Revista Intemperie

ENSAYO | El peso de la condena: el paso por la cárcel en canciones tropicales

Por: Juan José Solís
Ruben Blades performs during the Montreux Jazz Festival in Montreux, Switzerland on July 6, 2011. Photo by Loona/ABACAPRESS.COM

 

Existe en el cancionero de la música tropical (para simplificar las cosas, nos referiremos en este texto a la música tropical como aquella que agrupa las manifestaciones sonoras del área Caribe) un repertorio lírico asociado a criminales e infractores de la ley que padecen las secuelas de sus malas jugadas, o que se levantan como figuras irredimibles que se mueven invistiendo un ethos delictual, evidenciando sociedades donde el riesgo, la inseguridad y la violencia se han vuelto cotidiana práctica en una comunidad amenazada.

Quizás estas canciones marcadas por el triste lamentar de los infractores sea, en efecto, lo más interesante de este repertorio. En torno a esta materia resulta lícito preguntarse, ¿cuál es el propósito de incluir a estos tipos sociales como objeto de sus letras, y cuál es su efecto?

Cargado de culpa. La memoria perdida de tanto baile y trago despertó su sentido hacia finales de la noche. No sé qué anudaba su garganta, pero la lírica de tal canción oída una y mil veces y que tarareaba con la lengua traposa, mermaba su dubitativo ánimo y, sin embargo, lo llenaba de una sola certeza: la sensación compasiva que se le hacía piel y pathos. Sus párpados, hechos hollejos, no podían contener la lágrima que escapa de ese grano de uva que se había vuelto su pupila dilatada de vino. Una larga condena llegaba a su fin. De la pena cumplida a la otra, la que no es de encierro sino de tristeza.

Se trataba de la canción La pena del campesino. Inscrita en el imaginario sonoro chileno, voz mediante de Tommy Rey. Ni el cantante mudo que coreaba en su soledad beoda un himno de lamentaciones quedaba indiferente ante ese padecer. Yo, sentado en otra banca, en la misma fiesta, observo la tristeza del cantante mudo y melancólicamente compasivo. Dentro de él, advierto al campesino de la cumbia. Me alinee en su compasión acompañándolo en el canto:

 

Un campesino salió de la cárcel

después de una larga condena

con la esperanza de que en su pueblito

algún amigo lo recibiera

y con tristeza y amargura solo encontró la indiferencia.

 

En un país donde la parrilla televisiva se llena de programas en los cuales se sanciona la pillería y se persigue a malhechores; en donde se plastifica, se patea y escupe a los rateros de poca monta, la lírica de canciones que toman como objeto el triste lamentar de los infractores parece constituir un eslabón roto en los grilletes de condenas sociales hacia quienes han cometido delitos penados con cárcel.

En contrapunto a esta difusión ideológica pro-inmunización, ante la delincuencia protagonizada por héroes periodistas, advertimos que el cancionero latinoamericano tropical está habitado por “chicos malos”, particularmente en la salsa, donde se ha erigido una producción lírica gansteril, una épica negra en la que se aprecian las alturas y caídas de sus protagonistas.

Los Pedro Navaja (Rubén Blades), El aguijón (Willie Colón) y el mismísimo Juanito Alimaña (Héctor Lavoe), exponen sus fechorías en oposición a la criminalización televisiva de los docu-realities policiales, que abundan en nuestra pantalla chica, oponiendo resistencia a través de los auditores nacionales de este ritmo, y en las radios de los inmigrantes peruanos y caribeños que se avecinan en nuestro país.

Mientras ahueco una cerveza en lata camino rumbo a la rumba que se levanta por las noches de fin de semana en plaza Yungay, donde unos muchachos y muchachas le dan a los cajones peruanos, y otros, presuntamente universitarios, tañen los bronces antelando el beat salsero que retumbaría en el interior del “bar Raíces”, ese local que tantas veces me vio salir derrotado, sin una pieza de baile y portando apenas unos flashazos de recuerdos.

Tras el mal trago de mis derrotas bailables, alzo el cilindro que acabo de vaciar y lo conduzco hacia mi oreja. Dentro de él, a la manera de las caracolas, podía oír el mar que baña al Callao, último reducto salsero neto de la costa Pacífico. Hasta el Perú llegaron las estrellas de la Fania en 1986, encabezados por “El cantante de los cantantes”, Héctor Lavoe, y tornaron ese reducto del Pacífico, en particular El Callao, en un sitio que profesa devoción por la salsa, ritmo con el cual en el Perú estaban familiarizados desde la década de los 60.

