Revista Intemperie

Modas literarias

Por: Julián Reyes
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La moda de la dictadura, de utilizar siempre, y a como dé lugar, el período, venga o no venga al caso, se relacione o no con la historia, implique o no una exploración relevante u original sobre el tema.

La dictadura como vintage, como souvenir, como marcador de una narrativa supuestamente lúcida o comprometida, pero en el fondo vacía. La dictadura como commodity, como gestito vacío que no viene a cuento, la dictadura políticamente correcta de los 2000 a través de una bromita o detalle al pasar, la dictadura hípster de los 2010, a través de un comentario autoconsciente y banal, en el cual algún crítico carente de ideas reparará para considerar sutil, o fino o irónico o revelador o profundo (o quién sabe cuántos adjetivos más). El recurso a la dictadura como coartada de profundidad, de compromiso y de consciencia, para una literatura sin ideas, que intenta posar de crítica y contestataria mientras se mantiene (nos mantiene) ignorante de las otras Dictaduras, las invisibles, las que transitan a nuestro lado y que no veremos hasta 40 años más tarde.

La moda de la infancia, de acumular recuerdos de niñez como una forma de descubrir una nueva mirada del mundo, o de encubrir tenues recetas de auto ayuda. La manía de acumular anécdotas de infancia, visiones de infancia, creencias de infancia, como si la ingenuidad y la pureza de los niños compensara por la ingenuidad y pureza de los adultos. La moda de pasar el rato con anécdotas infantiles que en su momento fueron ingeniosas o reveladoras, el uso y abuso de la “mirada infantil” para edulcorar una literatura fácil y sin riesgos, para descafeinar el conflicto, para evadir el mundo de los adultos.

Después de la horrible moda de la “crisis de la clase alta” de los 80, los 90 e incluso los 2000, la empalagosa moda de la clase media. La moda de la literatura como sociología, como clasificación ABC1, C2, C3, como manual de rasgos de clase, como atribución burdamente autoconsciente y quejosa de estrato social o nivel de ingreso. La moda de la literatura como crónica, como columna de variedades, como bitácora de rarezas o recuerdos o traumas: la moda de la literatura sin misterio. La clase media como nueva garantía de realidad, de valía, de novedad, a la espera de un crítico auto designado de clase alta, para que la sancione y certifique como nuevo símbolo de la ajenidad, de la “otredad”, de la autenticidad.

La moda del pop, literal y sin sospecha, marketero, barato, fácil y liviano, el pop como gadget, como símbolo de estatus, como guiño o como venia a comunidades de consumidores más que de lectores. El abuso del pop para una literatura mediática, a la moda, de mercado. La obsesión tipo Patrick Bateman por el cantante de moda, el lugar de moda, el show televisivo de moda o más que sea el tema de moda. El pop como genuflexión a la todopoderosa industria norteamericana del entretenimiento, o peor aún, el pop como la inocencia pueril de tragarse la relevancia de cualquier serie, cualquier banda y cualquier letra, y la moda académica de hablar de hibridaje, eclecticismo, o democratización, a partir de cualquier cita, referencia televisiva o grupo musical.

Y, por último, la gran moda del yo, de hablar de mí, de creer en la relevancia de todo lo que me pasa, el reemplazo de la individualidad en crisis por el mero solipsismo. La moda de justificar cualquier experimento, formalismo o arbitrariedad con la excusa que representa una búsqueda interna auténtica. El delirio de la autobiografía permanente, la confianza absurda en cualquier pensamiento o cualquier palabra que se me venga a la cabeza, la adulteración de un Joycismo tan tardío como degradado, la obsesión por el recuerdo, el meandro, la disquisición burda, aburrida y diletante, la pereza de inventar, la desconfianza de la ficción, el desahucio de la originalidad.

 

Foto: trendytaste.com

 

Artículo publicado originalmente el 22/12/2015

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