Revista Intemperie

Óscar Contardo: “En Chile la cultura es marginal respecto de la política, el poder y de la vida diaria de la sociedad”

Por: Javiera Tapia
oscar contardo

 

Llegué al café en Providencia en el que nos íbamos a juntar. Quince minutos antes de lo pactado, Oscar Contardo ya estaba ahí. La coordinación de este encuentro se dio días antes y se me pidió recordar esta reunión a horas previas. “Hasta los 35 años tenía una memoria increíble, me acordaba de todo, ya no”, me explica cuando nos vemos.

Además de sus publicaciones en formato libro, la mayoría de quienes acostumbran a leer a autores locales detectan su nombre gracias a un variado historial de columnas de opinión. ¿Cómo sobrevive la columna en tiempos en los que todos tienen opiniones? Desde la explosión de los blogs y, posteriormente, las redes sociales, las opiniones anónimas cuentan con un espacio de exposición al público que antes no existía y en este mismo contexto, pareciera ser que los medios tradicionales también otorgan más lugar a este tipo de escritura. ¿Por qué?, le pregunto.

“Yo tampoco tengo una teoría sobre la columna de opinión ni me he preocupado demasiado del tema. Yo llegué a escribir columnas por una razón puntual, cuando me fui del Artes y Letras del Mercurio, me ofrecieron hacer opinión en La Tercera, en la sección Santiago. Hablar sobre la ciudad, lo que me parecía muy entretenido, porque tenía una idea de Santiago que me parecía un espacio que podía aprovechar y que me podía entretener. Después eso se termina y me ofrecen una columna de opinión en Reportajes. Eso no significa que yo tenga una reflexión sobre las columnas de opinión y sobre las que se escriben en los medios escritos chilenos. No era ni soy un lector ávido de columnas. Me interesan algunas personas por su trabajo, como Marisol García en la música, lo que escribe Bisama porque es un ejercicio que mantiene la clave pop a la vez que la indagación literaria; Leo Sanhueza, porque no son columnas de política pura y dura.

Es cierto, la tecnología, las redes sociales han amplificado mucho voces que antes eran marginales y no existían. Yo recuerdo que hasta que aparece el Metropolitano, ese diario que dejó de publicarse, era muy poco común que hubiera más de un par de columnas en un diario. El Metropolitano apareció con un equipo de columnistas que de alguna forma le apuró el tranco a los otros diarios y eso fue a mediados de los noventa. Entonces, sí, se van sumando la necesidad de una sociedad de expresar diferentes puntos de vista, más allá de la élite tradicional, los cambios tecnológicos, demandas políticas y sociales. Yo no lo atribuiría solo a un rasgo. Hay rasgos que son super locales”.

¿Cuáles son esos rasgos?

Y creo que una mayor apertura en un país tradicionalmente aislado, en el surgimiento de una clase media distinta a la tradicional de principios del siglo XX, o de la primera mitad, la expansión de la educación, de la escolaridad. Estoy pensándolo en el largo plazo. Yo creo que hay muchas cosas que repercuten en la necesidad de tener puntos de vista además de información.

Una línea que cruza todo tu trabajo es la mezcla de la contingencia con una base personal. En cada uno de tus textos, además, subyace un tono de reclamo.

Cuando me plantearon hacer columnas y acepté uno de los puntos que yo tenía claros era que yo no soy analista político, que no puedo seguir un tipo de análisis o de texto como el que hacen otras personas que sí son analistas. Yo me lo planteo desde un territorio particular, desde algo que tiene mucho de personal, y que trata de vincularlo con formas de vida, más que con fenómenos puntuales contingentes sobre política. A mí siempre me han interesado las reflexiones sobre el poder, desde aspectos distintos. Lo que yo he escrito siempre tiene que ver con eso, editorialmente. La era ochentera es una crónica que tiene un tono de reflexión, que hicimos con la Maca García -mi co autora- que tenía que ver con la cotidianeidad, con la dictadura de telón de fondo. Eso es poder también. Siútico tiene que ver con jerarquía social, con poder, con dominación, con esos tejidos invisibles que nos recorren a todos y nos traspasan. Raro es sexualidad y poder. En todos está la política pero también una forma de vida, cómo se encarna. Esa manera de organizarnos y distribuir el poder. Ese punto de vista siempre está en la columna. Desde ahí parto para escribir algo, en la semana que sea.

En una entrevista en revista Paula el 2014 decías que publicar un libro de cierta forma era una validación de tu trabajo en un país snob como este. ¿Lo sostienes?

