Revista Intemperie

Pesadillas y desórdenes: a propósito de Colonia Dignidad

Por: Ignacio Concha
colonia dignidad foto

 

Hace unos años escribí una serie de televisión sobre Colonia Dignidad que al final no se hizo. En su preparación leí un manuscrito, que casi aprendí de memoria, con entrevistas a gente que había pasado por ahí: colonos, niños de los campamentos de verano que habían sido raptados, ex detenidos políticos.

Nunca me había tocado leer, y hasta hoy no me ha tocado, eventos que después me cueste relatar. Esa dificultad no la tengo con nada más, ni siquiera con las historias que cuenta Primo Levi, si de historias horribles es de lo que hablamos. Quizás es porque Primo Levi las cuenta, y eso ya implica una asimilación. En cambio estas personas, las de los testimonios sobre Colonia Dignidad, no habían escrito ningún libro, sino que habían sido entrevistadas. Muchos de ellos no podían tomar la iniciativa, no podían escribir sobre su experiencia.

Esa actitud de origen se traspasa al que conoce.

Con Roberto, el otro guionista, tuvimos innumerables reuniones con la directora y la productora. Como en todo proyecto, buscamos la historia y el mejor modo de contarla. Luego de dos meses de trabajo, enviamos el proyecto al Fondo del Consejo Nacional de Televisión.

Al tiempo supimos, con decepción, que era rechazado por errores en el presupuesto, con lo que su financiamiento y realización se hacía imposible. Roberto, en su actitud operada de los nervios que le envidié siempre, dijo que bueno, que siguiéramos a otra cosa. Yo, en cambio, quedé muy deprimido. No era primera vez que un proyecto se caía por problemas de organización, y ese trabajo en particular me gustaba mucho.

En los días siguientes me puse a buscar un máster o diplomado en comunicación estratégica. Había tenido éxito haciendo publicidad corporativa, y en el peor de los casos, pensé, no me quitaba tiempo para dedicarme a proyectos creativos. Era como seguir apoyado en dos piernas, pero ahora pasar el peso del cuerpo de una pierna a la otra.

Eché una mirada a los posgrados que había y, o eran muy caros, o muy largos. Yo no tenía tantas exigencias, mal que mal confiaba más en mi espíritu autodidacta que en una universidad, y simplemente quería un cartón que certificara el estudio. Me metí a un diplomado en la Universidad Mayor que empezaba unos meses después, con clases cada sábado.

A poco andar me di cuenta que lo de “comunicación estratégica”, que aparecía en su anuncio, era un término usado de forma bastante libre. Si uno leía la presentación de contenidos aparecía de vez en cuando la palabra inteligencia, y eso era una clave que, leída bien, significaba precisamente eso, un curso de inteligencia. En resumen, me había matriculado en un curso de espionaje.

En la primera clase, y no necesité mucho sagacidad para eso, vi que mis compañeros eran detectives, militares, marinos y carabineros. Eran ellos y yo. Los profesores a su vez eran todos ex militares salvo dos: un ex diputado PPD y un cientista político que hacía clases en la Escuela Militar y que hablaba con cariño de sus “pelados”.

Siempre he sido curioso, y ya que había pagado la primera cuota y que nadie que viera mi CV se iba a enterar, decidí seguir un par de clases y ver qué tal.

Lo que se enseñaba era una pérdida de tiempo y, en su mayor parte, increíblemente naive. Eran tipos obsesionados con Perú y con hacerse páginas de Facebook falsas. De hecho, una de las tareas del curso fue esa, hacerse una página de Facebook falsa. Uno de mis compañeros, Ramón se llamaba, a veces pedía la palabra y hablaba sobre el crecimiento económico y la importancia geopolítica de China. Sus largas reflexiones eran escuchadas por los demás con impaciencia, cuando no con risa. Ramón era un militar jubilado de unos 50 años, y sí, hablaba bastante de China. China y Perú.

Nos empezamos a ir juntos después de clases. Yo vivía en Providencia con Padre Mariano y él con su esposa en un departamento cerca de Manuel Montt. Luego de un par de sábados, mientras íbamos en el metro, me contó que estaba procesado. ¿Y por qué?, pregunté. Yo fui, dijo, uno de los conscriptos que entró una noche a Colonia Dignidad y bajo las órdenes de un coronel movió los cuerpos de detenidos desaparecidos.

Los habían removido, echado en un camión, y luego en el regimiento de Mulchén los habían quemado en un horno. Los restos los habían lanzado al río Perquilauquén.

Que tenía 20 años, que era un cabo que cumplía órdenes, que no sabía bien lo que hacía. Mientras el metro recorría las estaciones todos sus argumentos apuntaban a que a él, la historia, también le había pasado por encima. Yo no podía saber si ese arrepentimiento era auténtico o parte de la defensa en su juicio, aprendida y dicha de memoria mil veces. Y si estaba tan arrepentido, ¿por qué había seguido en el Ejército? A todas mis preguntas respondió con evasivas o un chapurreo de frases difíciles de creer.

Cuando nos acercábamos a Manuel Montt me invitó a conocer su oficina, que quedaba a pasos de la estación. Yo, curioso, dije que sí.

A esas alturas la vida en Colonia Dignidad seguía siendo un misterio, y aún lo es. Los colonos tenían una mina en donde hacían trabajar a niños, la mayoría hijos de campesinos pobres de la zona que los mandaban a educar y luego no devolvían. Si uno de ellos moría por un accidente, no le decían a nadie. Excavaciones hechas en democracia encontraron en distintos sitios ocho autos con el número de serie del motor limado. Otra vez se encontró, dos metros bajo tierra, un camión completo. Si, un camión.

Con los testimonios se podía reconstruir, siempre a trazos, lo que había pasado: vestían con un overol naranjo a quien pillaban en falta, y así todos sabían quien era. Las suelas de los zapatos marcaban un círculo, y de esa manera se sabía dónde iban. Inyectaban alcohol en los genitales, con lo que muchos hombres quedaron impotentes. Drogaban con sedantes y antidepresivos, de forma rutinaria, a decenas de personas con problemas para entrar en la estricta vida de la colonia. Eso provocó muchas muertes: alguien se subía a un techo y perdía el equilibrio, bulldozers se operaban mal, sierras pasaron de largo.

Eso, al menos, de las cosas de las que es fácil hablar.

Nos bajamos en el metro Manuel Montt y caminamos. Su oficina era un pequeño espacio acristalado, ubicado al fondo de una galería de librerías de viejo. En el camino me había dicho que él creía, finalmente, en el poder sanador de la mística. Y una vez allí se veía que a eso era a lo que se dedicaba Ramón cuando no elaboraba informes de inteligencia: a sacar el tarot.

Y a juzgar por lo que decía, le iba bastante bien. Su boleta de honorarios señalaba debajo de su nombre: “análisis de inteligencia y servicios holísticos”. Ramón no veía una disparidad entre sus dos oficios, al contrario, para él era una ventaja profesional, una sola y misma cosa.

Luego de mostrarme la oficina y contarme de su trabajo, me invitó un café. Yo le dije que me tenía que ir. Cuando nos despedíamos, amable y cortesano como siempre, me insistió que pasara otro día, que él encantado me sacaba gratis las cartas.

 

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