Revista Intemperie

Todo por la audiencia: De vuelta a los roles femeninos en TVN

Por: Arlette Cifuentes
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No es secreto que TVN ha tenido un mal año y que poco a poco ha ido intentando resurgir entre las cenizas con nuevas propuestas de formatos, espacios y producciones, con el fin de reencantar a la audiencia a través de una mirada más fresca, aunque claramente con menor presupuesto. En este contexto, las nuevas series y teleseries del 2015 se han caracterizado por presentar como protagonistas a figuras femeninas. Tal es el caso de Matriarcas, La poseída, Esa no soy yo y Juana La Brava.

¿Quizás aún se tiene la idea que es la mujer la que ve más televisión en casa? Tal vez por esta razón se retoma la exitosa fórmula utilizada a fines de los años noventa y principio del dos mil, donde el foco estaba en mostrar mujeres que rompían esquemas gracias a su empoderamiento en diversas situaciones (ver Los modelos de mujer en democracia a partir de los personajes de Claudia di Girolamo).

Sin embargo, en la actualidad el ejercicio me parece más fallido, fruto de un discurso ambiguo. El primer ejemplo lo constituye Matriarcas, la teleserie vespertina de este año. ¿Qué más potente que elegir este título, que suena casi a antítesis de la exitosa Machos? Pero cuando ponemos atención en la bajada que señala Sólo hay que quererlas, emergen las primeras sospechas respecto de la nueva lectura que se propone del rol de la mujer hoy en día: pueden hacer cosas y ocupar grandes puestos, pero igual somos complicadas, porque seguimos siendo mujeres y pese a que lo intentemos, pareciera que nuestra “naturaleza” –que se nos atribuye–, siempre nos traiciona con el exceso de emocionalidad.

En Matriarcas, la historia se desenvuelve en torno a la búsqueda del reconocimiento de paternidad por parte de un adinerado heredero y empresario de ascendencia árabe llamado Alexis (Emilio Edwards) que donó su esperma para realizar fecundaciones in vitro, con el nada despreciable resultado de más de 30 hijos. Cuando su madre se entera, empieza a buscar a sus nietos no reconocidos, para cumplir con el rol soñado de abuela. En el camino se encuentra con variados tipos de madre, lo cual podría interpretarse como un reconocimiento o alabanza a la figura del amor maternal, pero el resultado no es más que una muestra de la nostalgia de la familia tradicional heteronormada, donde el padre y madre biológicos conforman una unidad por el bienestar de sus hijos.

Otra de las producciones que pudimos degustar este año fue La Poseída, serie nocturna basada en la novela La endemoniada de Santiago, de Patricio Jara. La teleserie logra mostrar de buena manera la tensión entre mito y logos al intentar explicar los ataques del personaje principal Carmen (Luciana Echeverría), descritos desde la ciencia como histeria, patología de moda a fines del s. XIX entre las señoritas burguesas, en tanto que desde la iglesia se la califica como posesión demoníaca.

Pese a ser una propuesta que parecía ser transgresora, acude como en toda telenovela al convencional recurso de los triángulos amorosos, que no dejan de ser sabrosos, más aún, si es entre la paciente/poseída, el médico tratante y el cura atípico que la quiere salvar. Pese a la novedad narrativa y escénica, la historia no logró el éxito esperado, aun cuando se la jugó por poner en un rol principal la libido y el cuerpo de los protagonistas como las posibilidades de ser y sentir.

Las interpretaciones de este semi fracaso pueden ser variadas. Una posibilidad es que la perspectiva de demonizar el cuerpo femenino a través de la ciencia y la iglesia, en un instante en el que se lucha por conseguir el aborto terapéutico en las tres causales, puede ser complejo, y entenderse como un refuerzo a la idea de que, en sí, las decisiones de lo que ocurre en el cuerpo femenino no pasan por la mujer, sino desde efectivamente desde la ciencia y la iglesia, incluso en el siglo XXI.