Yo creo que lo de snob no fue una cita exacta mía, sino que era una reflexión que hacía la Rita Cox, mi entrevistadora.

¿Estás seguro? Porque esa entrevista tenía formato de pregunta y respuesta.

Sí, efectivamente hay un grado de snobismo importante en ciertos ámbitos. Y tener una publicación ayuda a validarte en cualquiera. En este caso, tenía que ver con un punto de vista sobre una época, una generación. Esa que creció en dictadura que había sido un poco invisibilizada, por el relato sobre la dictadura. Ese relato fue escrito por quienes vivieron su adultez, quienes sufrieron directamente, los frustrados por el fin de la democracia. Es ese grupo el que retoma la democracia y los actores políticos que se tornaron importantes después fueron quienes nacieron a fines de la dictadura: la generación de los movimientos estudiantiles. Entonces, mi generación no aparecía, no existía un relato de lo que era crecer en dictadura a esa edad y eso me parecía interesante. Nos, a la Maca y a mí. Registrar, en un libro desde una perspectiva que no era política, en el sentido más trivial de la palabra, sino en la forma temporal. Lo que tomamos fue el pop y la cultura under como dos extremos de una cuerda. Evidentemente, lograr una publicación significa marcar una presencia de un modo distinto y más contundente para un periodista. Y más para uno de cultura, que es un ámbito muy marginal dentro del periodismo.

¿Por qué crees que esta área del periodismo ha sido relagada a espacios cada vez más acotados?

Es cosa de ver cuál es el espacio que se le da a la cultura. No es que el periodismo cultural sea marginal en sí, es que la cultura es marginal respecto de la política, del poder y de la vida diaria de la sociedad chilena.

Claro y en ese sentido es bastante atractiva la relación que se establece entre la cultura y el poder. Por una parte, ella está relegada a la marginalidad, pero al mismo tiempo, históricamente ha sido un instrumento eficaz incluso de propaganda política para servir a la elite.

Sí, un político hábil, inteligente, sabe si estos símbolos son relevantes para ejercer el poder y para la perpetuidad de su nombre o de su gestión. Eso está ahí, es así, pero no toda la gente es tan hábil ni tan culta. Entonces, persistentemente, es una especie de favor. O se le ve como el adorno. Este es un reclamo cliché, pero lo interesante es ver cómo se va ordenando eso y cuáles son los discursos que se arman en torno a esa marginalidad de la cultura.

¿Cuál crees tú que es actualmente la relación entre la cultura y la política en Chile?

Actualmente está bien frustrado. Yo creo que las señales que se han dado son muy débiles, particularmente en esta administración. Que el gran anuncio del Ministerio de Cultura quedó congelado, que no hay una decisión clara sobre cuál es el proyecto. Si es que hay un proyecto futuro, cuáles son sus énfasis. Yo no veo ningún proyecto claro, contundente, que convoque, que aglutine. Hasta el minuto todo sigue en la dirección de los fondos concursables. En artes visuales no se ha hecho nada relevante, los museos de la Dibam siguen siendo lo mismo.

¿Qué te pareció la muestra de David LaChapelle? Este tipo de exposiciones son raras de ver en Chile y a raíz de ella, hubo críticas que apuntaban precisamente al proyecto público de cultura local. Fue casi como una excusa para hablar de eso.

Es una colección privada que se expuso en un museo. A mí me parece muy bien, en el sentido de que haya ese tipo de comunicación entre lo privado y lo público, pero eso no es una política, uno no debería fijarse en esos focos, que son valorables. Es un artista que representa una estética relevante del último cuarto de siglo, las exposiciones de ese tipo que vienen a Chile son escasas.

“Lo que pasa es que, claro, esto es un coleccionista que de alguna manera tiene la gentileza de compartir con el público a través de una institución que le da ese espacio, que se hace cargo de que eso es necesario. Todas las exposiciones que llegan a Latinoamérica, es decir Sao Paulo y Buenos Aires, porque de ahí no pasan, son colecciones privadas. Como son extranjeras y en Chile el coleccionismo no existe, no estamos acostumbrados y llegan a esos lugares, se exponen, pero no pasan acá porque no hay plata para los seguros, no hay infraestructura para darles seguridad, no hay plata para nada. Entonces, claro, qué bueno que se haga, pero ese es un fenómeno tan particular y aislado que no puede confundirnos respecto a una política como la museografía y el coleccionismo público.

Ese tipo de críticas me parecen una tontera porque es bien inconducente. Yo creo que ni siquiera hay que detenerse en ese tipo de asuntos. Me parece bien que un coleccionista chileno que tiene una colección con una coherencia, un punto de vista y que representa algo importante en el arte, haga eso. Me gustaría que lo hicieran más. Pero claro, son privados.

