Revista Intemperie

De Rokha, el blasfemo

Por: Mario Valdovinos
neruda de rokha

 

¿Puede considerarse inútil la tentativa literaria de Pablo de Rokha?

El vate de Licantén dibujó las líneas de su futuro poético muy precozmente. Corre 1922, el año en que aparece el primer libro de Gabriela Mistral, Desolación, en Nueva York, indiferente al viento de las vanguardias que en ese momento soplaba con fuerza. De Rokha es sensible a ellas, se desmarca del Modernismo y del Mundonovismo y publica Los gemidos, pésimamente recibido por la crítica, como lo serían después, y por variadas causas, buena parte de sus obras. Por el estilo, farragoso; el lenguaje, impenetrable; el tono lírico, una camisa de fuerza. También por las metáforas e imágenes poéticas descoyuntadas e inclinadas al metaforón, al léxico estridente y tremendista. De Rokha era incontinente en la expresión verbal, caudaloso como una multitud, como una estampida de bisontes, avasallador y destructivo, situación que ocurre a menudo cuando las aguas se desbordan. Además un maestro en el arte de oponerse a todo, de no ceder, de ser inflexible y dogmático. Cultivaba un ego oceánico, no siempre a la altura de su capacidad real.

A la par que construía a grandes trancos, por una tierra áspera e indiferente su poética, hecha de nubarrones y tempestades, de amores furiosos y de desamores paridos, de odios y adhesiones sin matices, cultivó de manera obsesiva, demasiado obsesiva, el odio a Neruda, quien, al aparecer el primer libro de De Rokha, Los gemidos, tenía dieciocho años y lo elogió sin reservas en una crítica aparecida en Claridad, la revista de la Federación de Estudiantes de Chile, la legendaria FECH, donde el anarquismo era el sello ideológico de los jóvenes (después lo sería el marxismo).

No era desprecio ni rechazo, pues en De Rokha todo se acumulaba en forma absoluta y tajante: era odio y es difícil odiar a quien no se haya amado o a quien no se ame aún. Neruda fue su bestia negra. De Rokha detestaba a Huidobro por aristócrata, despreciaba al crítico Alone por homosexual, barrero, señorito, enfermo de parisitis y, fundamentalmente, debido a lo que otro de los grandes contradictores del crítico, el poeta Enrique Lihn, llamaría la arbitrariedad infalible, refiriéndose al método de Alone, la intuición, la subjetividad, el impresionismo, lo que él llamaba el buen gusto. Para De Rokha, sin más, era una señora remilgada, sin preparación académica, un lector de novelitas sentimentales francesas, que opinaba como un autodesignado pontífice, con una ideología conservadora, un diletante metido a crítico, un tuerto melifluo en el país de los ciegos. Con sorna, lo llamaba Felone.

Respecto de Nicanor Parra despachó en una frase lapidaria el virtual conflicto con la antipoesía, pues se vislumbraba en el horizonte como la tendencia lírica dominante: “La antipoesía es un pingajo desprendido del zapato del Cholo Vallejo”. Pero a Neruda lo odiaba con pasión, a tiempo completo y, por supuesto, con algo de temor. De Rokha lo sobrevaloró escribiendo con riguroso empeño en contra de un rival que guardaba un inteligente y estratégico silencio, mientras a él, el difamador, lo consumía el rencor, la envidia, la furia lanzada contra un muro. Un auténtico molino de viento. Escribió dos libros antinerudianos, verdaderos libelos delirantes, repletos de acusaciones, de traiciones, un catastro inacabable de villanías en las que el poeta nacido en Parral habría incurrido y que su enconado adversario se propone desmenuzar y castigar al quitarles el velo.

Traza en ambos una trayectoria de falsedades, de plagios, de genuflexiones y de arribismo, además de pintarlo como un solapado trepador, un comunista de trasnoche, un revolucionario de opereta, un falsario emboscado, un infiel, un mentiroso, un hipócrita… Uno de esos libros es Neruda y yo, curioso que no se ponga él en primer lugar, y el otro, una obrita satírica, al estilo de Quevedo en sus disputas con don Luis de Góngora: Tercetos dantescos a Casiano Basoalto.

Este demonio omnipresente ensombreció la vida de quien lo gestó, no la de quien se supone debía recibir todo ese caudal de rabia. De Rokha cultivó el arte de la diatriba de manera tenaz, con astucia e ingenio, pero todo fue en vano. Quiso reconciliarse a última hora con Neruda, pero éste, más soberbio de lo que era capaz de exhibir, lo impidió.

