Revista Intemperie

Crónica del registro civil: Inscribir un hijo

Por: Pablo Torche
registro civil

 

Hace unos días nació mi primer hijo y propósito de este “pequeño detalle” me tuve que encargar del insustituible trámite paternal de inscribir su nacimiento en el registro civil. Así que después de unas 70 horas en el hospital casi sin dormir, y de una atareada llegada a casa, partí con inocultable buen ánimo, y no sin algo de intriga, a este insigne servicio público.

La oficina estaba menos llena de lo que esperaba. A la entrada, junto a una máquina dispensadora de números, había un viejito encorvado que era máster de todos los trámites. A mí me encomendó sacar un número y esperar frente a un determinado escritorio. “Pero no se fije en los números de la pantalla, porque está mala la máquina. Tiene que estar atento a que la señora lo llame”.

Esta instrucción me pareció fácil de seguir, pero de todas formas la repetí palabra por palabra, para que me la confirmara (una costumbre que se ha acentuado en mí en el último tiempo, me he dado cuenta). Después de esto me retiré satisfecho a mi asiento.

A mi lado, un par de tipos intercambiaban opiniones con una chica sobre lo malo del servicio, lo lento que avanzaban los números, etc. Me dio la idea de que querían hacerse amigos. La chica, que parecía la más paciente de los tres, decía resignada: “Lo que me da más lata es que cuando explique mi caso, no van a entender nada. Estoy segura, nadie va a entender nada”. Pero no decía de qué se trataba su caso, y nadie le preguntaba tampoco.

Para distraerme, me concentré en seguir el comportamiento del viejito encorvado de la entrada. Su lógica era incontrarrestable: si el trámite se efectuaba en uno de los mesones frente a los que se extendía una fila, no había que sacar número. Si se efectuaba en un escritorio donde llamaban por orden, había que sacar número y esperar que te llamaran. La cosa hacía sentido, pero aun así a algunas personas les resultaba difícil de comprender: “¿Pero está seguro que no tengo que sacar número?”. Entonces, el viejito reaccionaba casi enojado. “¡No pues! si es una fila, ¿para qué va sacar número?”.

Siempre galán, a las chicas guapas les reservaba un mejor tratamiento. Por ejemplo a una brasilera despampanante, que llegó luciendo un sexy portuñol: “Mire, pase directo a la caja 7, diga que yo la mandé”. Luego se quedaba mirándoles el trasero, por una fracción de tiempo siempre idéntica, como si se tratara de un reflejo, antes de volver a sus funciones. ¿Exactamente qué ocurriría en la caja 7 si uno decía que iba de parte del viejito de la entrada? Difícil de decir, aunque no dejaba de provocarme cierta intriga.

A medida que avanzaba la mañana, (los números en verdad corrían lentísimo), la gente comenzó a ponerse inquieta. Unos cuchicheaban, otros suspiraban, hasta había algunos que profesaban abiertamente expresiones de molestia. Uno, sagazmente a mi parecer, preguntó cuánto tiempo llevaba mala la pantalla digital de los números: “Ufff!” dijo el viejito, como si le hubieran tocado un punto particularmente doloroso “aquí se demoran en venir a arreglar las cosas.” (Después me enteré, por mi pareja, que hace un año ya estaba mala).

Al cabo de un rato llegó un joven con mocasines, pantalones rosados y una camisa con diseños de colores en las muñecas. Parecía sacado de un comercial de ron en un yate. Después de una media hora de espera, sacó cuentas de la velocidad de atención, e intentó organizar una pequeña asonada popular: “Oye, pero esto avanza lentísimo, 20 minutos por cada número! ¡Cómo puede ser, es el colmo!” Algunos usuarios aburridos formaron como un círculo en torno a él y fueron a pedir explicaciones al viejito de la entrada. Lejos de amedrentarse, éste no dudó en aportar información aún más alarmante: “Lo que pasa es que la persona de ese escritorio está de reemplazo, porque la funcionaria está de vacaciones.”

“¡De vacaciones! ¡Insólito!” replicó el joven de mocasines y pantalones rosados, como si quisiera despedir a alguien ahí mismo “un mes y medio tirándose las pelotas en paro, y después se toma vacaciones”. Se quedó intercambiando expresiones de indignación con sus improvisados seguidores, muy cerca de la funcionaria de reemplazo. Pero ésta siguió desempeñando sus funciones impertérrita, como si nada hubiera pasado, hasta que los indignados usuarios no tuvieron más que sentarse y seguir esperando.

Una ráfaga de viento se coló de algún lado y esparció los Publimetro que estaban arrojados en todos los asientos, deseosos de que alguien los leyera. Quedaron desparramados por el piso, entre el público, sin que nadie hiciera nada por supuesto. En una esquina remota se divisaba un papelero como de baño, rebalsado de restos. Un poco más accesible, una caja de cartón (de Papel Equalit), hacía las veces de basurero, y albergaba restos de fruta, vasos de café y otros desperdicios.

