Revista Intemperie

Libertella sobre la última generación analógica

Por: Joyce Ventura
el invierno con mi generacion

 

“El invierno con mi generación” la segunda novela de Mauro Libertella (Buenos Aires, 1983)  se centra entre los 16 y 23 años del autor y se mueve desde su dulce pero bruta inmadurez, hasta una desesperanza elaborada por la influencia de libros y grupos de rock que comparte con unos pocos amigos tan desaliñaos y faltos de metas como él. Por eso es un libro tierno y doloroso, que se queda dando vueltas por días. Su generación fue de las últimas en sustentarse en lo analógico y Libertella es el cronista de este final. Sus descripciones pasan a formar parte de los propios recuerdos de aquella época no digital, y se pegan como un buen trabajo de memoria reciente a la memoria pasada de los que no vimos cómo terminaba esto en plena adolescencia.

Es la última generación en pasarse papelitos para comunicarse en clases, la última en perder la cabeza encontrando el orden perfecto de canciones para que un cassette virgen TDK de 90 minutos quedara convertido en un regalo de éxito, la última en comprar sándwiches de fiambre antes de que Mac Donalds fuese la meta del día, la última en disfrutar de un fin de semana con amigos en un balneario sin luz eléctrica, cuando la hiper-dependencia a internet no podía imaginarse porque paradójicamente fue justo cuando la televisión perdía fuerza y servía pasiva como hipnótico, a través de  la programación infinita del “llame ya” de mediados de los noventa, en la que estos jóvenes encuentran cierto alivio.

Un par de momentos que provocan risa son protagonizados por el Negro, el amigo más dejado, y por eso el más emblemático, a quien su profesora se refiere como “el que vive de la caza y de la pesca”, pues llega en blanco inocente a todas las pruebas. “Pásame la uno”, susurraba y un compañero le soltaba un par de frases inconexas para que las desarrollara. “Silencio reconcentrado  ‘listo ya escribí eso, qué más’ entonces el compañero miraba y veía una única y perfecta línea textual”. Ingenuidad. Risas.

Otro del grupo, Roiter es la adolescencia pura, cada día distinto: “A mi compañero de banco lo vi llegar el primer día de clases con pinta de deportista sano y enérgico, un jovencito enamorado de la vida, y lo vi irse el último día encarnando una estrella de rock yonki caída en desgracia. Es la historia de Roiter, el hombre de las mil mutaciones”.

Que estudien en un colegio judío no ortodoxo fundado en 1930 es secundario, Libertella lo pesca y lo suelta, en Argentina ser judío no es tema y la fauna de esta institución enorme que se divide en dos megaedificios -el de Libertella es tremendo y queda en la calle Libertador- permite que el asunto se disuelva absolutamente.

Libertella tiene un estilo transparente y liviano con el que se juega los pasajes más risibles o hermosos o nostálgicos. Estilo que al mismo tiempo le permite regular la intensidad del roce con un leve dolor no trabajado y deforme, que es la soledad inconsciente que encuentra cierto anclaje en el lenguaje, entre pares desadaptados. Ni Roiter, ni Iván ni el Negro “un círculo cerrado, un rincón insular” se atreven a cruzar hacia el lado de las chicas, ninguno se hace el valiente para dejar pasar el rechazo. “Mis amigos y yo éramos personas civilizadas. Recluidos en el fondo del aula, despuntando el noble vicio de la conversación, alejados de los placeres de la carne, no constituíamos una amenaza para nadie”.

Los personajes no se conmueven por el romanticismo (son de los que escuchaban Nirvana), por lo mismo perseveran en sus gustos de grupo cerrado, en el mutismo frente al resto que se coordina con un comportamiento abúlico, una vestimenta desgraciada; un modo de no vivir de sueños sino de sublimaciones, que se llevan a la práctica formando un mal grupo de rock o en intrascendentes conversaciones en la habitación de alguno, o al final en juntas a fumar marihuana en el último piso de un edificio. “Lo único que nos gustaba hacer era hablar y más concretamente comentar lo que otros decían, una evidente ineptitud para abordar las llamadas ‘cosas del mundo’ hizo que nos exiliáramos en el lenguaje y nos inventáramos una sintaxis. Desde nuestra quietud estudiábamos todo lo que teníamos alrededor, ese era nuestro laboratorio mental”.

Y qué apuro iban a tener, la suerte de la educación en Argentina, libres para estudiar lo que quisieran, decepcionarse cuántas veces fuese necesario para llegar canalizar en algo. Libertella, hijo del escritor Héctor Libertella y de la poeta Tamara Kamenszain, se paseó por Derecho, Filosofía y Letras, según cuenta en el libro, pero además es periodista, ha escrito en Página/12, Perfil y Clarín.

“Invierno con mi generación” es la precuela de “Mi libro enterrado”, su primera novela que fue declarada unánimemente como el mejor libro de 2013. Habrá que seguir con él.

 

El invierno con mi generación

Mauro Libertella

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