Revista Intemperie

Can’t move on. Cordales de Alfil Gómez

Por: Daniela Fernández
cordales

Pasajes que recuerdan escenas clásicas donde la masculinidad y la reticencia a ser adulto se llevan muy bien con las drogas, el alcohol y el sexo. Opina Daniela Fernández

 

Sobre Cordales (Emergencia Narrativa, 2014) de Alfil Gómez diré primero lo obvio: que es una suerte de novela de formación masculina, donde el protagonista Manu, un joven estudiante de odontología (de allí las innumerables referencias dentales que pueblan el texto) de una universidad privada, se resiste a asumir responsabilidades, tener alguna actitud empática con los demás and “move on from a relationship”. Aquí lo único que importa es el yo, desde allí se narra la historia y los personajes giran en torno a este inestable joven: exasperante, indeciso que fluctúa entre tres amores: uno antiguo, uno nuevo y uno puramente carnal con una mulata. A estas tres mujeres: Begoña, Anto y Nuria, se le suma su propia madre, como personaje femenino importante. De todas, destaca Nuria, una cubana residente en Santiago, cuya historia trasluce la inmigración caribeña en nuestro país, trayendo consigo nuevos ritmos y lugares de contacto de la cultura chilena con la centroamericana, como las salsotecas, que se posicionan como un espacio habitual dentro del relato.

El libro se abre con un epígrafe de Pacheco, que plantea a los adultos como niños envejecidos, clave que refuerza también el subtítulo: “El dolor de ser adulto”, trabajada a través de la metáfora de la salida de las muelas del juicio o cordales.

Sería provechoso preguntarse qué significa ser adulto desde una perspectiva masculina, y cómo esto se vincula con otras narrativas recientes del cono sur. Hablo de Fuguet en Chile, F. Casas y P. Ramos en Argentina, triada en la podría participar Alfil Gómez con esta, su primera novela. Para todos ellos, la búsqueda por lo masculino pasa por la rebeldía adolescente, que a nivel textual se patenta en la inclusión de diversas citas a la cultura de masas y sobre todo a la música anglo, que se posiciona en un mismo nivel con citas más clásicas que, al ser menos luchan por mantenerse a flote en el mar pop. Esta mezcla se integra además en Cordales con un giño al caribe, el reggaetón, y la salsa.

Las indecisiones de Manu y sus escapes traen al recuerdo las escenas clásicas de Mala onda donde la masculinidad y la reticencia a ser adulto se llevan muy bien con las drogas, el alcohol, la velocidad y el sexo. Manu atormentado por las mujeres esquivas, rompe además sus vínculos familiares, siendo abandonado por su madre quien se va fuera del país. De esta forma consolida su soledad, la que se profundiza aún más al final, cuando al asumir la adultez, se queda con su amigo Joy. Al parecer el destino de este tipo de narrativa es la soledad masculina, en la que los hombres terminan acompañándose mutuamente. Ser adulto es entonces distanciarse de lo femenino y del apego materno. Es, también, un dolor físico, reflejado en los cordales que crecen en la boca del protagonista.

La novela, que nos sitúa a comienzos del 2000, dialoga de mejor forma con estos autores; oponiéndose al nuevo discurso de la masculinidad propuesto por la narrativa chilena reciente, que se ha florecido bajo el alero de Zambra, quien explota una nueva sensibilidad en los discursos amorosos heterosexuales, donde el relato pasa por un filtro literario y los personajes son lectores y/o escritores.

Alfil Gómez por su parte, rechaza todo esto, poniendo al discurso amoroso en función de lo erótico, que se describe en términos sensoriales desde la dicotomía limpieza/suciedad; así los olores a detergente y a sexo se mezclan; y más que el amor, está presente el deseo de aquello que no se tiene, configurando un personaje insatisfecho permanentemente, dentro de una historia de calentura adolescente.

De los espacios cerrados es interesante el trabajo de la universidad privada, como un lugar lleno de personajes estereotipados, frente a los cuales Manu parece no encajar. La universidad privada es presentada, además, como un lugar de indiferencia y temor frente a los movimientos sociales. La sujeción a este lugar, hace que Manu sea incapaz de incluirse en una marcha que pasa por el centro de la ciudad, la que solo observa, no siendo visto por las fuerzas de orden, acentuándose su distancia al conflicto social que se desarrolla ajeno a él. Manu solo puede ver desde fuera, mientras sus compañeros se esconden.

Manu se posiciona siempre al margen, y al no encajar en ninguna parte, se inclina por buscar un nuevo lugar: los microespacios. Así adquieren importancia los baños, los sótanos, las bibliotecas, las pequeñas habitaciones cerradas; lugares pequeños, dentro de otros mayores. Este doble encerramiento permite escucharse así mismo, dejando afuera la música estridente y la contingencia política; constituyéndose así pequeñas cavernas donde resguardarse y tal vez seguir adelante.

 

Cordales

Alfil Gómez
Emergencia Narrativa, 2014

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