Revista Intemperie

Bang bang Malala shot me down

Por: Pol Rivéry
malala yousafzai

 

Hace tiempo que quería escribir algo sobre este personaje, pero no lograba pasar de la sospecha o más bien de la sensación de sospecha, del mero sentimiento de que algo más profundo que un breve malestar existía en el asunto Malala.

Pero primero he de introducirlos al tema. Malala Yousafzai es una chica nacida en Pakistán hacia 1997, ganadora del premio Nobel de la paz el 2014, a los 17 años. Las razones para entregárselo se entrelazan con su condición de hija de un profesor ligado al PPP (Partido Popular de Pakistán, de centro izquierda) y su crianza liberal en la que se hablaba de política abiertamente, lo que debe haberla acercado a cierto espíritu crítico. Ella y su familia residían en el valle de Swap, donde desde hace años existían grupos antigubernamentales, entre los cuales había algunos cercanos al extremismo islámico, generalmente llamados talibanes.

Hacia 2009, unos reporteros de la BBC idearon que una chica local escribiera un blog contando su vida cotidiana bajo el conflicto. Después de algunos reparos, eligieron a Malala. Tras el éxito del blog, fue entrevistada por diversos medios, abogando por la educación de los niños, especialmente de las chicas, quienes son las principales afectadas. Convertida en activista, su imagen se hizo conocida por los talibanes, quienes llegarían a ella a través de la figura de un tipo armado y provisto de turbante. En un control carretero, mientras  viajaba junto a sus compañeras en un vehículo rumbo a la escuela, fue reconocida. El tipo aquel le dio un disparo en la cabeza.

Poniendo a un lado el modo de contar dramáticamente típico de noticiero y de Hollywood, y quedándonos en el realismo, sin duda que si no hubiera sido por las conexiones que su familia tenía con el PPP y la repercusión del caso en los medios occidentales (gracias a la BBC), Malala sólo habría sido una de tantas víctimas anónimas que se descomponen inadvertidamente en los sitios eriazos del tercer mundo. En cambio, debido a estos elementos, fue llevada a Inglaterra donde se recuperó de sus heridas, tras lo cual ingresó a una escuela en Birmingham, dio muchísimas entrevistas, recibió varios premios y reconocimientos, armó un fondo de fomento de la educación, una ONG, publicó un libro, ganó un Grammy, fue recibida por autoridades como Obama y la reina de Inglaterra y le dieron un Nobel de la paz. Sencillito.

Ahora bien, el problema con Malala es que el revuelo por su caso no puede ser considerado accidental, y que toda esa atención tiene sin duda alguna, motivaciones, intereses y consecuencias ideológicas. Malala es considerada y presentada en los medios como una figura fidedigna dada su condición de menor de edad, mujer, hija. Es pura y virginal. Se la presenta como apegada y respetuosa de sus padres. Una chica humilde y buena que sólo quiere estudiar, desarrollarse. El conflicto a su alrededor es reducido a términos simplistas; los talibanes son los malos, unos fanáticos asesinos misóginos partidarios de la barbarie que parecen salir de la nada, desechando toda causa histórica, todo residuo colonial.

De esta manera, Malala –quien hoy vive en la “civilización”, alejada de la “barbarie”– se vuelve una figura conflictiva, muy occidentalizada para ser aceptada por el mundo islámico, demasiado laica y liberal; enojosamente apegada al primer mundo para erigirse como algo más que un títere a los ojos de los que padecen en el tercer mundo. Una especie de remedo kitsch y edulcorado (pese a lo trágico de su accidente) de una realidad mucho más cruel: En todo el mundo hay chicas violadas, asesinadas, torturadas, forzadas a matrimonios arreglados, víctimas de redes de prostitución, sometidas a prácticas brutales como la ablación del clítoris, en fin, cosificadas y violentadas con tanto énfasis que su educación pasa a ser una preocupación muy lejana.

Para finalizar, un tema aledaño ¿Cuando Malala habla de educación, a qué tipo de educación se refiere? Lo que podemos extraer es que como hija de un pequeño “empresario” de la educación, vivió toda su vida bajo la enseñanza privada, aún en Pakistán. A su llegada a Inglaterra se matriculó en otra escuela privada. En otras palabras, pese a que habla mucho de educar y educación, no las considera como un derecho, sino como un bien de consumo brindado por iniciativa privada, sin más sustento que anónimos benefactores (la mano invisible). En resumen, la lucha de Malala por la educación parece fácilmente manipulada por los partidarios de cierto tipo de modelo económico imperante, por ciertos intereses que mercantilizan derechos. Es triste, pero lo increíble de Malala no es que haya sobrevivido, sino que aún después de haber recibido un tiro en la cabeza persista en un error semejante.

Sólo nos queda esperar ver qué será de Malala adulta (¿Una nueva Benazir Bhutto?). Por mientras, nos queda una anécdota. Se dice que durante su encuentro con Obama, le dijo que para lograr la paz era mejor dejar de bombardear con drones en Afganistán y Pakistán e invertir esos recursos en la educación de los niños de esos países. Tal tipo de razonamiento, simple y directo, augura que Malala no se convierta sólo en una repetidora de frases hechas, sino que dé voz y cuerpo a aquellos que siguen siendo invisibles e inaudibles.

 

Pd: Por estos días debería salir la película “Él me llamó Malala”. No creo que sea muy buena, pero nos da una idea de la estetización de su figura, del alcance planetario de ésta y del establecimiento definitivo de su idealizado relato.

 

Foto: glamour.com

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