Revista Intemperie

Trabajar en una fonda: un corsé llamado Chile

Por: Felipe Herrera
fondas

Después de jurar que no volvería a trabajar en una fonda, Felipe Herrera aprovecha su experiencia para mirar la sociedad chilena

 

Como en los últimos dos años, este 18 he decidido trabajarlo. No en mi pega regular, sino que en una fonda. Unos amigos, Sebastián y Tomás, quisieron poner una en el Parque Intercomunal, y cuando me ofrecieron la pega les dije cuenten conmigo, a pesar de que estoy trabajando con contrato indefinido en lo que estudié, y a pesar de que todos los años juro que será la última vez que trabajo en una fonda.

La cosa en el Inter empezó el 11, así que ahí estuve el fin de semana pasado, a la parrilla, una vez más, de 9:30 a medianoche, ahogándome con el humo que pega en la cara, quemándome los dedos tratando de dar vuelta los anticuchos, pidiéndole paciencia a la gente porque todavía están crudos, aguantando al hombre de cara ancha y camisa de marca que, con su sombrero de cuero y voz profunda, grita que cómo podemos ser tan huevones, que tenemos pocas parrillas, que por qué no lo hacemos como él dice, si hay que tener dos dedos de frente para no darse cuenta.

La primera vez que estuve en la parrilla de una fonda era universitario. En ese tiempo también trabajaba en una liga de futbolito escribiendo las reseñas de los partidos, y uno de los jugadores se ponía con una fonda en el Estadio Nacional. Cuando me ofreció la pega, le dije que sí al tiro; mi ex polola, que es extranjera, se había venido a vivir conmigo y estábamos cortos de lucas. Ella también quiso trabajar, así que fue de mesera. Ese fue el 18 de los cinco días seguidos, y quedamos reventados. Esa también fue la primera vez que dije nunca más trabajo en una fonda.

La segunda vez, el año pasado, mi polola ya era mi ex y yo había decidido tomarme un año después de haber terminado mi carrera. Entonces mi amigo Sebastián se puso con un puesto de empanadas, “Tomás Moro”, en las fondas del Parque Bicentenario. Las empanadas, efectivamente, eran las Tomás Moro, por lo que no está más imaginar la fila de gente comprando, decidida y a veces dispuesta a pelear por su empanada. Y el ajetreo incesante: todo el día, de 11 de la mañana a medianoche. El año pasado también volví a trabajar en la misma fonda del Estadio Nacional, y los contrastes entre ambas fondas dejaron en evidencia algunas diferencias que conocía, pero que no comprendía, y no creo que ahora comprenda del todo: Mientras en el Bicentenario los Carabineros les pedían “por favor, retírense” a los tambaleantes zorrones de zapatillas outdoor, jeans, camisa a cuadros y chupalla, porque ya hay que cerrar (para después ver con impotencia cómo se burlaban de la petición), en el Nacional las Fuerzas Especiales arman un cordón y, luma en mano, van corriendo a los “desobedientes”. El trato de la gente con uno también es distinto: pienso que la gente que va a las fondas del Nacional empatiza más, por eso tiene más paciencia. O quizá sea porque no está tan acostumbrada a mandar, o porque aunque manda, entiende. Quizás hasta sus mismos hijos, o algún amigo, también trabaje en una fonda, o tengan una carnicería, o trabajen en un supermercado, o en un call center, la cosa es atendiendo público. Por eso les tiras tallas y se ríen, y uno se ríe con ellos y la pega se hace grata. También vi a la Camila Moreno tocando, pero no en el Estadio; tocó un buen rato para la gente rubia vestida de North Face que, terremoto en mano, coreó casi todas sus canciones, incluyendo esa que habla de los millones de almas en la cuenta.

Pero también hay similitudes, y ahí es cuando todo se me distorsiona. Todos agitando las mismas banderas, gritando el mismo ce ache í, pero ¿cuál es el Chile que quieren vivo? ¿El del Nacional, el del Intercomunal, el del Bicentenario, el del Parque O’Higgins? ¿El de los guettos del barrio alto, con sus muros fronterizos y seguridad extrema, y que implica guettos de barrio bajo por lo que canta la Camila Moreno? ¿El de los Daewoo? ¿El de Magallanes, el de Putre o el de la Araucanía y Rapa Nui? ¿Será que Chile es un corsé apretadísimo dentro del cual las diferencias se desbordan en forma de una grasa abdominal indeseable, y que queremos meter dentro a la fuerza para disimularla, porque nos da vergüenza incluso la posibilidad de que alguien pueda verla?

Entonces veo a las tías del aseo que vienen a buscar la basura siempre con una talla en la boca, y veo a la pareja de viejos que cuenta las monedas para comprarse un anticucho, y veo a mis compañeros de pega que, igual que yo, necesitan las lucas porque están estudiando o porque no pudieron seguir haciéndolo, hediondos a humo, con la cara negra de hollín, los veo reírse después de haberse partido el lomo todo el día, apurando un shop porque están cagados de ser, como todos los que estamos ahí.

Y quizás ahí, por un momento, me olvidó del corsé, y la celebración me hace sentido.

 

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Foto: 24horas.cl / Agencia Uno

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