Mientras tanto escribió en condiciones de pobreza y abandono sus torrenciales libros, poesía mezclada con sangre y lodo, en los que traza su escuela estética: el barroco popular americano, esa era su fórmula expresiva, envuelta en la ideología marxista leninista, a la que agregó el lamento y el placer dionisíacos, el cristianismo, el hedonismo, una escritura de aceros invernales que fusionó no siempre de manera seductora y con mucha frecuencia mal entendida o no entendida del todo por el canon literario chileno, que lo excluyó sistemáticamente, condenándolo a la mordaza, la marginalidad, el apartamiento.

Se autoeditaba porque, como era de esperar, estaba peleado con los editores. Vivía en medio de la pobreza acomodada, que es la pobreza más pobreza de todas las pobrezas, en su decir, y viajaba por el país vendiendo sus obras y pinturas que no siempre tenían una procedencia clara ni original. Un gigante, gestor de un arte para no morir, que creía milagrosamente en el verbo poético y en su capacidad de transformación individual y social. Tierno y vulnerable cuando se traspasaba su coraza; culto y apasionado lector, cuando se despejaban los nublados de sus numerosas fobias. Allí están un manojo de poemas inmortales, trazados con palabras inmensas, sus Grandes poemas, como tituló a una antología que el poeta preparó justo antes de matarse, publicada en 1969 por Nascimento: Canto del macho anciano, Soy el hombre casado, Círculo, Oceanía de Valparaíso…

¿Tuvo Neruda un lugar en la historia universal de la infamia? Pensamos claramente que no. La clave de toda esa tinta empleada, que no era sangre ni vino derramados, sino tinta, era un combate, que resulta ocioso ahora y en su momento, si bien presentaba ingredientes de morbo y de sabor notables: disputar el cetro de la poesía en el país. Ser el único, el primero, hacerse famoso por su palabra incendiaria, prometeica, al estilo de los vates homéricos. Si se ha de hacer justicia lo ganó, y con harta ventaja, Neruda, como también, a pesar de sus exilios y distancias con el país, la maestra Gabriela Mistral. Ambos se instalaron en el corazón y en el imaginario de una mayoría que jamás leyó nada de ellos y si tuvo alguna referencia fueron los poemas memorizados en el colegio y aquello que los dos poetas dejaron en el viento de Chile: su palabra, su obra, sus poemas, sus vidas de hijos de trabajadores y a quienes su residencia en el Olimpo les costó postergaciones y maledicencia, los defectos criollos básicos para derribar cualquier modelo artístico o social.

La diatriba fue en la pluma de De Rokha un arte fino, ajena al insulto demoledor. Hería más profundo con estocadas sutiles, era un maestro en un formato relampagueante pero estéril. Cuando repudiaba sin dobleces a Neruda, y a todo quien no se acercara a su órbita, hablaba (mal) de sí mismo. Obtuvo, tras una angustiosa paciencia y una espera inmerecida, el Premio Nacional de Literatura, en 1965. Casi todo el dinero, mezquino, se le fue en reuniones nostálgicas, con amigos que habían aguardado como él la desaforada parranda de celebración.

La leyenda gastronómica del poeta, un tragón incontenible, cuenta que hizo traer una longaniza que podía extenderse desde Chillán, su lugar de fabricación, hasta su casa de Valladolid 106, en La Reina. Se alimentó de ella y de hectólitros de vino, almacenados en chuicos de quince litros, durante meses. En esa misma casa gatilló en su boca el revólver que guardaba en el escritorio para atentar contra su mortal enemigo: él mismo. El diario Clarín, líder de la prensa amarilla de esos años, cuyo lema era Firme junto al pueblo, informó sobre el hecho en primera página, con estas líneas: “Solo la muerte pudo apagar su voz de volcán” Y Nicanor Parra redactó un artefacto: Total cero.

En su nombre civil llevaba los apellidos de dos de sus enemigos, pues Pablo de Rokha nació como Carlos Díaz Loyola. Alone se llamaba Hernán Díaz Arrieta y Hernán Loyola, el eminente biógrafo de Neruda, a quien por supuesto detestaba por su cercanía con el vate de Isla Negra, llevaba su apellido materno. Otra contradicción en una vida paradojal.

¿Es posible revertir en nuestro país esta imagen de olvido, de ignorancia, que oscurece la propuesta literaria de De Rokha? La tarea es insertar sus libros, sus versos, su vida, en una cultura que vive un proceso de globalización, una trampa para quienes no saben vender nada, pero también indudablemente establecida como modelo. Cayeron las sociedades inspiradas en el marxismo, China se aleja cada vez más del maoísmo. Él lo dijo en un verso memorable de Los gemidos: Cantar, cantar, cantar… he ahí lo único que sabes, Pablo de Rokha. Y en su célebre poema “Canto del macho anciano”: Parten los trenes del destino, sin sentido, como navíos de fantasmas.

 

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