A medida me desplazaba en las calles con la noche a cuestas y sin ganas de acostarme, pasaba por mis audífonos un tracklist de canciones salseras. Recordé a un grupo peruano relativamente nuevo que practica la salsa dura, llamado Sabor y Control, y del que hablé con un joven de la misma nacionalidad en la cola de aquel bar, cuyo nombre no quiero mentar nuevamente.

En sus letras podemos encontrar ambivalentes miradas respecto del crimen y los malhechores. En la canción El justiciero (del disco Cuchillo en los ojos, 2008) se presenta una cruda sanción y acción en contra de los descuidistas: el justiciero, protagonista de esa lírica, se vanagloriaba de reestablecer el orden de la propiedad privada castigando físicamente a los ladrones. Por otro lado, y en sintonía con el tema de este artículo, encontramos la canción El niche del callejón (El guapo soy yo, 2006) cuya materia lírica gira en torno a un ex presidiario que acaba de salir de la prisión, presentando un gris fresco sobre cómo la presunción de culpabilidad persigue al niche (en el vocabulario del Caribe, un “niche” es un tipo de bajas costumbres), prolongando su condena social aun estando libre:

 

No salgo a la calle

Pues la justicia me anda buscando

Yo ya cumplí con mi condena

(…)

Todos me miran y me critican por esta vida, por esta vida

Yo sé que así son las cosas

Pues para mí es un gran problema

Que esta condena no tiene final.

 

Posteriormente, dentro de esta misma canción se advierte un deseo explícito por ver al niche redimiéndose en el baile y la bebida, celebrando la libertad, enunciando esta añoranza desde el lugar del hablante, y desde el mismo protagonista de la pena:

 

Yo quiero ver al niche pegado

Gozando, gozando sin pena

(…)

Celebro, celebro la libertad

Y ya no quiero más llorar.

 

Amparado en el follaje de los árboles, transitando por la vereda oscura de la calle Santo Domingo, eludo, practicando mis pasos básicos de salsa, aquel lugar ingrato dirigiéndome a otro sitio de la ciudad. En la esquina de Pío Nono con Santa Filomena está la salsoteca “Maestra Vida”, cuyo nombre se desprendía de la obra maestra de Rubén Blades. En aquel disco doble del año 1980, primera ópera salsa original, se presenta la genealogía de Carmelo y Manuela, y la peripecia familiar encarnada en su hijo Ramiro, quien incurre en la delincuencia, siendo apresado, y tras cumplir condena, juzgado socialmente por el barrio. Los viejos mueren solos. Ramiro también experimenta la soledad: la del rechazo, la de su propia culpa. En otras palabras, las consecuencias de sus errores y la prolongación de la pena fuera del penal:

 

Todos los hechos lo condenaban

Las anécdotas y los recuerdos hablaban mal de el

con los ojos enterrados en el piso

sufriendo las malas jugadas de su existencia

Ramiro recorrió las calles del barrio

la misma esquina con su mismo olor,

Todos los hechos lo condenaban,

Sin embargo,

nadie hablaba de su soledad

de aquellos años en la cárcel

De lo que hizo y dejo de hacer

de su eterna mala suerte.

  

Recordar la introducción de esta canción que daba nombre al disco y a la salsoteca me hizo sentir una cuota de soledad, y esa sensación abortó mi decisión de entregarme al baile. Movido por el deseo de juerga había decidido salir en esa ocasión sin compañía y me encontraba tan solo como Ramiro, presintiendo que no sería mi noche. Yo no tenía pena cumplida, salvo uno que otro problema con la justicia como la mayoría de los chilenos, hace unos años atrás. Tampoco tenía de la pena-tristeza viva. Decidí volver a casa. En dirección a Alameda y con los audífonos mudos trepidé ante el vértigo de una carrera, y la mirada perpleja de un par de gringos despojados de sus pertenencias. Había decidido que esa noche no sería un justiciero como el de la canción de Sabor y Control. Miré hacia ambos lados esperando no ser abordado por Amaro Gómez Pablos o Consuelo Saavedra ni por Emilio Sutherland para cuestionarme por qué no había intervenido. Solo habría atinado a decirles: don´t speak spanish and i´m too drunk to answer your question.

Puse play nuevamente a mi viejo mp3 con pilas y pensé que es a través de la música que estos lamentos que impostan el padecer de estos infractores, proponen una dimensión redentora ficticia, más que una redención real, en medio de tanto morbo a propósito de las ansias de punición emanadas desde la televisión. La reinserción es un proyecto que de una u otra manera queda cancelado en estas líricas que no son sino la reducción a la melodramática caída en desgracia de los infractores, provocando la compasión de la audiencia, a partir de la imposibilidad de vivir desprendido de la pena-penal que genera la pena-tristeza. O viceversa.

 

 

 

 

Foto: Ruben Blades, Montreux Jazz Festival, Suiza (2011). Loona/abacapress.com

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