Revista Intemperie

Cosas de la Negra: Descubrir mi piel

Por: La Negra
pantone

La Negra inicia sus crónicas sobre la importancia del color de la piel en Chile

 

La conciencia de la relevancia del color de mi piel llegó cuando tenía 5 años, un día que mi madre insistentemente escobillaba mis rodillas porque aseguraba que tenía “piñén” y que éste al mismo tiempo no salía. Desde ese momento me daba vergüenza usar cualquier atuendo que mostrara mis piernas porque siempre las veía oscuras y pensaba que los demás niños se burlarían de mí. Un día en uno de los rituales de escobillar hasta que se pusieran rojas, mi padre en un acto de sapiencia señala “no es piñén, es su piel parece.” ¿Parece? Claramente que era mi piel, lo más chistoso fue que a él se le ocurrió la gran idea, el mismo de quien heredé mi tez oscura. El acto de limpiar con fervor mis rodillas sólo evidenciaba el afán por alcanzar que la tez se viera un poco “más clarita” para ambos, tal vez en algún mundo posible en sus cabezas la parte más negra de mis rodillas no correspondía al color real que sus ojos lograban ver.

¿Cuál era la importancia de tener la piel más clara si de toda la vida me habían dicho “negra” como apodo? Yo asumía que eso de ser piel más oscura era algo “cool” aunque creo que no entendía bien qué significaba realmente. Sin embargo, a mi corta edad comprendí que mi piel era sinónimo de suciedad y que la tez más clara era limpia, a mis padres les parecía que mi piel era sucia cuando frotaban mis rodillas. Así que comencé a lavarme las manos y la cara con jabón más seguido para alcanzar el color de la piel de mi mamá. Lo único que conseguí fue una alergia en el cuello que hacía mi aspecto más alejado de lo que yo entendía por belleza gracias a mis veinte barbies rubias y mis películas imperdibles de Disney.

Soñaba con ser blanca y de ojos pardos como mi mami, me enojaba con dios (porque en ese tiempo era casi una obligación creer en dios, casi como creer en el viejito pascuero) porque me había hecho morena y fea, ya que nunca se es morena linda, cuando se es niña una es morena y fea casi como un pack de supermercado. En ninguna parte encontraba que el color de mi piel fuese algo bueno, hasta las profecías hablaban que el apocalipsis empezaría con la llegada del papa negro, incluso en las teleseries tan populares del 7 y del 13 no había morenas y si era media morena, era la mala. Pese a esto, a mí alrededor no veía, digamos, puras rubias de ojos claros, sino que variaciones de lo que es ser moreno: el trigueño, el cholo, el bronceado, etc. Lo que ocurría es que intentaban desentenderse de la tez oscura siendo capaces de crear una paleta de colores y utilizando a escondidas shampoos de manzanilla.

Que lavaran mi piel con piñén significaba que trataban de preguntarse ¿de dónde la negra salió tan negra? Pero cuando alguien de la familia nacía con atisbos de cabello claro y con los ojos grises, se encontraba la pequeña posibilidad de que el bebé fuese distinto. Al mismo tiempo hacían su aparición en la memoria todos los tíos de por aquí y por allá con rasgos europeos, pero nadie me buscó tíos con rasgos indígenas para justificar mis facciones.

Lo curioso de todo este embrollo es que de muy chica conocí las historias de los judíos en los campos de concentración de la segunda guerra mundial y con mi mami vimos películas en las tardes que hablaban de la esclavitud de los afroamericanos con sus reflexiones en las que me decía que no era bueno discriminar por nada en el mundo, ni por religión, educación o color de piel. Pero a veces me quedo con la duda de si entre nosotros mismos seríamos capaces de mandarnos a un campo de concentración con tal de mejorar la raza.

 

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Foto: pantone.com

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