Revista Intemperie

Masterchef y calentura

Por: Camila Jimenéz
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Con la moda de Masterchef decidimos organizar con dos amigas una especie de concurso de cocina interno. La Maca invitó a su pololo (es la única que está pololeando), pero la definición de los otros afortunados invitados fue muy larga.

Queríamos que apreciaran nuestros platos, así que mis compañeros de colegio inmediatamente descartados. Iban a llegar a las 1 de la mañana, raja de curados, y lo único que iban a querer es seguir tomando. La Romina tenía más o menos el mismo problema. De la universidad tampoco nos atrevíamos a invitar a unos y a otros no. Además, íbamos a quedar como las pernas que les cocinan a los compañeros.

Al final, la Maca propuso unos amigos de su pololo, que según ella eran super tranquis (lo que olía a “pernos”). Eran de esos chicos de camisa adentro, de familias super tradicionales, bien viajados y todo eso. Uno se llamaba Alfonso, igual que el pololo de la Maca. Que nervio que tu mejor amigo se llame igual que tú.

Era moreno y super peludo, como un osito peluche debajo de la camisa. A ese lo engancharon conmigo, le gustó mi quiche de alcachofa, y se chupaba los dedos con mi pastel de chocolate blanco (una chanchada), así que obvio que nos empezaron a molestar un poquito.

El otro se llamaba Rodrigo, era alto y flaco, estudiaba arquitectura. De guapo no tenía nada, era narigón y con cara de pánfilo, parecía un poco una caricatura. Además, hablaba todo el rato de un viaje que había hecho a Italia, y que a nadie le interesaba mucho. La Romina le decía “Ya, córtala con tu viaje a Italia, nos tiene chatas”, pero no cachaba, era inmune.

Alfonso –el pololo de la Maca–, se tomó super en serio el concurso, se puso a lo Chris Carpentier a organizar el jurado. El otro Alfonso quedó de Ennio y Rodrigo (que ni veía Masterchef), de Yann (de Yann no tenía nada). Al final ganó la Maca, obvio, igual es lejos la que cocina mejor, hizo una especie de torta de zapallo con puerros (nada más sofisticado), y después un salmón acaramelado, otro nivel.

Nos quedamos hasta tarde conversando en la terraza espectacular de la casa de la Maca, bajando toda la comida! De ir a bailar o a algún lado, ni hablar. A la salida, Alfonso II se acercó para ir a dejarme (“Gracias, pero ando en auto”), y después hasta me acompañó al auto, tipo siglo pasado. Un poco nervioso todo, pero igual.

Cuando llegué a mi casa mi papá todavía estaba trabajando, la luz del escritorio prendida. Demasiado típico que justo cuando me estaba poniendo el piyama, se apareció en mi pieza. Estuvimos hablando un rato, que qué había hecho, que dónde había salido, que cómo lo había pasado. Siempre hace lo mismo. Trata de aparentar que se preocupa por mí, que quiere que esté tranquila, cuando en el fondo lo hace para calmarse él, para que yo vea su cara de ansiedad, que se queda hasta tarde trabajando. Al final, invariablemente, me dice: “Descansa, hija, que duermas bien”. It gives me the creeps.

Me acomodé en la cama y apagué la luz. Me puse a pensar en Alfonso (en Alfonso II, no el pololo de mi amiga). Seguro que en la semana me llamaba para invitarme a salir. O quizás la Maca iba a inventar de nuevo algún panorama para juntarnos. Podría salir con él, quizás más adelante nos podríamos poner a pololear, pero ¿para qué? Seguro que él querría algo serio, la pololita para mostrarle a los amigos, para presentar en la familia. Y yo no quiero eso.

Me puse a pensar en cómo sería la primera cita. Me pasaría a buscar, todo galante, capaz que hasta me abriera la puerta del auto, era de ese tipo de chicos, que parecen como señores. Nos iríamos a tomar algo, quizás a una fiesta de alguno de sus amigos. Y cuando me fuera a dejar de vuelta trataría de posar de niñito bueno, pero yo no lo dejaría, pensaba. Ahí mismo le daría un beso, y le agarraría todas sus cosas. Me daba hasta risa imaginármelo un poco confundido, y yo poco menos que forzándolo.

Después iríamos a un motel. Sería yo la que le desabrocharía el cinturón y le abriría los pantalones, sentada sobre la cama. Era bien peludo, así que me imaginé un pico grande, oscuro, y una mata de pelo negro. Me lo metería en la boca, y le pondría las manos sobre mi cabeza, onda, deja de tratarme como si fuera una princesa, desvírgate de tus ideales trancados.

Entonces me gustaría empilucharme entera, por mí misma, y echarme sobre la cama, abrir bien las piernas, y levantar un poco el culo, cosa de esperarlo lista, y que me penetrara como si quisiera rajarme. Que me penetrara. Como si quisiera rajarme. Cuando se fuera a ir lo obligaría a salirse, y empezaría a correrlo encima de mis tetas, que se volviera loco ahí. Luego me lo metería en la boca, lo apretaría hasta dejarlo fuera de sí y lo dejaría terminarme encima, en el cuello y las tetas.

Eso fue lo que pensé mientras me masturbaba.

 

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