Por otro lado, TVN hace rato viene apostando por teleseries a la hora del almuerzo, reemplazando a los míticos Venegas. En un inicio la cosa fue sencilla: una trama ya usada como en Dama obrero o la Chúcara, fórmulas conocidas que no necesitaban altos costos de locación, y que vuelven a la típica narrativa venezolana ambientada casi únicamente en una gran casa/mansión. Algo similar ocurre en Esa no soy yo, que en esta ocasión utiliza el recurso de hermanas contrapuestas, cuasi como Justine y Juliette o el Príncipe y el Mendigo.

La diferencia aquí, es que la gemela que parecía ser la malvada, fría y exitosa muere (algo que el Marqués de Sade no aceptaría) y su gemela se hace pasar por ella para poder ocultarse de un malvado ex novio criminal. De esta manera Judith pasa a convertirse en Anahí, una mujer calculadora, ambiciosa, que está llena de secretos que su hermana irá descubriendo a lo largo de la historia.

Los secretos y la intriga de Esa no soy yo, parecen tener éxito a la hora de comer, quizás apuntando al copuchento que llevamos dentro, que quiere saberlo todo, donde cada detalle escabroso nos hace pedir más y más, con un morbo inculcado y desarrollado en nuestro inconsciente gracias a los noticieros nocturnos. A esto se suma, el atractivo que logró instalar Avenida Brasil, donde la turbiedad no es propia de las clases bajas como generalmente se muestra en las historias, sino que una clase acomodada como a la que pertenecía Anahí está llena de historias oscuras, por debajo de la vida de ensueño que parecía llevar.

Y por último nos encontramos con Juana la brava, el House of cards chilensis, con toques de True detective – sobre todo en la intro que es casi igual a la serie de HBO de la primera temporada, desde su soundtrack con la combinación de imágenes superpuestas –. La diferencia de Frank Underwood (Kevin Spacey) con Juana Bravo (Elisa Zulueta), es que ella combate la corrupción en vez de perpetuarla o de utilizarla, como Francis. De esta manera, devela una realidad que resulta cada vez más palpable para el país, gracias a los casos revelados este año de SQM, PENTA y las diversas colusiones.

Si bien, esta serie nocturna es potente en cuanto a guion, usa recursos predecibles. El personaje de Juana Bravo es una mujer empoderada, que no se calla frente a las injusticias, pero que sin embargo es reforzado por la técnica fácil del estereotipo sexy femenino, generando un personaje atractivo heteronormalmente, haciendo alusión al estereotipo de Erin Brockovich realizado por Julia Roberts en su momento.

Además, al mismo tiempo de ensalzar este poder feminista, pareciera querer estigmatizar la posibilidad de ser madre y tener poder a la vez, o incluso ser madre y trabajar. Como Juana es alcaldesa y está muy ocupada, descuida a su hijo que cambia de carácter volviéndose rebelde y contestatario, algo así como niño problema. Se pone en evidencia así un discurso un tanto contradictorio, ya que se sugiere la idea de que si una mujer trabaja o más aún, si adquiere cargos de alto mando, esto implicará necesariamente un descuido de sus hijos. Es la misma idea que pudimos observar en Ana de Los 80 y en casos de la vida real en la misma Michelle Bachelet, respecto de quien se emitieron juicios porque no sabía lo que estaba haciendo su hijito.

¿A dónde irá a parar Televisión Nacional? Por un lado es positivo que innove con un nuevo tipo de producciones y que se atreva a presentar roles protagónicos mayoritariamente femeninos, pero ¿está dando en el clavo en la construcción de estos roles para lograr la sintonía con el público? Más aún, si observamos que sus roles protagónicos femeninos siguen sustentados por el mismo discurso doble y conservador que imperaba a principios de siglo.

Es probable que TVN haya perdido la huella de la sociedad que se está gestando, que es más crítica, más reflexiva y más exigente, por lo tanto, ciertas fórmulas que dieron grandes resultados a fines de los años noventa no son novedad para individuos que tienen claro cuál es el poder y los límites que pueden ejercer desde sí mismos.

Ya no creemos en que la mujer que trabaja en cargo de alto mando es mala madre, estamos un poco cansados de que recurran a la emocionalidad femenina cada vez que algo se aleja de la razón. Los estereotipos cambian y es probable que el conservadurismo que queda en el canal de todos los chilenos no lo haya notado del todo.

 

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