Revista Intemperie

“La sexualidad infantil está plagada de secretos”.  Entrevista con Eugenia Prado

Por: Nicolás Poblete
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La escritora y co-fundadora de CEIBO ediciones, Eugenia Prado, ha hecho un gesto extravagante para los estándares editoriales actuales. Mientras las grandes casas estrujan la última gota de sus autores esperando novelas “nuevas” con más y más frecuencia, muchas veces tapando una publicación con otra, en el escenario chileno que “goza” de escasos lectores, la reedición modificada de una novela previa resultaría en una expresión de perplejidad y hasta rechazo. Es esta misma audacia, la de reeditar una segunda versión, aumentada y corregida, la que nos habla de una reflexión genuinamente literaria.

Hoy, cuando todos admiten no tener tiempo para leer, mucho menos para releer, la reedición de la perturbadora novela Objetos del silencio. Secretos de infancia, nos lleva de vuelta al proceso artesanal de la letra; al taller, a la mesa y la lámpara, bajo la cual la escritora revisa con definida obsesión sus materiales para reivindicar la pulsación creativa, zambulléndose una vez más en sus páginas para tomar de la mano a sus personajes, sacudirlos y revivirlos a través de este renacimiento intervenido por unos dedos que manipulan genéticamente los embriones que salen a relucir en esta nueva edición.

Quienes no están familiarizados con la prosa (poética) de Prado pueden obtener una muestra representativa desde la primera línea de Objetos, ya que en este volumen surgen muchas de las preocupaciones que su escritura ha venido trabajando desde su primer texto, el enigmático El cofre (1987), pasando por el más experimental Lóbulo (1988), un texto extremo en su concepción de una monstruosidad en medio de un feroz mercantilismo, con tintes posthumanos. Dices miedo (2011) solidifica su vasta mirada artística al incorporar elementos visuales y un acercamiento a un discurso psicoanalítico pervertido y asfixiante. Objetos del silencio, publicado originalmente por editorial Cuarto Propio el 2007, nos sumerge en un mundo de viscosidades y contactos, con un imaginario que resalta el cambio en los cuerpos sexuados de los niños, donde voces múltiples actúan como un coro que llora abusos, tabúes, seducción, reacciones viscerales, animalizaciones, pactos amorosos entre cuerpos averiados, conflictos entre padres e hijos. En Objetos la mirada registra los olores del erotismo, los movimientos y las señas que marcan los cuerpos en sus interacciones y que dejan heridas físicas y psíquicas como resultado de las relaciones familiares y también genitales. Este es un escenario donde “todos son víctimas y cómplices, todos están instalados como resistencia contra el horror de volver a enmudecer”, como señala Diego Ramírez.

¿Cómo ves este gesto de volver a un libro para modificarlo? ¿Qué diferencias ves entre ambas publicaciones?

Este libro ha tenido distintos lectores. Se publicó por primera vez en el año 2007 con muy mala recepción. Curiosamente, la gente que estaba interesada en leerlo, volvía por nuevos ejemplares para regalarlos a alguien. La sexualidad infantil es un tema poco explorado en nuestras letras, salvo por José Donoso, y que además es transversal. También trabajo en lo político y social, el poder y la clase, son elementos claves en mi escritura. La mayoría de los lectores se centraban en las experiencias eróticas, muy pocos advirtieron el final del libro y el personaje de la madre, que para mí era muy importante. Uno de los pendientes que motivó la segunda edición  nos muestra a una madre y carga la relación incestuosa entre sus hijos, ambos varones.

Objetos  es un libro sobre los secretos de la infancia, especialmente secretos que guardan heridas irreconciliables entre cuerpos. Como en tus obras anteriores, prestas mucha atención a las huellas que cargan los cuerpos y también a cierta fluidez sexual.

Los secretos que aparecen en este libro no necesariamente guardan heridas, algunos son experiencias de goce y placer. Somos, crecemos, nos desarrollamos como una amalgama de cuerpos repetidamente distintos, particulares y diversos en nuestras eróticas, perceptivos a ciertas pulsiones.

Estas cosas suceden en todas partes, sobre todo en las familias –me dice un hombre que se acerca después del lanzamiento del libro. Lo interesante es que al tocar este tema, las personas asienten. Lo más interesante es ver cómo apenas con enunciar el tema, los secretos afloran detonando recuerdos fielmente guardados en nuestras zonas más íntimas. Todos tenemos secretos que condicionan todo el tejido social.

