Revista Intemperie

El lenguaje doméstico de Bonvallet

Por: David Bustos
bonvallet

 

Lo que siempre me interesó de Bonvallet, fue ese lenguaje doméstico, familiar de barrio. Los que se curtieron escuchándolo detectaban que -a veces- decía cosas para provocar, para crear reacciones. Algo así como cuando el papá le dice al hijo que si miente la va a crecer la nariz. Esa imagen es Bonvallet, hacer un zoom para ejemplificar lo que consideraba debía corregirse.

Por eso su irrupción en los medios fue tan descollante, porque ningún comunicador habla frente a las cámaras con esa naturalidad. Nadie pierde el control en el teatro de las comunicaciones, si no todo lo contrario, las palabras son medidas con regla. En la mayoría de los especialistas que opinan de fútbol no hay desborde, salvo Guarello. En realidad, como diría Bonvallet, muy pocos saben de fútbol.

La radicalidad de lo doméstico en Bonvallet siempre fue su sello, escucharlo era como escuchar al padre o al hermano mayor despotricando cuando ve a su equipo perder. Ese aspecto catártico creaba una relación de vínculo con los que lo seguían. A a eso se agregaba su creatividad para los sobrenombres, esa cuestión tan propia del barrio, que lo hacía destacar.

Yo me crié en un barrio donde todos teníamos sobrenombres, donde todos nos burlábamos de todos, donde las cosas se arreglaban a combos y donde las pichangas duraban hasta que te llamaban a comer. Bonvallet fue esa mística popular, la del eterno juego, la del hincha y la del ojo avezado para detectar errores.

Recuerdo sus palabras hacia Valdivia, cuando lo pidió de vuelta a la selección. Ese tono de advertencia a Sampaoli, de premura y pasión A Valdivia lo pones ¿Me escuchaste?

Y claro, uno pensaba, Bonvallet de nuevo tiene la razón, razón en el tono, razón en la exigencia, razón en la argumentación.

También están esos episodios donde siempre decía hay que nivelar pa’ arriba, hay que ser gente, el jugador debe ser pensante y sobrio y de ahí uno escuchaba hablar de Valdano o Elías Figueroa. Porque en definitiva más que una cuestión de clase, había una idea de exigirle al jugador que fuera más futbolizado, que tuviera cierto nivel medio a la hora de hablar frente a los micrófonos. Recordemos que el lenguaje es lo que pensamos. A propósito se me viene a la cabeza que Bonvallet una vez se refirió a un jugador diciendo que éste pensaba hasta con faltas de ortografía. Quién más que un ex futbolista conocía las carencias de la preparación intelectual del medio futbolístico y es por eso que exigía una y otra vez hablar de corrío, nivelar para arriba, mirar el horizonte.

Todo este lenguaje familiar y mística de barrio, estaba envuelta en una performance, él sabía perfectamente que esto se trataba de un show, de medios masivos y populares. De ahí viene toda esa autodefinición de Gurú. Pero este Gurú siempre pensaba en el “horizonte”, digamos que veía todo en términos de superación, y para ello recurría al arquetipo del sabio, del que es capaz de ver en la oscuridad. Hay muchos que leen esos aspectos como meros desarreglos narcisistas, yo lo pienso más desde la construcción de estereotipos que sean fáciles de digerir por la gente.

Creo que la autorreferencia de Bonvallet obedecía a una especie de misión de ver a la Selección Chilena campeona de algo. La autorreferencia y exacerbaciones personales, dice relación con cierto empoderamiento, encarnar un ejemplo y qué mejor que ofrecerse él mismo para eso. Digamos que el significante en los medios no puede estar tan lejos del significado, esa tensión debe ser casi inmediata y la mejor formar es la encarnación de lo que se quiere decir. Esas cualidades son propias de los líderes de opinión, tan escasos aquí en Chile donde todo tiende a la neutralidad y a ser objetivo con mayúsculas.

El otro día veía un extracto de una entrevista donde Bonvallet explicaba los dichos látigo, látigo, látigo, azúcar, azúcar. Expresión que, cuando escuché por primera vez, me pareció genial en términos de construcción verbal, tanto así que la ocupé para un personaje de una de las teleseries que escribí hace poco. Pues bien, Bonvallet explica en aquella entrevista, que eso provenía de su padre (minero), que eso le decía a él cuando era chico.

Entonces comprendí que todos estos años escuchando a Bonvallet tenía relación con ver el fútbol de una manera transparente, desde una constelación familiar, donde se pueden decir las peores cosas en un minuto, pero se trata de pasión, de efectos del lenguaje para hacer más reales situaciones que parecen a toda vista objetables.

¿Qué vamos hacer ahora los que lo escuchábamos? ¿Los que lográbamos traducirlo? ¿Los que disfrutábamos o fruncíamos el ceño con sus ocurrencias y desparpajo? No lo sé, todavía no lo sé.

 

Foto: t13.cl / Agencia UNO

 

Artículo publicado originalmente el 23/09/2015

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