Revista Intemperie

La estatua de Cristina / La pava de Macri

Por: Pol Rivéry
Estatua kirchner

 

A. La estatua de Cristina

Hace más de un año, el gobierno de Cristina Kirchner comenzó a desmantelar una estatua de Cristóbal Colón que estaba emplazada en los jardines de la Casa Rosada. El caso provocó revuelo: reclamos de descendientes de italianos, un bullado juicio que quedó en nada, roces entre el Gobierno nacional y el Gobierno de la ciudad (en Argentina son distintos, el presidente es el “primer huésped” de la ciudad) y hasta un seminario sobre conservación de monumentos al que asistí y donde se analizó la estatua de Colón, destazada, envuelta en plástico y expuesta a la intemperie, como un ejemplo de lo que no debía hacerse.

Colón fue reemplazado por una estatua de Juana Azurduy (1780-1862), una patriota que luchó en las revoluciones independentistas –su figura también es considerada en Bolivia –y que fue elevada póstumamente al grado de Mariscal (y después General) del ejército argentino por Cristina. La estatua, emplazada sobre una pirámide escalonada y de un volumen exagerado para su entorno, mira hacia la Casa Rosada, espada en mano. Más bien, está hecha para ser vista no por los transeúntes, sino desde las ventanas de dicha casa. Como si fuera un monumento público que apunta a un espacio privado, íntimo, a la fantasía individual de alguien que mira desde esa ventana, como si buscara mirarse en el espejo de los ojos de alguien e identificarse con ella en un pegajoso juego de miradas, resumidas en la fórmula: Azurduy = Cristina. Y viceversa.

Creo que dicha estatua es un buen resumen del modo de hacer política del Kirchnerismo (o en su versión tardía, el Cristinismo), de porqué Daniel Scioli, el delfín a regañadientes del Frente para la Victoria perdió la elección (por un brevísimo margen, hay que reconocer). La estatua es muy brillante, como si estuviera plastificada en laca plateada. Tiene como tema a un personaje histórico distorsionado por la admiración fetichista de un período donde parece que los buenos siempre fueron los revolucionarios independistas –ni hablar de San Martín en Argentina, suerte de Superman mitológico gubernamental –, período que bien puede comprenderse dentro del marco del reemplazo de una oligarquía extranjera por una burguesía nacional terrateniente o mercantil (nuestros héroes patrios, sus adherentes y sus posteriores gobiernos). Se glorifica el nombre, la imagen, la historia se vuelve símbolo, estandarte, slogan, se hace carne en Cristina, que es la depositaria del discurso, de la palabra –ungida desde el cielo tras la muerte de “Él”, Néstor Kirchner, beatificada desde entonces como la gran madre virgen –; el relato de su propia majestad sólo puede ser apreciado como palabra divina. Pero todo discurso es una construcción al igual que toda estatua es, en el fondo, un material inerte al que artificialmente se le entregan las formas de lo viviente.

En otras palabras, lo que venció al proyecto continuista y permitió la llegada de Macri al poder fue el desvelo, justo como se desvela una estatua, el develamiento paulatino del relato que el kirchnerismo se había esforzado tanto por armar. No es de extrañar que una de las frases de Macri haya sido prometer “ser un país normal”. Promete volver a lo real, una promesa no carente de trampas. Como toda máscara, oculta la posibilidad de un rostro inconcebible debajo, como todo fantasma con su sábana, existe la posibilidad de que, horrorizados, nos demos cuenta de que bajo ésta, no haya nada.

B. La Pava* de Macri

Donde vivo, en una pieza en una casita de Buenos Aires en un barrio muy tranquilo, mi casero se compró una pava (tetera). La vi por primera vez en la cocina. Era un artefacto atemporal, que recordaba haber visto en mi infancia, que me llamó lo atención por su brillo. Una pava nueva, un anacronismo y un oxímoron juntos. Un artefacto para hervir agua. De pronto vi en ella reflejada un aspecto de la argentinidad: la ceremonia del mate. Levantarse, poner la pava, mirar las llamitas azules danzando bajo el vientre metálico, esperar a que el agua esté lista, verterla suavemente, tomar mate, ofrecérselo a otra persona si lo hay. Todo auspiciado por el Estado nacional (el agua con subsidio), fruto de la Industria Nacional (la pava), gracias a YPF (Yacimientos Petrolíferos Argentinos, empresa estatal).

En fin, la pava representaba un mundo, todo un modo de vida condensado en un objeto que se refractaba en costumbres, modos de hablar, gestos (recibir el mate con las dos manos, asentir, sonreír, sorber, etc.), como si la pava de pronto se hubiera convertido en el Aleph.

De pensar todo eso y recordar que acababa de ganar Macri sólo hubo un paso. Porque Macri encarna las fuerzas transformadoras del capital desatado –como en el Fausto desarrollista –, está dispuesto a permitir el libre despliegue de la técnica sobre la tierra, que cada cosa entre en el lenguaje económico y pragmático, que nada sea sagrado salvo el movimiento del mercado, la sagrada circulación de las mercancías, suerte de movimiento autónomo de lo no viviente (como decía Guy Debord) devorándolo todo, transformándolo todo, cambiando aquella inocente pava metálica por un plástico hervidor eléctrico chino, más eficiente, más rápido para hervir el agua, hecho en masa y que puede ser traído desde China en cantidades tales que no hay industria nacional que aguante. En resumen, no sólo se trata de medidas económicas, sino de cómo éstas modifican la vida cotidiana. Los cafés bonaerenses, las pizzerías, las heladerías de barrio o cualquier negocio que lleve 50 o más años en el mismo lugar –como sucede en Buenos Aires –, pueden ser voladas de un plumazo, por empresas transnacionales, si tienen la venia del gobierno.

Por otra parte, si bien Macri parece querer simplemente liberar a la bestia, lo que hacía el kirchnerismo era ponerle un bozal y mostrar, acariciándole el lomo, que no hacía nada. Pero a veces se soltaba y había que darle un plato de devaluación o salir a repactar deuda para alimentarlo. Temo que tampoco era una buena solución.

 

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