Revista Intemperie

Pedestres notas para un viaje a pie

Por: Rodolfo Reyes Macaya
werner herzog

 

1. Margo Glantz ha dicho a propósito de Rimbaud: “su rebelión se inicia por los pies”. En efecto, su imagen es la de un vagabundo que deja atrás el conformismo y por medio de sus pasos se interna en las ciudades, en las llanuras, en los bosques y finalmente en el desierto.

Casi 240 kilómetros separan a Charleville de París. Rimbaud camina esa distancia varias veces, incluso, dice Jean-Marie Carré: “con la ropa hecha jirones y tosiendo a morir”. En tales escapadas no se abstiene de mendigar, de robar, de dormir bajo los puentes. Más de una vez lo detiene la policía. Entra por todo, responde a todo. A partir de la fatiga el yo se vuelve otro y aquellos a quienes he encontrado tal vez ni me han visto; como los monjes de Tiantai en Japón corren mil días alcanzando un éxtasis que echa por tierra la identidad.

Cuando Rimbaud ya no puede caminar más porque le amputan una de sus piernas, muere. Si su rebelión empieza por los pies, su desplome definitivo acontece no cuando deja de escribir poemas y se pierde en África, sino una vez que es incapaz de articular sus pasos para continuar la huida. En una de sus cartas confiesa: “Soy un peatón, nada más”.

2. Rousseau escribe en el libro II de sus Confesiones: “No he viajado a pie más que en mis días hermosos y siempre agradablemente. Pronto los deberes, los negocios, tener que llevar un equipaje, me obligaron a echármelas de caballero y tomar un coche, donde subía conmigo el roedor desasosiego, el engorro y la molestia, y desde entonces, en lugar del placer de andar que sentía en mis viajes, sólo he sentido el anhelo de llegar pronto.”

Muchos años después, consumido por la paranoia y rodeado de enemigos, Rousseau decide apartarse de las frivolidades de la vida social y pasar sus últimos días copiando música por la mañana. Por la tarde camina y buscar plantas. Tras su muerte encuentran un manuscrito que lleva por título Las ensoñaciones del paseante solitario.

3. En El Danubio, Claudio Magris recupera una nota a pie de página en la edición italiana de los cuentos de Hoffmann, referente a un personaje real tomado como modelo para un personaje literario. La nota dice: “F. Wilhelm C.L. von Grottus (1747-1801) intentaba combatir la enfermedad mental hereditaria de su familia realizando larguísimos viajes a pie. Murió loco en Bayreuth”.

La frugalidad de la información es demoledora y hasta humorística. Nada sabemos del hombre que vivió bajo el apellido Grottus, excepto que combatía una enfermedad de índole mental y hereditaria haciendo largas caminatas. El viaje a pie, en este caso, se inscribe como ejercicio de terapia para disipar la locura que se lleva dentro, aun cuando lo inevitable dé caza al peatón y este muera lejos del hogar.

Su derrotero se emparenta con el de Robert Walser, quien vivía recluido en un hospital psiquiátrico de Herisau, Berna, Suiza; solía caminar durante horas por los campos, con el permiso de los médicos, sin mayor compañía que su sombra. Corría el año 1956 cuando encontraron su cadáver en la nieve. En la entrañable novela Jakob von Gunten, el protagonista confiesa que cualquier trabajo hecho cuidadosamente “supondrá más honor que llevar una vida ociosa y angustiada junto a la estufa de casa”.

4. Recientemente el librero y poeta Diego Alfaro me regaló el pequeño libro de Werner Herzog Del caminar sobre hielo. Se trata de los apuntes que el cineasta bávaro pergeñó en su libreta durante un viaje a pie, desde Múnich a París, en el invierno de 1974.

Este viaje tenía una finalidad concreta y mágica: ayudar a la gran Lotte Eisner que “estaba muy enferma y probablemente moriría”. “Mis botas –dice Herzog –eran tan nuevas y sólidas que confiaba en ellas. Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie”.

El gesto insensato de realizar una peregrinación contra el viento, la nieve, el barro y la lluvia, y así revertir la agonía de una amiga muy querida, se transmuta en un acto luminoso. Los pies maltrechos y supurantes del peregrino, su cansancio, tienen la capacidad de conjurar el mal. El peregrino se aleja de lo humano, se transforma en un paria y sin embargo se redime.

“El hombre de la estación de servicio –anota –me dirigió una mirada tan irreal que me fui rápido al baño para cerciorarme frente al espejo de que aún tengo aspecto humano. Qué más da, ahora me voy a dejar soplar por la tormenta alrededor de la estación de servicio hasta que me salgan alas.”

5. Reviso mis cuadernos de viaje y me detengo en la siguiente entrada: “Es 27 de febrero de 2011. Fantasma y yo intentamos cruzar a pie la frontera chileno-argentina a la altura de Icalma. Ayer pasamos por la primera aduana, se supone que salimos de Chile. La aduana argentina está a 30 kilómetros. No estamos en ningún país. Dos jornadas de camino montañoso. Araucarias. Coigües. Liebres. Golondrinas que no sé si vuelven o van. Aparecen los pinos y el paisaje empieza secarse. El pino que se exporta, el pino que no deja crecer nada más que pino.”

“Cuando llegamos a la aduana argentina, los gendarmes nos preguntan por qué no llegamos el mismo día que señalan nuestros papeles ¿Qué estábamos haciendo? Les decimos que caminamos. Nos dicen que nadie se demora tanto en caminar. Pareciera que somos la gran entretención del día. Entonces les digo que el paisaje era hermoso, que nadie nos llevó, que acampamos en medio del camino y que poco a poco nos olvidamos de todo. Luego de buscar mucho rato en nuestras mochilas encuentran una colilla con marihuana. Nos detienen. Cuatro o cinco horas de pie, abiertas las piernas, las manos contra la nuca. Somos ilegales y toxicómanos. Ya atardeciendo nos devuelven a Chile en un camión militar.  Uno de los gendarmes, el más joven, se saca fotos con nosotros. De regreso, los carabineros se nos ríen en la cara.”

6. Leo en un libro de Frédéric Gros: “Andando se escapa a la idea misma de identidad, a la tentación de ser alguien, de tener un nombre y una historia. Ser alguien está bien en las veladas mundanas en las que cada uno habla de sí mismo, está bien en las consultas de los psicólogos. (…) La libertad cuando se camina es la de no ser nadie, porque el cuerpo que camina no tiene historia, tan sólo un flujo de vida inmemorial. Así, somos un animal de dos patas que avanza, una simple fuerza pura entre grandes árboles, apenas un grito”

7. Hace poco caminé durante horas y después, exhausto, leí: “El hombre contemporáneo se encuentra en una situación de incertidumbre y precariedad. Su situación es similar a la de un viajero que largo tiempo ha caminado sobre una superficie helada, pero que con el deshielo advierte que el banco de hielo empieza a moverse y se va despedazando en miles de placas”. Se trata de la primera página del El nihilismo del filósofo italiano Franco Volpi. Debo aclarar que, a pesar de la calidad de la comparación, no continué. Me detuve. No tenía fuerzas para seguir; anochecía.

 

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*Artículo publicado originalmente el 18/10/2015

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