En la misma entrevista que te mencioné hace un rato, la periodista tildaba a Siútico como un libro rabioso, pero ese calificativo creo que cruza todo tu trabajo, es un concepto fácil de detectar también en tus columnas.

A mí en cierta forma me produce un grado de pertenencia, subiéndome al carro, sin querer compararme con ninguno de los grandes cronistas chilenos históricos. El cronista chileno históricamente ha sido un disconforme y ahí está la gracia también. Y obvio, Siútico es un libro rabioso, lo que pasa es que ese tono aparece camuflado, diferentes capas que se sobreponen, se sumergen. Entonces aparece como una publicación burlona, terrible y rabiosa. Y claro, es el mismo autor el que hace las crónicas, entonces sí, la rabia el malestar para mí es un buen acicate para escribir, es un buen motor. Me despierta las ganas de escribir, le da incluso ritmo al texto que hago y si, está ahí siempre.

¿Es el mundo editorial actualmente un club de amigos hermético?

Yo creo que la cultura en Chile en general, un gran valor que tiene en términos del orden político, es la heterogeneidad de la gente. La cultura parece como un punto de encuentro entre personas de distinto origen, clase, que hace posible un tejido social, y que lo ha hecho posible a través de la educación pública, yo lo veo así.

Lo que puede verse desde afuera, en Chile ocurre porque es un país pequeño en términos de población y círculos, todos se conocen, todo está concentrado. La concentración de la riqueza es la cima de todas las concentraciones y desigualdades a distinto nivel y uno de esos es el simbólico. Entonces desde afuera para la gente que está interesada en la cultura, puede verlo como algo cerrado quizás. Para el 95% de la gente, no tiene idea quiénes somos, entonces da lo mismo. Son circuitos muy pequeños, las editoriales grandes acá son dos. Hay más pequeñas, pero los niveles de lectoría en Chile son bajos, el tiraje también, no hay una razón económica-material como para que el asunto sea muy distinto. Y eso, supongo, hace que sean más visibles algunos autores más que otros.

A pesar de ser un poco rabioso y tener un carácter de mierda, voy a decir algo muy cursi, siento una especie de orgullo por muchos escritores que conozco que son cercanos a mí, que tienen éxito o notoriedad en sus diferentes estilos. Porque quizás aunque ahora último, se ha dicho que todos están escribiendo desde el niño, incluso en eso hay variaciones de estilo y de formas de relatar ese mundo que nos tocó compartir.

Escribir desde ese lugar, además, parece ser uno bastante natural para escribir ¿o no?

Sí. Y también es natural tenerle buena onda a mis coetáneos y me gusta lo que hacen de diferentes maneras. Esa fue una motivación para hacer esa antología de Volver a los 17, me gusta lo que hacen, que les vaya bien, somos muy distintos, con algunos me veo muy poco, pero yo creo que es valioso. Siempre lo pienso como qué va pasar en cincuenta años más, es valioso en términos de registro, como ejemplos de libertad de expresión en un sentido más profundo y literario para los más jóvenes, de relato, de la diversidad.

Por ejemplo, estas escritoras jóvenes como la Constanza Gutiérrez o la Paulina Flores hacen algo que yo creo que hace veinte o treinta años nadie hacía. Son puntos de vista de territorios diferentes y que por fin apareciera eso, me parece estupendo. Y así, en Chile hay muchas cosas que no se ven, que no aparecen representadas. Hay que romper la oficialidad y la uniformidad que nos impuso durante mucho tiempo una élite, ya ni siquiera hablando de la dictadura -que es la expresión más salvaje de una forma de vida autoritaria- me parece que la única forma de romper con esa forma de vida es que aparezcan muchas voces escribiendo su propia manera de ver las cosas. La literatura es una de esas vías para hacerlo.

En Chile hay más gente escribiendo que leyendo y creo que cada vez se está ampliando más la cantidad que publica, especialmente gracias a las editoriales independientes. Eso está forzando a las grandes a reforzar sus sellos de literatura y a buscar. Yo creo que están buscando, pero no por levantar otras visiones, sino simplemente por tener un catálogo que se sustente. Tenís que tener catálogo. El negocio editorial es de largo plazo y mucho de tener un fondo.