La sexualidad infantil está plagada de secretos, que, muchas veces condicionan nuestros cuerpos. Un pequeño evento puede cargarlo de una fuerza, un sentido, condenarnos al placer, al dolor, al pudor o las risas. Es notable cómo esto cambió respecto de la primera edición del año 2007. Recuerdo que me costó un montón conseguir secretos, ahora, la gente quiere hablar de sus historias. O sea, algo hemos avanzado.

La novela también es una crítica social de nuestra herencia mediatizada por una determinada noción latifundista, racista y clasista.

La madre, personaje principal, construye una zona que representa la materia oscura que nos gobierna desde la riqueza, el latifundio, la endogamia y el poder, una metáfora.

El desafío fue construir un personaje interesante, rico en matices, una villana, lo que no fue nada fácil. “Después de ustedes, ya no quedará nada de nosotros” –dice, Josefina Riquelme Salvatierra, la madre, que además es quien escribe la novela. Una novela adentro de otra novela, una escritura que se va abriendo a otras escrituras, en un proceso que involucra voces y narrativas tomadas de  lugares distintos.

A medida que avanzaba en mis investigaciones me interesó indagar en las escenas cotidianas, lo natural que es el tema y cómo mis Objetos motivan conversaciones sobre una zona oscura, misteriosa y poco conocida, justamente por su carácter pecaminoso –y no me refiero a ningún tipo de abuso–, sino a todas esas experiencias que celosamente ocultamos con pudor o por su rareza.

El cuidado lenguaje de tus textos tiende a cierto barroquismo que me recuerda a Lispector, pero también a la uruguaya Marosa Di Giorgio. ¿Qué tradiciones literarias te convocan?

A mi escribir me cuesta, trabajo mis textos hasta el infinito por lo mismo, se van cargando en el camino. No es un proceso de escritura tan fluido, no son escritos de una vez tampoco hay tanta inspiración. Mi proyecto literario involucra un potente trabajo de lenguaje en todo el proceso, soy una escritora ambiciosa, me interesa el riesgo, mis apuestas no son de fácil lectura y mis textos muchas veces son recepcionados como muy complejos o herméticos, la verdad no me importa. Me interesa que el texto te lleve por el lenguaje por las historias pero con placer, con delicadeza y una ajustada pluma, espero haberlo logrado, ja.

Mis tradiciones literarias son los clásicos, Sade, Bataille, también Margerite Duras, autores tal vez más desconocidos como Slavenka Drakulic (El sabor de un hombre), Juro Kara (La carta de Sagawa) o Anaís Nin. Me interesa el erotismo, la relación y condicionante amor, sexo, poder, sobre todo en desmedro de las mujeres. Indagar en esa zona, común a todos mis textos. Sí me encanta Marosa, cuando la leí me sentí muy identifica sobre todo por su barroquismo intenso y raro.

Háblanos de tu trabajo en CEIBO, una editorial que se ha consolidado como una de las más audaces en su perfil editorial.

Ceibo nació como una invitación de Dauno Tótoro, amigo de años y narrador. La propuesta inicial fue crear una editorial de escritores y partimos con esta hazaña, arriesgada, loca, incluso un poco suicida, porque hemos tenido un trabajo enorme y sostenido en el tiempo, sabiendo que nadie lee en este país y no solo acá, sino en muchas otras partes por falta de tiempo, concentración o interés y son casi cinco años de trabajar y trabajar casi sin detenerse. Además con un equipo muy pequeño. Así partió este proyecto en el año 2011 con un catálogo con dos títulos, nuestros propios libros, Dices miedo y Los tiempos de la Caimaguana.

Soy co-fundadora, socia, diseñadora, editora y autora de Ceibo. Además, soy parte del comité editorial, más centrada en la colección de la narrativa, nos hemos preocupado de publicar textos y autores que enriquezcan nuestro catálogo. Escrituras menos comerciales, de mayor riesgo en sus propuestas, de calidad literaria y alto vuelo. Cerca de la conmemoración de los cuarenta años del golpe militar, decidimos publicar el libro La danza de los cuervos de Javier Rebolledo y nuestro proyecto desde ese momento creció de manera inesperada, ampliando nuestras colecciones a la investigación periodística, área que coordina Dauno Tótoro e Italo Retamal.

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