Revista Intemperie

Lennon, de aquí a la eternidad

Por: Mario Valdovinos
john lennon

 

Como todos los reformadores sociales auténticos, nunca se propuso serlo. Solo anhelaba cantar y satisfacer su cuerpo, pletórico de deseos y apetitos, como el de cualquier adolescente de su tiempo, un teddy boy. Lograr -quizás- algo de fama y un poco de dinero. Dedicarse tal vez al arte, el dibujo, la pintura, escribir. No ser un oficinista, un funcionario, un dependiente, ni una rata burocrática, olvidada e inútil. Frecuentaba la Escuela de Arte en Liverpool, había leído con arrobamiento Alicia en el país de las maravillas en la rígida escuela secundaria en la cual un profesor anotó en su informe semestral de notas y conducta: Va camino al fracaso. También Alicia a través del espejo, y lo voltearon la estética y el mundo de Lewis Carroll. Allí conoció a Cyntia Powell, su desdichada primera esposa. Una joven demasiado formal, madre de su hijo mayor, Julian. A ambos los tuvo a distancia en su frenética vida. Lejanos, dos sombras que más lo acusaban que enorgullecían. La beatlemanía se volvió un océano. Mientras tocaban en The Cavern, en Liverpool, un ex depósito de mercaderías y abarrotes, lo hicieron 294 veces, en los horarios más inverosímiles, hacían de todo en escena: comer, dar la espalda a la audiencia, reírse del público, coquetear, desafinar y cantar pésimo. Eran covers de Chuck Berry, Cliff Richard, Everly Brothers. Tonterías acompañadas de un par de acordes en sus guitarras eléctricas, mal amplificadas, más un bajo y una batería estridentes. Puro entusiasmo y corazón, sin orden ni concierto. Sin dirección artística.

De la nada apareció un dandy, judío, homosexual, ex estudiante de arte dramático, levemente fracasado, auditor de música clásica y vendedor de discos en la tienda de sus padres: Brian Epstein, the right man in the right place. Cero conocimientos de producción de música y gestión cultural, pero tenía olfato y era intuitivo. Vio a los músicos en The Cavern, lo sedujeron el desparpajo, la alegría, las ganas, el desplante, el caos que organizaban, de la manera más surrealista, sobre el escenario. Aceptaron que los representara y fuera su manager. El grupo había viajada más de una vez a Hamburgo, en giras mal planificadas, para gritar y hacer ruido, para decir aquí estamos, existimos, pongan oreja, nazis malditos. Mientras tanto, Lennon escribía, dibujaba, guardaba ensueños en la cabeza de un cockney, un joven abandonado por el padre, un marinero que embarazó a su madre, Julia, y la dejó. Nada raro, los marineros besan y se van. Lo crió su tía, Mimí, una severa ama de casa británica, tan buena y autoritaria como monótona y desesperanzada. La guitarra era el placebo para el joven, en especial cuando la madre murió atropellada, cerca de la casa donde vivía John, cuando acudía a ver al hijo que había dejado a cargo de su hermana, Mimí. La cita no se consumó y John vio a su madre muerta, tirada en la calle.

John acumulaba rabia y resentimiento, hipersensibilidad sin retorno, veneno y rencor, pero nunca pudo apagar sus ansias de ser un músico errante, un juglar del rock, el ritmo de moda. Era preciso crear un sonido visceral, cardíaco, hepático. ¿No se llama acaso el puerto Liverpool, un hígado flotando en una piscina? El sonido de las calles, de los muelles, de las plazas, la marca auditiva en que los porteños pudieran reconocerse. Lo buscó junto a Paul McCartney, quien andaba en lo mismo. Era bajista y de voz melodiosa, trato amable y escondía un temperamento gélido. También era huérfano de madre. Se entendieron e hicieron más amigos en Hamburgo, más cómplices, en el barrio rojo donde rockeaban en medio de clubes de strip tease y pornografía, drogas, rufianes, prostitutas, marineros desesperados. Debutaron sexualmente con chicas de paso, grupies, dormían amontonados en un tugurio siniestro, aprendían cada vez más música, no sabían leerla, pero estaba en sus mentes y en sus cuerpos. La tarareaban, la intuían, la memorizaban. Escribían letras románticas, amores idealizados, irrealizables, despedidas de andenes, chicas ensoñadas, muy distintas a las que circulaban por los dos puertos que conocían: Liverpool y Hamburgo. Pura melancolía añeja. Hay dos canciones, de las más de 200 que constituyen el legado beatle: In my life y This boy, en ambas se funda y proyecta la melancolía de los barrios del puerto, del ocio adolescente, de las preguntas sin respuesta y del desafío de la incertidumbre. Ocurre algo al oírlas, ayer y hoy, son testamentarias, la voluntad de un legado, manifiestos de la nostalgia.

Tras la separación del grupo, Lennon, harto ya de prodigios, no pudo imaginar que lo aguardaba la muerte en Nueva York, la ciudad donde emprendió una nueva vida. Se dedicó a criar a su segundo hijo, Seann, a ejercer las labores de padre, que desconoció con su primer vástago, mientras su esposa, Yoko Ono, administraba con sabiduría oriental el inmenso patrimonio de ambos y al cual el cantante era relativamente indiferente, no vivía preocupado del dinero pero tampoco lo despilfarraba. La imagen del artista genial e ingenuo, apartado de todo lo que no fuera su creación, es algo errónea. Tras un lustro de ostracismo, de vida familiar, de ocultamiento, había regresado para grabar uno de sus LPs como solista más elaborados, Double Fantasy, sin saber que se situaba cerca de un despegue que lo instalaría en las nubes dibujadas en sus cuadernos escolares, cuando leía Alice in wonderland y suspiraba por un destino solemne. Era el momento, le quedaba sin duda mucho por hacer, componer, cantar, ir de gira a través del universo, pero el hado tenía en su agenda la partida de John, si bien él, que había imaginado un estado de quietud y concordia, de pacifismo y alegría para todos los habitantes del planeta, no lo podía imaginar y tenía otros planes.

Es la hora de partir, oh abandonado, escuchó, antes de los disparos que lo derrumbaron.

 

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