Revista Intemperie

Rating, transformismo y transexualidad

Por: Gastón Carrasco
the switch

 

Para nadie que se mueva por los lindes de la ciudad es ajena la existencia de circos, pobres (carácter intrínseco de los circos), cuyos dueños, boleteros, presentadores y artistas son travestis. El connotado Circo Timoteo aun levanta carpa (en más de un sentido), en los sitios eriazos que las municipalidades no logran repensar para la comunidad.

Recuerdo que durante la enseñanza media un grupo de compañeros de curso fueron al circo que se instalaba detrás del colegio (no recuerdo si era exactamente el Timoteo u otro). En un show de media tarde, con no más de veinte personas dentro, al parecer las pasiones alcanzaron a los jóvenes espectadores, y no pocos de ellos (tanto hombres como mujeres), introdujeron en sus adolescentes bocas el elemento que los travestis intentan esconder. Recuerdo también que esa lista fue de conocimiento público y que la reacción de muchos (entre directivos, profesores, apoderados y estudiantes) fue la inmediata crucifixión social de los compañeros (¿mencioné que el colegio era católico?).

Dicho episodio me desencajó un poco la idea que tenía de los travestis. Recién ahí entendí las diferencias entre travestis, transformistas y transexuales. Vivir durante años con un primo transexual me ayudó lo suficiente para saber establecer las diferencias y categorías de género. El contraste entre la vida de alguien que se siente y quiere ser mujer, con la de aquel que interpreta en un espectáculo a una mujer, es bastante amplia. E intentar hacer entender esto a mis compañeros, o a cualquiera que tenga fijas sus categorías sobre las nociones de masculinidad y femineidad, resultó una empresa bastante compleja (Intenten explicar a sus padres o abuelos la diferencia entre la construcción cultural de género y la disposición biológica de los cuerpos).

No me extraña entonces el éxito de The Switch. El morbo propio de un reality (discusiones, lágrimas, competencias), añadido al morbo de la “transformación”, es un producto digno de nuestra televisión. También parece característico de nuestra parrilla televisiva tomar temas de moda, y recubrirlos de una cierta pátina de progresista, simplemente para atraer más público. De hecho, muchas personas me han comentado el aporte que significa este programa, especialmente por la visibilidad y normalización del elemento travesti.

El dilema, claro está, es que los estereotipos presentados, por muy reales que sean y parezcan, no representan el actuar ni pensar de muchas minorías de género. La exposición, además, le permite a muchos cibercomentaristas hacer añicos a los participantes, dejando salir todo su arsenal fascista y homofóbico. Otros intentan subirse al carro de la victoria moral dando muestras de un cierto progresismo cultural que les gusta exhibir: impostación o tiranía de la aceptación. Les gusta ver travestis, pero de lejitos.

En días en que celebramos las cientos de uniones civiles posibles gracias a la aprobación del Acuerdo de Vida en Pareja (APV), lo que parece interesar más al público es lo desafinado de tal personaje, lo mal que bailó o lo mal que se viste esa travesti con sobrepeso. La misma gente que festina con el físico de los personajes del programa rechaza muchas veces  matrimonio o unión civil.

Dudo que Mega esto le importe mucho, pues funciona bajo las fórmulas tipo “Morandé Compañía”, que le han servido para posicionarse entre los líderes en sintonía en este tiempo. Es lo que la gente ve, es lo que la gente pide: más pan y circo pobre travesti para el pueblo.

La fórmula, como era de esperar, ha sido exitosa, y los resultados de los tres capítulos The Switch le han permitido dar una buena batalla frente a la exitosa franquicia culinaria de Canal 13. Así, con el apoyo, en parte, de los ratings de las mil y un teleseries turcas, el reality del transformismo ha sabido posicionarse, liderando y doblando incuso en sintonía a la competencia

En contraposición a este festival de morbo, me atrevo a sugerir otros retratos más realistas sobre el tema. Uno interesante lo propone José Luís Sepúlveda en su largometraje “El pejesapo” de 2007. Ahí el protagonista (drogadicto, ex convicto) se enamora del/a artista que le refriega su entrepierna en la cara durante el show, e incluso piensa dejar a su mujer (con problemas de lenguaje), por seguir al travesti en su vida itinerante. Por supuesto, al final no lo hace, por el contrario, se aleja de él/la, tratándolo de maricón.

Así también recomiendo ver el documental “Niños Rosados y Niñas Azules”, y, por último, la forma en que se ha abordado el tema en las propuestas de “Chile en llamas” de CHV o “El informante”, donde se ha discutido con mayor profundidad y menos morbo.

 

 

Foto: latercera.com

Deje su mensaje

Debes estarsuscrito para enviar un comentario.