Revista Intemperie

Karadima y las sombras de la Dictadura  

Por: Pablo Torche
karadima

 

Siempre me ha llamado la atención la forma en que la figura de Karadima se convirtió en el símbolo de algo en Chile. Algo oscuro y siniestro, que tiene que ver con el abuso de poder, la represión, la colusión de la Iglesia con la política, la decadencia de la elite… No cabe duda que el personaje es un emblema del mal, algo casi terrorífico si se toma en cuenta la forma impune en que ejerció su poder a lo largo de tantos años. Pero me parecía que había algo de clasista en concentrar toda la atención en este único caso, sólo porque involucraba a víctimas de clase alta, habiendo tantos otros similares, y aún peores (recuerdo al pasar uno de Melipilla, que era aún más escabroso), que nunca llegaban a la televisión, ni recibían ninguna atención mediática, aun cuando seguían desenvolviéndose hasta la actualidad.

Sin embargo ayer, al ver las imágenes televisadas de Karadima enfrentando a los tribunales (creo que por primera vez, aunque sea en calidad de testigo), todavía impune de alguna forma, bien arreglado y vistiendo de sacerdote, por supuesto sin el más mínimo gesto de culpa ni arrepentimiento en la cara, sino con la misma soberbia que debió haber caracterizado su reinado en la Parroquia El Bosque, algo me hizo sentido de pronto, y todo lo que esta historia de terror representa, tanto para las víctimas, como para la historia de Chile en su conjunto, se me hizo patente de golpe.

Karadima debe tener sin duda una personalidad psicopática narcisista, construida sobre un endiosamiento de sí mismo, que lo vuelve inmune al daño que causa a los demás, e incapaz de aceptar críticas. En este sentido, su actitud resulta similar a la de varios otros criminales mesiánicos, condenados por delitos y abusos sanguinarios, que se presentan ante los tribunales vestidos de etiqueta, sin el menor rasgo de arrepentimiento o depresión. No sienten culpa, porque al parecer no ven sus faltas, una ceguera intimidante, que ha sido reportada en todo tipo de criminales, desde los jerarcas nazis, hasta los asesinos de la Dictadura de Pinochet, pasando por líderes de sectas, abusadores sexuales y todo tipo de seres despreciables. Esta incapacidad de percibir el mal, y la culpa, desde una perspectiva puramente subjetiva, es algo que da terror, aún más que la “banalidad del mal”, acuñada por Hannah Arendt.

La concurrencia de Karadima ayer a tribunales, recuerda a los militares tardíamente condenados, o no condenados en absoluto, por los crímenes cometidos en dictadura, todavía paseándose impunemente por las calles, los programas de televisión, las alcaldías. Para ellos, al igual que para Karadima de alguna forma, la justicia pasó por el lado, no llegó a tocarlos.

 

En este sentido, el caso Karadima representa o condensa de manera dramática una serie de rasgos propios del periodo oscuro de la historia de Chile, en el cual prosperó y consolidó su poder.

La opción incomprensible de entronizarlo como una especie de santo o salvador, y luego de hacer la vista gorda ante la forma malévola en que ejercía su autoridad, simboliza exactamente la pesadilla por la que atravesaba el país en esos momentos. La complicidad o sumisión que todos le brindaban, activa o pasivamente, representa también el estándar moral de quienes lo rodeaban. De hecho, lo único que justificaba la adhesión a Karadima era que detentaba poder, y el alcance de su enorme red de protección demuestra hasta qué punto estaba dispuesta a llegar la gente, con tal de mantenerse al lado del poder. En todos estos sentidos la parroquia del bosque parece un microcosmos fiel y perverso, de la perversión más amplia que estaba ocurriendo en el país.

La figura de Karadima encarna también la represión violenta y la tortura, no en la forma abierta y masiva que tomaba en esa década por parte de los organismos del estado, sino en el ámbito oculto y secreto de las relaciones íntimas. Los cuerpos magullados y torturados de los detenidos desaparecidos, tenían así un correlato muy concreto en los cuerpos de estos jóvenes de clase alta, secuestrados gradualmente de sus relaciones sociales y familiares, manipulados y finalmente abusados, a vista y paciencia de todo el mundo, pero al mismo tiempo detrás de un velo siniestro de sobreentendidos y excusas, que lo vuelve aún más amenazante.

La vigilancia y represión de los organismos policiales, a la cual el país estaba acostumbrado, se traducía en el caso de Karadima en una vigilancia y represión de las dimensiones más íntimas del ser humano, la sexual y la afectiva. Ahora sabemos cómo Karadima vigilaba específicamente los impulsos sexuales de sus discípulos, los reprimía y castigaba, y luego, los manipulaba, los usaba en su propio beneficio, sin dejar de culpar al otro, a la víctima, de éstos abusos que estaba sufriendo.

Una de las cosas que más asusta del caso Karadima es el sinsentido, el absurdo del extraordinario poder que alcanzó. Ahora, con el tiempo, ha salido a la luz la historia de una persona intelectualmente mediocre, que había inventado su vinculación con Alberto Hurtado para darse importancia, arribista socialmente y con una enorme sed de poder. ¿Por qué se había endiosado a una persona así, y cómo se le permitió hacer tanto daño, durante tantos años, sin que nadie hiciera nada? El hecho de que haya ocurrido en la clase alta sólo aumenta esta incógnita. ¿Cómo gente tan poderosa, y con tantos recursos, permitió esta secta de perversión y destrucción de vidas frente a sus propias narices? Hay algo de esto que resulta hasta el día de hoy incomprensible, opaco.

En este sentido, el caso Karadima también es representativo de la Dictadura en la que surgió, y especialmente del rol que le cupo a la clase adinerada en ella. De alguna forma, la secta que dirigía Karadima, era el anverso privado del régimen de terror que imperaba en el país. Así, mientras la clase alta sostenía la Dictadura, y hacía la vista gorda frente a sus crímenes, como si nada estuviera pasando, allí, frente a sus propias narices, sus propios hijos eran también objetos de las peores vejaciones. La ceguera que se habían acostumbrado a adoptar, para no ver lo que ocurría en el país, se había extendido trágicamente a vidas privadas, impidiéndoles ver lo que ocurría en sus propias casas.

 

En los últimos cinco años ha surgido en el país una reevaluación del periodo de la Dictadura, y en particular de los crímenes de Estado y las violaciones a los derechos humanos, que tuvo su punto más representativo el 2014, con la conmemoración de los 40 años del Golpe de Estado. A través de un sinnúmero de programas investigativos, de recuperación histórica y de discusión, el hito demostró que, lejos de apagarse, la memoria histórica de esa época vuelve a encenderse con nuevo brío, que el país sigue buscando comprender qué ocurrió en ese período. Las nuevas generaciones, lejos de quedarse tranquilos con el discurso recibido, tienen algo que decir al tema, una nueva perspectiva que aportar.

Fue precisamente en este contexto que explotó el caso Karadima, por cierto varias décadas después de haber “ocurrido”, pero cuyas consecuencias todavía se ramificaban de forma muy viva por nuestra sociedad, diríase incluso que aún trataban de enraizarse en ella.

En este sentido, aparte del sufrimiento muy concreto de las víctimas (que debe ser siempre el foco principal), el caso Karadima representa también el horror de un período que todavía no alcanzamos a sacar a la luz del todo, mucho menos explicar. Por esta razón, el caso Karadima constituye una narrativa potente e inmisericorde de Chile, del Chile pasado y el Chile actual, como una fábula siniestra a través de la cual nos miramos a nosotros mismos, intentamos comprender, y de alguna forma expiar.

 

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