Revista Intemperie

La casa oscura

Por: Nicolás Lazo
pequenos migratorios ff

Nicolás Lazo sobre el poemario de Claudio Guerrero que aborda –una vez más, pero de manera siempre nueva– la violencia que alberga la historia de la nación

 

La literatura, de un modo equivalente a otras expresiones artísticas, a menudo se nos presenta como un animal que habita un espacio particularmente inestable, una fiera cuyo territorio condiciona la idea que tiene de sí misma y, a la vez, multiplica las preguntas sobre sus posibilidades de sobrevivir. En efecto, la bestia literaria vive cercada por una frontera que, en su caso, está hecha de silencio: un abismo a través del cual se extienden los dominios de lo inenarrable.

Ése es, precisamente, el desafío al que se enfrenta Pequeños migratorios (Ediciones Inubicalistas, 2014), un volumen de poemas en que, mediante el retorno a un proceso histórico clave –esto es, el golpe de Estado y posterior dictadura cívico–militar en Chile–, su autor, Claudio Guerrero (1975), intenta abordar de manera conjunta dos elementos particularmente difíciles de aprehender: por un lado, el fenómeno de la violencia tanto simbólica como material y, con ello, los alcances del horror humano; por otro, un referente de la biografía nacional que, por haber sido profusamente revisitado, ofrece la improbable impresión de que no hay nada que añadir al respecto.

La estructura del volumen, que en cierta medida parece encarnar la estrategia textual llamada a sortear dicha dificultad enunciativa, contempla la coexistencia de cuatro secciones, la primera de las cuales, titulada “Los exterminadores”, opera como el umbral narrativo de lo que ha de seguir –“caída de estandartes / algunos gritos… / misión cumplida” (16)–, mientras que la cuarta, “El hilo de las horas”, abre camino al paso de una memoria que, situada in extrema res, serpentea entre numerosos pliegues y recovecos surgidos de la experiencia de aquellas voces que aquí convergen, a las que se suman, como en un susurro, los ecos de la generación pasada:

 

un largo silencio en las paredes

y esa luz que se enciende

para anunciar la visita

de los padres muertos”

 

En tanto, las secciones ubicadas en el centro del libro –“Villa de las Ánimas” y “Casa abandonada”– constituyen, tanto por su distribución como por su sentido, el corazón del mismo: mientras el segundo apartado da forma a una suerte de catálogo testimonial de víctimas de tortura cuyas marcas de oralidad le confieren un rostro casi insoportablemente verosímil, el tercero se detiene en las tensiones que tienen lugar durante –y en torno a– la construcción del relato nacional. Además, en este último punto nos encontramos con ocho versos que, al escenificar con inusitada elocuencia el oscuro reverso de toda historia oficial, acaso justifican la obra completa:

 

Si decimos que en la casa tomada duermen

cuidadosamente

las cartas y pergaminos

fotos con reyes europeos

y carísimos libros de genealogía

es porque en la casa abandonada duermen

los secretos papeles que ocultan los violentos crímenes

fundantes”

 

De este modo, la imagen de la casa –quizás la metáfora más frecuente para representar el espacio simbólico de la nación– regresa aquí ya no sólo como la proyección de un conjunto imperfecto de signos identitarios, sino, también, bajo la idea de un hábitat compartido para cuya construcción sus arquitectos recurrieron al atropello y la persecusión. Complejo y polivalente, ese hogar convertido en prisión contiene, sin embargo, una parte fundamental de nosotros mismos: ahí perviven –porque ahí murieron– retazos de esa infancia fuera de cualquier orden que, en su poema “La pieza oscura”, Enrique Lihn comparaba al claro de un bosque precariamente protegido, como si todos proviniéramos de un laberinto de pasillos y habitaciones al que, tarde o temprano, a menudo en mitad de la noche, alguien nos vino a buscar.

 

Pequeños migratorios

Claudio Guerrero
Ediciones Inubicalistas, Santiago, 2014

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