Revista Intemperie

Cosas de la Negra: No me dejan ser princesa

Por: La Negra
ariel

 

Las princesas en la vida de una niña de 5 o 7 años en plenos años 90 era el símil de un superhéroe para un niño, clásico producto cultural con una pauta de género incipiente, que llenaba cada rincón de los programas de televisión, juegos infantiles y ropa que utilizábamos.

Cuando era chica tenía un par de vestidos, pero había uno en especial que amaba porque era rosado con toques de encaje, y mi mamá me hacía usarlo con calcetines de vuelitos blancos y zapatos de charol. Además, me peinaba delicadamente con un cintillo rosado y yo sentía que era una princesa de verdad, que vivía en un palacio, y a toda esta imagen de ensueño se agregaban las atenciones especiales que hacía mi mami cuando me iba a acostar, me cantaba uno de los clásicos de la Gloria Benavides: Tengo una princesita/linda y chiquitita/cara de jazmín.

Todo esto me hacía sentir única en el mundo, y aparte de “negrita” (como ya saben que me dice mi familia, mi madre hasta el día de hoy), me llamaba “mi princesita”, reforzaba mi sensación de dicha. Pero nos falta agregar un factor determinante en las princesas conocidas por los medios de masas; no son de tez morena y quien me lo haría notar serían precisamente mis coetáneas.

Cuando iba en segundo básico jugando a las princesas dije que quería ser “Ariel” la sirenita de Disney que era mi ídola máxima porque cantaba y enamoraba al príncipe con su voz, y a mí me gustaba cantar desde chica, al punto de haber avergonzado a mis padres provocando que se bajaran con cara de disculpas de la micro que nos llevaba al persa, mientras yo entonaba a todo pulmón en un inglés improvisado “I will alway love you” a la edad de tres años.

Una niña de trencitas rubias de la que no le recuerdo ni el nombre me dijo “No puedes porque eres negra y más encima tienes el pelo negro”. Mi ira interna me hizo apretar los puños y por un momento me imaginé arrancándole las trencitas rubias a mi supuesta amiga de juegos. Resulta que no sólo mi piel era el problema, sino que también mi cabellera negra azabache. ¿Estaba sucia? Tenía algunos piojos, pero me lavaba el pelo día por medio como recomendó la peluquera. La discusión infantil derivó en qué princesa podía encarnar yo: Blancanieves no podía porque claro no era blanca y de nieves evidentemente no tenía nada, Jazmín estaba ocupada e igual no me ajustaba de todo al perfil porque mi pelo no era largo y el de la Kathy sí, usaba melena debido a los visitantes a mi cabeza.

Después de una extenuante discusión me quedaban dos personajes Pocahontas y Esmeralda. Demás está decir que para una mentalidad infantil con una mente superpoblada de cánones televisivos, ser india o gitana no era muy atrayente comparado con la idea de lograr vivir en un palacio al final de la historia. Desistí, debía resignarme: estaba siendo discriminada de manera evidente pero al mismo tiempo de una forma tenue que casi no lo sentía. Lo tragicómico de todo es que esto estaba recién empezando y aún no termina.

 

Foto: La sirenita, basada en el cuento del mismo nombre de Hans Christian Andersen / Walt Disney Pictures, 1989

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