Revista Intemperie

La sinceridad de Ter Stegen

Por: Andrés Olave
stegen bravo

 

En el ámbito de morbo y supuesta información en que se mueven los noticieros ya es común saber de Ter Stegen. El portero alemán, rival de Claudio Bravo en el Barcelona, quien con cara seria o abiertamente crispada, ataja lo mejor que puede cada vez que le toca jugar y el resto de las veces mira con cara de amurrado desde la banca las atajadas de “nuestro” Claudio Bravo.

Los periodistas se regocijan con la falta de capacidad actoral del portero germano. El no poder disimular ni un ápice lo enojado que está por sentirse relegado en la banca, pasando por encima del compañerismo que todos los futbolistas debieran tenerse entre ellos. Los medios repiten una y otra vez la noticia y se cebaran por años con ella: Ter Stegen es una mala persona y no queda otra que hacer abierta denuncia de ello.

Hay varios elementos para analizar en esta pequeña pero trágica historia. Vale recordar que por mucho menos Caín mató a Abel. En este caso Adán, Luís Enrique, técnico del Barcelona prefiere ignorar el desgaste psicológico que implica para ambos porteros no saber si van a jugar hasta horas antes de un partido en aras de la competición; que ambos intenten rendir al máximo nivel para prevalecer sobre el otro y ganarse los favores del “padre”. Puede que el método de Luís Enrique en la práctica esté funcionando, descontando algunos errores de Ter Stegen esta temporada, el nivel de ambos porteros ha sido superlativo.

Sin embargo, hay un problema. La profunda infelicidad y desazón que debe experimentar cada portero que se queda fuera no es tema para Luís Enrique, como para ninguno de los gerentes del mundo que explota hasta el límite a sus empleados en aras de la productividad. Ellos deben mostrarse “profesionales”, ser buenos compañeros en la banca o en la cancha, es decir, quererse siempre, pese a que las decisiones de un tercero que ha establecido que han de ser en la práctica enemigos jurados.

A medida que uno avanza en la vida adulta descubre paulatinamente que no existe la vida adulta. En vez de poleras la gente usa camisas, en vez de bicicletas la gente tiene autos, las vacaciones son en lugares cada vez más lejanos, pero la vida interior sigue siendo más o menos la misma. Se descubre que los conceptos clásicos de la adultez como madurez, seriedad, profesionalismo o racionalidad, no son más que imposturas más o menos elaboradas. Que si bien podemos comportarnos con una cierta seriedad en las horas de trabajo, esta no es más que un fingimiento desesperado que anhela el happy hour de las ocho de la tarde. Que la mayor parte del tiempo el trabajo nos obliga a pretender que somos adultos, pero que en realidad somos otra cosa, no jóvenes obviamente, sino seres humanos a la deriva, encorsetados en roles que nunca nos han convencido del todo y en los que nos desempeñamos con desgano y resignación.

Es por esto que resulta tan interesante la figura de Ter Stegen. Al alemán le importa un pito los valores empresariales de compañerismo a la par de competencia, valores que son una quimera y que nunca podrán ir de la mano finalmente. La competencia es despiadada y él también lo es. Si a Claudio Bravo caminado por la calle le cayera un piano en la cabeza o lo atropellara un camión, Ter Stegen se reiría a gritos. El mundo de la competencia nos exime de la piedad o la preocupación por el otro. Pone nuestras vidas en el centro mismo del universo y todo lo demás adquiere un lugar secundario. En vez de simplemente existir nuestra verdadera obligación es la de imponernos por sobre todo el resto de los hombres.

Hay sin embargo un ingrediente adicional a esta tragedia. El del coro griego, representado por la prensa y la moralina de los espectadores, que siguen defendiendo los principios de la camaradería que hace mucho que ya no existen sino como puro fingimiento. ¿Por qué la prensa querrá sostener estos valores, esta diferencia entre lo que es y lo que probablemente nunca ha sido fuera de los cuentos de hadas? ¿Por qué es tan imperativo creer en otro mundo mejor, intentando sacar lo mejor de nosotros mismos, si ese algo mejor nunca ha existido? El abucheo para Ter Stegen porque no es buen compañero “como debieran ser todos los buenos compañeros” es una farsa. Cualquiera que estuviese en su lugar odiaría a Bravo tanto como lo odia Ter Stegen, solo que lo ocultaría mejor. El aborrecer a aquel que nos está quitando nuestro lugar es lo más natural de la tierra, es la materia de lo que estamos hechos, el demonio que sale en todas las tragedias de Esquilo y Sófocles, la jodida naturaleza humana.

 

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