Revista Intemperie

Mi abuelo Allende, el orden de las familias

Por: Mario Valdovinos
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Mario Valdovinos se deja conmover por un documental que privilegia el ser humano de carne y hueso por encima de todo

 

El documental (2015), de Marcia Tambutti, hija de la actual senadora Isabel Allende y nieta del ex presidente, fuera de ganar un premio en el último Festival de cine de Cannes, lo que le augura una excelente carrera de exhibición, permite remover un pasado que no se ha extinguido. Extraño en un país que detesta la memoria. A más de cuarenta años de los hechos que derrocaron el utópico proyecto socialista encabezado por una coalición de partidos de centro izquierda, la Unidad Popular, liderada por un político de la vieja guardia (no es raro que viviera en la calle Guardia Vieja 392), los hechos, vistos desde dos bandos radicalmente opuestos, siguen sin apagarse. Hay aún cenizas, lava volcánica, combustión, llamaradas que estallan en distintas esquinas de las locaciones donde ocurrió la tragedia. Porque fue una tragedia, con errores desastrosos, con culpas heredadas, con clímax, con desenlace y con catarsis, y que desembocó en el período dictatorial que la sucedió, en una farsa, como advertía Carlos Marx, que pasaba con las historias de final atroz: su reiteración se transforma en una comedia despiadada y oprobiosa.

El documental está atravesado, de comienzo a fin, por una óptica de recuperación de la figura de Salvador Allende emprendida por su nieta, a la manera de una cruzada doméstica para examinar lo que varios integrantes de la familia, su viuda particularmente, nonagenaria al momento de las grabaciones, hijas y nietos, no desean realizar, puesto que los desestabiliza en su intento por bloquear y proteger sus integridades emocionales de recuerdos dolorosos, actitud comprensible en cualquier ser humano que debe sobrevivir a los embates del pasado, sea cual fuere la intensidad de ellos. Marcia tiene de su abuelo el calidoscopio proporcionado por las imágenes de su figura histórica, el líder socialista que luchó con tenacidad por la presidencia de la nación, deparándole su destino una paradoja: la consiguió al cuarto intento, en 1970, para perderla mil días después, desatando una violencia que terminó por avasallar al gestor y a su proyecto político, dejando al país en manos de la represión, la rapacidad y el crimen.

Marcia, que conduce las imágenes con la sencillez de una pariente del líder y no con la agudeza de una periodista o el rigor de una historiadora, desarrolla su perspectiva desde las emociones, el corazón y los sentimientos que Allende le suscita, partiendo por el modo de denominarlo, el Chicho, y no Allende a secas como lo designaba todo Chile. La perspectiva formal y su lenguaje resultan más efectivos que el documental repleto de cifras e imágenes de archivo, al estilo de los convencionales reportajes de los noticiarios de TV. Es la huella inaugurada con brillo por Patricio Guzmán y, antes de él, por el cineasta Sergio Bravo. Marcia Tambutti escarba, pregunta, persigue, se desalienta, vuelve a la carga, ruega. Entrevista a su abuela Hortensia Bussi y a su madre, Isabel Allende, en torno al modo de ser del líder, el Chicho en pantuflas: sus hábitos, su condición de padre de tres hijas, sus amigos, la vida cotidiana. Lo baja del pedestal de héroe, de presidente mártir, privilegia al ser de carne y hueso por encima de la estatua. No excluye un tema tabú, sus reiteradas infidelidades y la constante presencia de amantes en su entorno. Hortensia, Tencha o Memé, como la denominaban, lo sabía y lo aceptó, los separó la muerte de él. Se quisieron en medio del sonido y la furia. También indaga por el suicidio de su tía Beatriz Allende, la hija más cercana a Salvador, una de sus secretarias y, tras su exilio en Cuba, muerta por decisión propia en 1977. Beatriz, la Tati, inicia una serie de suicidios que enlutaron a la familia, partiendo por el presidente que se autoinmoló en un palacio en llamas, tras el bombardeo de la casa de gobierno, durante las horas temibles de los días aciagos, y el de su hermana Laura Allende, que comete el mismo acto en el exilio, víctima de un cáncer.

La directora del documental arma, ante la mirada del espectador, su propia historia, al mismo tiempo que nos invita, con un gesto cómplice, a observar, por encima de su hombro, lo que desarrolla. La vemos crear álbumes en soporte papel y escribir con lápiz blanco sobre hojas grises el tema de la foto y su época. Así los intrusos que somos los espectadores podemos auscultar lo que señalan y falsean las imágenes. Cómo no, la mayoría en blanco y negro, como fue ese tiempo, como era la época que las generó. Algunos mirarán las imágenes con distancia porque no vivieron los hechos o con los ojos empañados en lágrimas porque la nostalgia los tiene aún de rehenes y las luces y sombras de la pantalla les revuelven desde el corazón al hígado, desde la cabeza a la piel. Allí está el suceso que cada rectángulo capturó. No hay fotografía que no mienta sobre lo que retrata, incluso la selfie, que puedo tomarme ahora mismo, ya es parte de lo que fui, una cara sonriente o amarga que me vuelve un símil de mí, un simulacro de un instante en fuga.

Neruda lo señalaba en un poema de Residencia en la Tierra… polvo azul de exterminadas fotografías…

 

Foto: Allende mi abuelo Allende, Marcia Tambutti (2015)

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