Revista Intemperie

La vagina de Sísifo

Por: Guillermo de la Mora
helmut newton

 

Hace unos años que no hablo con ella, solo la veo caminar por los pasillos de la universidad un par de veces al mes. Sin embargo, conozco su cuerpo a detalle: La curva marcada de su pelvis, los hoyuelos de su espalda, sus senos de bailarina anoréxica y el lunar que tiene a unos centímetros del ano, forman parte de una cartografía familiar. No sé cuántas veces eyaculé en sus piernas, en su cabello, en su vagina y en su rostro, pero las suficientes para sentir un cosquilleo en el estómago cada vez que la veo paseándose despreocupada por aquel recinto. Su mirada jamás se cruza con la mía, pues la evita con gran maestría. Me ignora con una elegancia maravillosa, que nunca podré emular. Schopenhauer ya decía que el disimulo es una característica profundamente desarrollada en la mujer, propiciada por cuestiones de sobrevivencia social. A pesar de la penicilina y el jabón, el siglo XIX no se encuentra tan lejos después de todo. Un día la saludé de frente, a pocos metros de distancia. Siguió de largo, sin decir una palabra, contoneándose con una parsimonia gatuna insoportable.

Recuerdo cuando la poseí en la torre más alta de un edificio al alba. Ella tenía su periodo, así que no hubo necesidad de usar preservativo. Los primeros rayos del sol clareaban el horizonte y mis manos sujetaban con fuerza sus caderas. Habíamos tenido varios orgasmos y la reserva de energía que el crepúsculo de la pubertad otorga. Por primera vez, compartía mi cuerpo con una verdadera hetaira, yo que hasta entonces había sido un sátiro desperdiciado. Conocía ahora el roce natural entre una vagina y un pene, la trampa primordial que explicaba la continuación de la raza humana. De un descubrimiento de esta categoría, imposible salir impune.

Una barrera primordial nos separaba. Ella exploraba su voluptuosidad no solamente por placer, sino para escapar a un profundo tedio que la invadía. La soledad era su peor enemiga, y usaba contra ella cualquier arma a la mano. Prefería discutir, emborracharse y hacer el amor pidiéndome que la llamara puta (en ese orden) a una velada de placeres modestos. Era ella toda una fuerza gravitacional malévola, que podía hacerme completamente infeliz cerrándome las piernas.

Yo aprendí a tener miedo a la soledad cuando ella partía para volver días después sin explicación alguna. Tenía celos enormes cuando no llegaba a dormir y su celular se encontraba apagado. Una mezcla ponzoñosa de preocupación y rabia se depositaba en mis entrañas. Regresaba toda sonriente, con una tranquilidad inquietante. Mi pretensión liberal me impedía hacerle ningún tipo de reproche. Sin duda era yo un imbécil, condición que lamentablemente no creo haber abandonado.

Cuando partí al extranjero para olvidarme que provenía de un país imposible, ella comenzó a fornicar con una parte importante de mis amigos. Yo lo sabía porque ella se ocupaba de escribirme de tanto en tanto para ponerme al corriente al respecto. El tono que utilizaba era muy natural, como si me estuviera narrando los pormenores de su declaración de impuestos. En una ocasión hablamos por Skype, ella sacó un dildo rosa mecánico que le regalé a mi partida y lo hundió en esa caverna rosa que se había llevado mi tranquilidad. Después de unos minutos, cuando mi libido se convertía en melancolía, retiró el falo plastificado de sí y me dijo: te dejo ahora, pues tengo visita. Esto tiene una explicación natural en un país tan machista como el nuestro. Pocas mujeres liberales originan muchos hombres relegados al onanismo o a la prostitución. Cuando una chica de pocos prejuicios sexuales se encuentra en el mercado, la fila es inmensa.

Su dramatismo era un golpe maestro para mi ego. Quería hacerme el duro y poder lidiar con ello, pero era una causa perdida. Mi mente había sido derrotada por una vagina, un K.O. decisivo y fulminante. Sin embargo, fue una universidad sentimental de gran valor. Si uno sobrevive a esto y se lleva las cosas con calma, existen recompensas sustanciosas. Tardé un tiempo, pero podía ya incluirla en la colección de escenas eróticas que atesoro en mi mente cuando me masturbo sin sentirme abatido. La memoria era ahora mi aliada, podía tocar esos recuerdos con cierta inmunidad.

Recibo un mensaje el día más anodino del año. Es ella, me dice que me invita a su casa. Obviamente acudo a su llamado, he estado esperando pacientemente un momento de esta naturaleza. Cuando la veo, noto que su piel ha perdido tersura y tiene el cabello quebradizo. Ella seguramente nota mi barriga. Fair play. Me dice que ha terminado con su novio, que no quiere estar sola. La consuelo abrazándola, tocando su cabello y pasando mi mano por su espalda.

–Ve por una botella de vino—me dice con lágrimas en los ojos

Regreso con tres, será más fácil así.

–No quiero perderlo, espero que al menos me tome como amiga—me decía sollozando

Su drama es perfecto, no me atrevería por ningún motivo a interrumpirlo.

–Puedes quedarte a dormir si quieres—me dijo a media botella

No le dije nada, solo seguí bebiendo y acariciándola. Ojalá tenga su periodo.

 

 

 

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Foto: Helmut Newton

 

 

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