Conversando sobre el proceso de investigación y escritura de La era ochentera, Contardo me comenta que mucha gente llegó a este libro pensando en encontrar trivias. Algo que también sucedió con Siútico, con cierto público que esperaba llegar a un recetario social. “A veces pienso que hay gente que me dice que se leyó Siútico y en realidad no lo hizo, o quizás no lo entendieron, me han dicho cada estupidez. Con ese libro aprendí que no hay que controlar las lecturas del resto, eso me angustió mucho”.

Eso es como lo que le pasa a un músico cuando publica un disco.

Sí, puede ser. Pero no quisimos hacer un libro de trivia, no era esa la idea. Y fue bien recibido, especialmente por los ochenteros under, porque retrata su historia también, no era una historia recogida. Luego hubo un libro de imágenes de los Pinochet Boys, creo que el libro abrió ese interés. Era una forma de reconocer algo que también pasó en dictadura.

He visto que te gusta mucho el pop español. Gusto compartido, además.

Tengo manía por eso. Por la Movida Madrileña. Es un período super atractivo y mitificado. Hay gente que le hubiese gustado vivir en Inglaterra en los setenta, en la escena punk o en Manchester o no sé, a mí me hubiera gustado vivir en la Movida de los ochenta. Ir a la Rockola, todo eso.

Esta época que atrae al autor tiene diferentes luces, sombras y detalles. Luego de 36 años de dictadura a manos de Franco, España comenzó a rearmarse y cuando terminaba la década del setenta, comienza a aparecer un movimiento de contracultura con Almodóvar en el cine, Luis Antonio de Villena en la literatura y una explosión de bandas como Nacha Pop y Alaska y Los Pegamoides, en la música.

Fue quizás a partir de 1982, con la llegada del PSOE al gobierno, que la élite política comienza a sentir que es necesario un nuevo aire de modernidad y es aquella la vía en que la Movida comienza a tomar más visibilidad. Las bandas giraban por diferentes ciudades gracias a aportes estatales, los ayuntamientos financiaban espectáculos y poco a poco, proyectos comenzaron a ser firmados por multinacionales. Existió esta relación que mencionábamos al comienzo de esta entrevista entre la política y la cultura: las bandas querías ser reconocidas y vivir de la música, por otro lado, el gobierno necesitaba de este nuevo aliento y visiones frescas, para acabar con el tufillo con aroma a muerte de la dictadura.

Fue una época de desarrollo artístico brillante, aunque actualmente y en retrospectiva, se cuestiona su valor, debido a la falta de crítica en contra del sistema imperante en ese entonces, con algunas excepciones, como por ejemplo, el rock radical vasco (Eskorbuto, Kortatu, Hertzainak, La Polla Records). Pocos proyectos siguieron innovando durante esa década, como aquellos alrededor de Alaska (Pegamoides, Dinarama y Fangoria), los que precisamente acompañaron desde el colegio a Contardo, desde esos años.

“Era muy loco, me resultaba muy atractivo por los discos que me llegaban cuando era chico. Nadie más los escuchaba acá y ahí como que se abrió una especie de obsesión”, declara.

¿Cómo te llegó eso si estabas en el colegio en Talca?

Ay, es una historia larga y da lo mismo. Pero claro, me gustaba Alaska, me enfurecía que no los conocieran aquí. Que nadie los tomara en cuenta. Me enfurecía que el pop latino o rock latino apareciera desvinculado de la escena de Madrid.

¿Por qué crees que al pop latino históricamente se le ha dicho rock?

Es el patriarcado que nos condena. Que te guste el rock te da un aire más viril. Hay todo un imaginario de “hablemos en serio”, para muchos hablar de rock sigue siendo hablar en serio. Tener credenciales rockeras es bien visto en el mundo del loco que compra discos. Es lo mismo que decir que alguien es niñita, como mirándolo en menos, es lo mismo. Entonces, era mejor decir rock latino que pop latino. O sea, a mí me parece que Virus es pop. La primera canción que yo bailé en fiesta de adolescente fue ‘Luna de miel en la mano’. Me acuerdo perfectamente, porque me gustaba antes Yazoo [dúo inglés formado por Alison Moyet y Vince Clarke]. Tenía sus casettes, el You And Me Both, y Upstairs at Eric’s [segundo y primer disco de la banda, respectivamente]. Puro pop. Culture Club.

Hablar de pop ahora es diferente.

Sí, ahora está muy validado en Chile. Acá pega más el pop que el rock y hay más talento para el pop que para el rock.

Pero el público más fiel sigue siendo el metalero.

Sí, pero eso tiene que ver más que con un origen, con un rollo de hermandad transnacional, un rollo de comunidad fuerte. El pop me ha dado muchas alegrías.

 

Foto: clickcultural.tv

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