Inmune a todos estos pormenores, y quizás relacionado con el hecho de haber arrojado un nuevo ser al mundo, me sentía de un ánimo excelente, casi delirante. Que un ser indefenso, que dependía completamente de mí, hubiera comenzado a existir de pronto, me hacía sentir curiosamente paciente y tranquilo, diría más, en armonía con todo lo que me rodeaba. Un ser al que tendrás que enseñarle como es el mundo, pensaba, como tú crees que es el mundo, mejor dicho, que aprenderá de ti, te tomará como modelo y después se desilusionará, inevitablemente, tratará de superar tus trancas y falencias, librarse de tu influencia, salir adelante por sí mismo…

No me importaba en absoluto esperar toda la mañana, todo el día si era necesario, no me importaba que la pantalla digital estuviera mala, ni que una funcionaria hubiera pedido vacaciones después de un mes “tirándose las pelotas” (quizás tenía una viaje familiar planificado, pienso, ¿por qué no? El senador Pizarro no es el único que planifica viajes con antelación), no me importaba que la funcionaria de reemplazo se demorará siglos por cliente, ni que la chica que iba hacer un trámite incognoscible, que “nadie va entender”, estuviera sentada una hora frente a su escritorio, generando todo un revuelo de dudas y consultas entre los funcionarios.

Cuando me tocó de turno, creo que me sentía todavía de mejor ánimo que cuando llegué:

-¡Buenas tardes! –saludé, bastante más alto de lo apropiado. Estuve a punto de insertar yo mismo mi número (el 27), en el pincho.

-Ojalá sean buenas –me dijo la funcionaria de reemplazo, una señora que me pareció de inmediato simpatiquísima y de excelente disposición–. Mire que he tenido una mañana terrible.

-No se preocupe –le dije en vena empática–, mi trámite es sencillo. Una inscripción de nacimiento.

-Ah, sí, ese es fácil –resopló, sacando los formularios correspondientes.

-¿Algunos trámites muy difíciles? –sentía un ansia irrefrenable de establecer una conversación.

-Bueno, para qué le voy a decir, hay algunas cosas más complicadas. Pero este no, no se preocupe.

No lo estaba, en verdad. Empecé a darle todos los datos con lujo de detalles. En la dirección se detuvo.

-¿Es San Juan De Luz? ¿Así?

-¡Tal cual!

-Perdone –me dijo–, es que yo no soy de Santiago. Todo esto es nuevo para mí.

-¡Faltaba más! Esta ciudad está loca. Y con todas las calles… Tampoco esta es muy conocida. Al parecer es un pueblo, un lugar de veraneo. No confundir con el famoso poeta San Juan de la Cruz. Este no sé qué era, poeta no.

Me miró con un gesto de que estaba comprendiendo todo lo que le decía.

-Ah –dijo después, llegando a mi nombre–. Ahora entiendo por qué el segundo nombre de su hijo.

-Exacto. Ya van cuatro generaciones. Es que mi padre falleció hace poco. Por eso decidimos perpetuarlo. Si no, quizás no lo hubiéramos hecho.

-Claro, entiendo. Que bonito, qué bonito gesto.

Hicimos excelentes migas, y nos pusimos a conversar amenamente, tanto de este como de otros temas igual de interesantes. En realidad, me sentía a punto de invitarla a tomarse un pisco sour a la casa, conversar de la frenética vida santiaguina, más aún, de la frenética vida contemporánea en general, que conociera la guagua y pasáramos un buen rato comentando el nacimiento. ¿Por qué no? Habría sido un bonito gesto.

Después de unos momentos, me anunció. “Listo, su hijo, ya está en el sistema. A ver, vamos a ver.” Buscó en lo que debe haber sido una base de datos de habitantes de Chile, y dijo, no sin algo de triunfalismo “¡Claro, aquí está! Veinticinco millones… etc etc…”

Extraordinario. Me sentía bastante dispuesto a ponerme a llorar ahí mismo, no lo descartaba para nada.

-Ahora le vamos a dar un certificado. Mire, el certificado de asignación familiar vale 300 pesos. Ahora, por mil pesos, le puedo dar un certificado para asignación familiar, y uno de todo trámite.

Dos certificados por luca. La oferta me pareció más que conveniente, difícil aspirar a más. Entonces reparé en que podía necesitar aún más copias. Mi pareja me había advertido “Saca al tiro varias copias, porque te las piden para todo.”

-Oiga, y no puedo sacar más copias al tiro?

-Por supuesto, usted las puede sacar por Internet cuando guste, pero también se las podemos dar aquí, ningún problema.

-¿En cuánto me dejaría unas cinco? –consulté.

Estuvimos regatenado por un rato, al final me fui con cinco en la carpeta. Para nada un exceso, me parecía.

No creo ser demasiado emocional con el nacimiento de hijos, y cosas de ese tipo. De hecho, me resulta difícil vincularme con un ser que uno no conoce, que te mira con una interminable perplejidad y duerme la mayor parte del tiempo. Además, es tan evidente que todo el mundo espera que uno se ponga a llorar, alce las manos al cielo, diga “Gracias Señor, este es el día más feliz de mi vida” y cosas así. A veces me da la impresión de que es un parlamento un poco impostado, no lo sé, al menos a mí no se me dio.

Pero el hecho de que mi hijo tuviera RUT, me pilló desprevenido y me atacó como por debajo, con una oleada fuerte de emoción. Ya no es sólo un pequeño ser vulnerable y arrugado, todavía incapaz de fijar la mirada, ahora tiene su lugar en el mundo, un número y un nombre. Ahora existe, no sólo para sus padres y familiares, sino para la sociedad, para el tiempo, hay algo oficial en eso, que lo vuelve más real y más lleno se significado. Ahora tienes un número, equitativo e igual para todos, pero único para ti. Y tienes un nombre, que ya nadie te podrá arrebatar, un nombre por el cual serás conocido y señalado, hasta el último de tus actos, un nombre en el cual tú mismo podrás reconocerte y reposar, hijo.

 

Foto: 24horas.cl

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