Revista Intemperie

Ciencia ficción: ¿Quién dijo garantía de lo imposible?

Por: Eduardo Bustamante
chaplin

 

Ingenuidad de gran porcentaje del público asiduo del cine y la literatura de ciencia ficción es, precisamente, delimitar aquel arte entre los muros mal entendidos que impone el género. Por supuesto que no es una tendencia inherente al área que tratamos, pero en ocasiones pasa de ser mera ingenuidad, admite no leves repercusiones. Analicemos un caso reciente. Mucho se discute sobre la poca calidad literaria de aquella proliferación inusitada de papel que son los best seller juveniles, pero se debe objetar que recae en el lector “gratuito” la mayor parte de la responsabilidad en el asunto. La trilogía Los juegos del hambre aborda interesantes dilemas políticos dentro de una distopía extrema, similar (en el método tiránico, espero se entienda) al 1984 de Orwell, ficción, según su autor, basada por lo demás en un mito tan clásico como incesante; los sacrificios anuales al Minotauro de Creta. ¿Pero qué es lo que prevalece? El atractivo galán que encarna a Peeta en el film (es obvio, en todo caso, qué es lo que acentúa la adaptación), las fotos íntimas de Jennifer Lawrence filtradas en la red, quien a su vez representa a Katniss.

Ahora; veamos qué sucede con casos de mayor trascendencia. ¿Suena en la actualidad el apellido Huxley? Cómo negarlo; pero es sabido que si no fuera por el novelista muchos no sabrían de la dinastía de científicos, aun alistándose entre ellos un Nobel de medicina y un compañero de andanzas de Darwin, su “bulldog”, según detractores.

Pues si prevalece la ingenuidad de la que hablábamos frente a su obra más famosa, Un mundo feliz, cometemos el pecado de no interesarnos ante el posible destino de nuestra especie. Aldous Huxley escribió una obra ya clásica en lo que a ciencia ficción se refiere, pero es fácil comprobar que no era ese precisamente su objetivo.

Para empezar, el hecho de que la tiranía mundial que se nos presenta, regida crudamente por la ciencia, se sitúe en un futuro que se desarrolla en el siglo VI después de Ford, no es gratuito; no se trata de desplazar como referente a Jesucristo por cualquier sustantivo que denote el avance inminente de la era tecnológica; Ford representa el génesis de un auge de producción que empuja a la necesidad de mano de obra, aumentando críticamente la inutilidad del “individuo” frente a la máquina, obligándolo a desarrollarse como una mera especialización, abstracta, dócil parte de un engranaje. Si en el libro las clases sociales son biológicamente congénitas, determinadas por el trato dado al embrión concebido, (ya lo habremos supuesto, artificialmente), ¿a qué vendría a meter aquí su nariz Dios, si se hace por completo innecesario?

Podría atribuirse el cierto dejo en el estilo, algo frío, al hecho de ser una obra escrita sólo en cuatro meses, por contrato editorial; mas creo, simplemente, que no era aquello en lo que quiso Huxley poner énfasis. Algo similar sucede con Camus, del que Alone decía, por ejemplo, que era un hombre nacido para el ensayo, pero fascinado por el terrible género (la narrativa), y que ahí recaía su debilidad, porque se notaba. No hay que leer toda la obra del francés para corroborar dicho juicio; considérese la terrible reflexión de El extranjero, cual puede ser ignorada por quien espere constantes giros en la trama o finales sorpresivos.

Previsiblemente, recalcar aquello es lo que lleva a Huxley a mencionar en prefacios posteriores a la obra los desagradables aciertos de su profecía (y los no menos desagradables errores literarios a los que incurrió aquel entonces), y a publicar en 1958 Nueva visita a un mundo feliz, ensayo en el que aclara algunas fuentes que son el trasfondo, ignorado por aquella apreciación meramente fantasiosa, de su fábula; el grave problema de la superpoblación y su crudo pero aparentemente eficiente control a través de la eugenesia (tema que, por lo demás, apasionó al gran escritor de literatura de ciencia ficción, político y aficionado a las ciencias, H.G. Wells, y a otras personalidades no poco comunes como Churchill o Bernard Shaw, curiosamente intratables el uno para el otro); la proliferación de estímulos artificiales que consuman el tiempo del individuo y lo alejen de la soledad en pos del bien social (en la sociedad relatada en la novela, la excesiva distracción lleva al individuo a un estado de continua “felicidad”, impedimento de la más mínima cavilación, a no ser que ésta se relacione directamente con sus funciones para con el estado), lo que, a estas alturas, sostiene el sentido vital de muchos (básteme decir Candy Crush); en fin, no es necesario ampliar la lista para dar cuenta del hecho.

Cevladé, gran exponente actual de la escena del rap chileno, desliza una escueta reflexión en una rima de su canción A mí no me engañan; “No quiero vivir en el axioma de Wall-e”. ¿Se habrán preguntado aquello al menos la cuarta parte de quienes vieron el film? No me atrevería a responder, aunque espero que, al menos los niños, sí. Lo triste es que presiento que a quienes se han planteado la interrogante, no les incomodaría mayormente un futuro índole. ¿Será ya muy tarde para pedir lo que Bradbury ponía en boca del atormentado protagonista de Fahrenheit 451, el hecho tan obvio de que no necesitamos, rayos, que nos dejen tranquilos?

No pretendo aleccionar a nadie ni imponer una receta que explique cómo abordar el género (es notorio que presenté autores populares del mismo y que, consecuentemente, no soy un experto en el área) pero sí considero necesario que dejemos de ser lectores -y espectadores- en el sentido ingenuo de la palabra, aunque remezamos los pesares del manoseado Borges. Artes tan valiosos como la palabra y el cine no pueden ser relegados a la categoría de meros pasatiempos. Pero bueno, supongo que la inconformidad, la inquietud ante lo que es y seguirá siendo (y lamentablemente alguna vez fue, si somos fieles a Parménides), también lo es. Sólo que más desagradable, más dolorosa.

 

Foto: Tiempos modernos, Charles Chaplin (1936)

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