Revista Intemperie

Descubriendo a Vivian Maier

Por: Andrés Olave
Maier_055, 6/25/13, 9:50 AM, 16C, 5736x5466 (152+1453), 100%, Custom,  1/60 s, R36.6, G8.6, B22.8

 

Las fotografías donde Vivian Maier se permite retratarse a sí misma suelen tener un aire esquivo, tomadas a la pasada en la calle, apoyándose en el reflejo de una vitrina o un espejo, la vista que suele mirar al frente, concentrada en la imagen que va a obtener, lejos de su propia efigie.  La historia de la Maier ostenta mucho de ese gesto: su propia carrera como artista puesta de lado ante el mero anhelo de salir a la calle todos los días y sacar fotografías. Un impulso que nunca cuadró con el pulso de una carrera activa y que la mantuvieron en el anonimato más cerrado durante toda su vida.

Las personas que la conocieron hablan de una mujer de carácter difícil y extravagante. La Maier, para mantenerse, trabajó de niñera la mayor parte de su vida, un empleo que no estaba a la altura de su genio pero que ella sobrellevó con sencillez y estoicismo a lo largo de los años.   Puede ser que no tuviese la suerte necesaria para dar sus primeros pasos dentro del mundo del arte.  Puede que la embargara una gran timidez y que no se sintiera capaz de progresar en un orden muchas veces cerrado y elitista. Fuese como fuese, esa mujer alta y de mirada intensa pasó por la vida sacando algo así como cien fotografías a la semana mientras cuidaba de los hijos de otras personas. Quizás estaba simplemente demasiado ocupada en ambas labores como para forjarse un nombre como artista.

Su obra ha llegado a nosotros por el milagro de un curador.  Del mismo modo que Max Brod salvó la obra de Kafka, un joven de Chicago que buscaba fotografías para un libro compró por casualidad un lote de fotografías y negativos que habían pertenecido a la Maier.  El conjunto despertó el interés de este joven, John Maloof, quien se dio a la tarea de reunir el resto del material, organizarlo y escanearlo para después intentar descubrir quién había sido exactamente la mujer capaz de erigir una obra tan rica y variada.

Las buenas fotografías tiene la cualidad de modificar el tiempo. Pueden congelar una imagen por décadas pero también logran que esa imagen siga pareciendo igual de viva que el día que fue sacada.  Contemplamos esa fotografía saltando en el tiempo, yendo a ese espacio de inmanencia que reúne el pasado con el presente y de paso, lo dota de sentido. Lo mismo que ocurre con un adorno o una figura que tenemos de recuerdo, como los tenía por miles la Maier. Pequeños objetos que nos hacen viajar. El juego de capturar los momentos y revivirlos en la memoria, el bosque que Vivian Maier habitó toda su vida y probablemente en el que también se extravió, y que un chico veinteañero, justo el año de su muerte, supo traer de vuelta hasta nosotros.

Hoy en día la fama de Vivian Maier es abrumadora, no sería exagerado decir que es la fotógrafa en boga y la más conocida del orbe. Pero, ¿qué elementos justifican exactamente esta fama además de su enorme talento?  ¿Nos fascina que un personaje anónimo conozca la fama tras su muerte?

En mi caso, no la admiro por haber obtenido el éxito de manera póstuma (que es lo mismo que obtener el fracaso más absoluto de manera póstuma, una nada sin sentido), sino por su gran pasión expresada en forma de persistencia. En mis veinte conocí poetas, cuentistas, novelistas en ciernes, todos ellos muertos a los 30 años porque había que ponerse prácticos y empezar a pagar las cuentas. La Maier, si bien pagaba sus cuentas, buscó el modo de seguir compaginando el trabajo opresor con el ejercicio de su arte, y he allí un gigantesco atisbo de esperanza que puede iluminarnos a todos durante la larga marcha, este día y todo el resto de los días, hasta el fin.

 

Foto: Vivian Maier / telegraph.co.uk

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