Revista Intemperie

Sábado Gigante o la manipulación de las masas

Por: Arlette Cifuentes
sabadogigante

¿Agradecimiento a Don Francisco por hacernos pasar un buen rato, o acusación por complicidad con el sistema? se pregunta Arlette Cifuentes

 

El 19 de septiembre, día que coincide con nuestra celebración a las “Glorias del Ejército” (pese a muchos reparos que nos pueda provocar el nombre para este día feriado en el que nos dedicamos a pasar la caña por la noche anterior con la familia) fue el día escogido por la cadena internacional de Univisión para darle fin a los 53 años de “Sábado Gigante”, calificado como el programa más longevo de la historia de la televisión mundial, el mismo que distraía al pueblo de Chile durante los agrios años de dictadura, comandado por el inolvidable personaje de Don Francisco quien ofrecía compartir concursos, ritmo y buen humor, porque el sábado tuvo su traje y se hizo un gigante del show (sí, es la canción del inicio).

Un montón de mitos giran en torno al enigmático Don Francisco, llamado Don Corleone por Mike Patton, aquél que llora cada principio de diciembre con alguna historia de la Teletón, pero que también disfruta observando y alabando las curvas de cualquier mujer guapa que se le acerque. Lo que no podemos negar es que llegó a transformarse en un ícono pop no sólo de la cultura criolla, sino de toda la órbita hispanohablante, donde el pueblo centroamericano fue su más fiel seguidor en las calurosas tierras de Miami ¿Gracias a qué? ¿Qué es lo que hace tan querido a este programa que duraba prácticamente toda la tarde? Sencillamente no pensar. Reflejo de una sociedad unidimensional como señalaría Marcuse, el programa ofrecía buenos productos de difícil alcance para la clase trabajadora, como un auto “nuevecito de paquete” a cambio de la ridiculización del individuo en cuestión, o como decimos por acá “de hacer el loco”. El ansia de consumo era palpable en cada concurso, no importa si cantas mal, no importa si eres feo y te ridiculizan frente probablemente a toda la gente que conoces, lo que importa es ganarse el personal estéreo, la radio cassetera, el televisor a color y si tenemos suerte una casa o 5 lucas.

El no pensar, el pasar el buen rato, era el leit motiv del programa, mientras afuera se hacían colas para comer y escaseaba el trabajo, pues lo que ofrecía esta producción era la inserción misma de un nuevo capitalismo aspiracional, que invitaba a la clase trabajadora a dejar de serlo, porque lo merecía, tenía que darse un gustito, mientras el sistema se abría a sus anchas por medio de una doctrina de shock, embobando y haciéndonos creer que esa era la vida ideal, llenos de cosas que nos daban estatus frente a los vecinos, que nos hacían ver que “la cosa no anda mal porque cambió el auto”, y terminó por generarnos la ilusión para apalear el dolor que la verdad traía consigo. Al fin y al cabo no sé si decir gracias Don Francis por hacer que mi abuelita no se diera cuenta de nada y recuerde aquellas tardes como valiosas o apuntarlo con el dedo por ser un cómplice más de un sistema cerrado que nos hace creer que no hay otras formas de vida posible.

 

Foto: variety.com

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