Revista Intemperie

ENSAYO: ‘Besitos de polola’. Ficción erótica y fidelización en el comercio sexual

Por: Juan José Solís
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Basta un par de cruces de palabras asociadas al mercado del sexo para que los motores de búsqueda nos arrojen un repertorio nutrido de servicios: greco, americana “con y sin condón”, universitarias, madurastravestis, dominatrix, gigolos bien dotados, masajes, cuadros plásticos, cambios de rol, masturbación rusa, distintas etnias, atención a dos hombres, lolitas, besitos de polola.

Para los entendidos en esta materia, la enumeración somera  de elementos propios de este mercado, poco y nada tiene de novedoso. Sin embargo, lo que cautiva de todos estos anuncios, a mi juicio, radica en el servicio besitos de polola, oferta que ficcionaliza la relación prestadora/cliente a partir de un pre-contrato basado en la promesa de una exclusividad fingida, que se da en un contexto urbano que permite la redefinición de lo privado no solo en términos de contactos, sino también en el espacio para esta forma de comercio sexual. Entendemos por la prestación Besitos de polola aquel servicio que incluye dentro de la transacción el beso en los labios, como parte de este repertorio sexual.

Dimensión del beso como gesto vinculante y como zona erógena

La boca  como zona erógena puesta en el mercado sexual, derriba una concepción clásica de su inclusión como servicio deseable entre los clientes prostitucionales. Aquello que distingue un mero encuentro sexual  de la concepción  cristiana del amor radica en la dimensión simbólica del beso en tanto gesto que vincula socialmente a dos personas bajo la lógica monógama, sobre la cual se han constituido las relaciones de pareja en Occidente. Una lectura a esta tendencia puede ser encontrada en la novela “Mejor que el vino” de Manuel Rojas, en donde se esboza esta escisión a partir de las prácticas sexuales  que llevaban a cabo las prostitutas:

-No me beses en la boca, no me gusta

 -¿Para qué es la boca entonces?

-No me beses los pechos

-¿Tampoco? ¿Y por qué la boca y los pechos valen más que el sexo?

-Es que algunas veces la sífilis se pega por los labios…

Salía de los cuartos funcionales de las prostitutas como si alguien lo hubiese ensuciado o como si él hubiese ensuciado a alguien y ambos tuviesen que limpiarse para desprenderse de toda la mugre que se habían obsequiado por una módica suma de dinero (1974: 39).

Si bien esta es solamente una posición respecto del contrato sexual, asumida de manera generalizada a lo largo de nuestra historia, no abandona la carga simbólica bíblica desde donde se extrae el título de esta novela: los versículos “Bésame con los besos de tu boca, que tus besos son mejor que el vino” están extraídos desde “el Cantar de los Cantares”, otorgando al ósculo una connotación que oscila entre las propiedades embriagantes y antisépticas del vino (en contraposición al riesgo de contagio de enfermedades de transmisión sexual, en todo orden como dispositivo inmunizador), y que por analogía, mantienen esta práctica amatoria en la órbita de la exclusividad monógama, afirmando  al beso como gesto que identifica al ser amado y bajo ningún término a una pareja provisoria que dispone su cuerpo como mercancía rentada por partes.

Lo que se adviene luego no será sino la interpretación de los roles de la prostituta y el cliente en la lógica del contrato sexual preestablecido, en donde la puesta en venta del beso se torna un plusvalor respecto de otras prestaciones sexuales. El beso -que otras no dan porque transgrede la lógica del contacto sexual tradicional, es decir, del  acople genital tarifado, inserción fálica en los pliegues de la carne puesta en transa, en trance y transitoriamente- aparece resignado, es decir, desplazado discursivamente en tanto reasignación erógena de la boca ya no destinada solo a la felación sino al establecimiento de un vínculo mutuo de afecciones orales, que cancela provisoriamente la oratoria sexual del encuentro pagado.

Espacio urbano residencial para el negocio del sexo

A diferencia de otros espacios para el comercio sexual, como la calle y el automóvil, los clubes nocturnos o tras los ventanales polarizados de los cafés con piernas instalados en las galerías del centro de Santiago, la performance de los besitos de polola toma lugar en edificios residenciales de la capital; así podemos observarlo al analizar las ofertas que circulan por internet. Ahí donde el “sueño de la casa propia” de la difusa clase media  y de los profesionales jóvenes toma altura proyectándose en seriados rascacielos, este espacio también se ha constituido como escenario para el ejercicio de esta práctica sexual remunerada, que no cesa de exponer en el discurso de su oferta, una  constitución ficticia de lo íntimo, dada por las condiciones materiales del lugar de ejercicio. El cliente prostitucional que acude a pagar por este servicio, asiste a ver a una novia ficticia a su departamento y no a un prostíbulo, lo que en un sentido u otro, lo limpia de reputaciones negativas, con la cómplice gestión rutinaria del conserje registrando los datos de estos clientes furtivos.

Lo privado en este escenario de paredes caladas por los marcos de aluminio de sus ventanales, propende a la habitualidad, a lo domiciliar, intima el contacto íntimo, lo aproxima, lo inscribe en la órbita doméstica del espacio habitacional que apreciamos en los folletos que rescatamos en la oficina del departamento piloto: baño, living, cocina, dormitorio. El tránsito desde la recepción a la habitación vuelve al cliente una suerte de vecino más del edificio. Llegado el momento, el cliente golpea la puerta y queda expuesto a un laberinto de concreto y carne sujeto a una doble renta: la del espacio para perpetrar el trato y la del cuerpo tratado como mercancía para la satisfacción sexual.

Fidelización de clientes a través de la fidelidad ficticia

En definitiva, podemos advertir que tras todo este aparataje discursivo, en la oferta de la prestación besitos de polola, subyace un juego relacional que opera en la generación de deseo de los clientes a través de la ficcionalización adúltera de los roles: la exclusividad simulada que instala en el mercado la prestadora, tiene como propósito fidelizar a su clientela a partir del plusvalor del beso en tanto puesta en venta de un servicio que no es prestado por cualquiera, por lo tanto, termina siendo una práctica que diferencia a la prestadora y que proporciona al cliente el consumo de un trato exclusivo a partir del vínculo contractual que implica el beso como preludio del sexo, y garantía de afecto particularmente dedicado hacia el cliente en la lógica de las relaciones de pareja.

Lo que acá advertimos, maquillado por la significación del beso en la cultura occidental, constituye una enorme estrategia de marketing sexual en torno a esta exclusividad simulada, que se monta discursivamente  como el deseo prostitucional y a la manera de los andamios que se elevan para edificar los enclaves residenciales convertidos en escenografía de vínculos sexuales ficticios y transitorios.

 

Foto: El beso, de Toulouse Lautrec

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