo tirado, el que llegó a la U, celebró sus goles como si fuese el equipo de su vida y la sacó campeona de la Sudamericana y el que siempre hizo propias las banderas del amateurismo, del amor por el escudo, del apoyo a Cristina Fernández, a la educación pública gratuita y de calidad (algo que ya nadie sabe qué significa exactamente), de la rebeldía contra lo establecido o sea el sistema que imponen los opresores a los oprimidos, finalmente hizo por amor lo que una persona nunca debiese hacer: olvidarse de sus principios.

Quizás Sampaoli nunca se enteró que después de todo, se había transformado en “San Paoli”. Era un santo, una figura a la que se le prendían velas cuando había que recurrir al criterio, al sentido común y a la rectitud cuando se hablaba de fútbol. Porque aunque reventara a los jugadores, criticara a la prensa y le diera motivos para que esta pusiera más dudas que certezas sobre su compromiso con la selección chilena, el tipo era valiente, arriesgaba y ganaba. Algo que a todos nos gustaría hacer, sobre todo contra nuestros propios miedos.

Pero la gracia de los santos es la siguiente: no existen. Han dejado de ser personas, y por lo tanto sus defectos se diluyen en el tiempo, se borran con la memoria, y eso hace que sus obras se conviertan en el mito que lleva a la beatificación. Si San Paoli estuviera muerto, tendría su altar asegurado en el reino de los cielos por toda la eternidad, con la Copa América en una mano y la Sudamericana en la otra. Pero San Paoli está vivo, y está enamorado del dinero.

Firmó un contrato millonario, y ¿a quién de nosotros no nos gustaría hacerlo? No nos mintamos. Tampoco neguemos que se lo merece: Para la Fifa está entre los tres mejores técnicos del mundo. Pero también le vendió su alma al diablo turco: aceptó crear una sociedad en las Islas Vírgenes y derivar el 80% de sus ganancias por “derechos de imagen” hacia allá, evadiendo impuestos. Impuestos que se pagarían al Estado de Chile, el país cuyo representativo de fútbol dirige. Fútbol, otro elemento que, como dijo Eduardo Santa María a pocos días de iniciar la Copa América, nos vuelve monos, nos idiotiza, y por tanto querer ser exitosos estamos dispuestos a cualquier cosa. Como meterle el dedo en la raja al rival. ¿Estamos dispuestos a perdonar a Sampaoli por no pagar los impuestos que nos corresponden, aunque suene etéreo, “a todos los chilenos”?

Pongo play y escucho la banda que conocí por San Paoli: Callejeros. Pato Fontanet, entonces, canta: “Poder jugar en otro juego es lo que imagino / Donde la gente de mierda esté muerta y los buenos vivos (…) Que no se quede mi pueblo dormido / Que ya no me engañen más ni jueguen conmigo”. Y no dejo de pensar: ¿Se habrá acordado Sampaoli de las letras de su banda favorita al momento de firmar, de aceptar? ¿Qué sentirá ahora cuando las escucha, cuando en su mente las recita de memoria?

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Foto: goal.com

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