Revista Intemperie

Lo jurásico y lo insular. La película, el mundo y los monstruos

Por: Chico Jarpo
jurassic world

Chico Jarpo sobre las implicancias de lo último de Spielberg

 

Era 1993 y Spielberg ponía en práctica una vez más sus dotes de prestidigitador. La magia esta vez era tersa, fluida, despojada del lastre del latex y la tosca trepidación de la marioneta. Sus trucos alcanzaban la visión de una textura dérmica, corrugada, animal. Son los albores de la era digital y el paso titubeante de E.T. dio lugar a un tiranosaurio rex dúctil y sinuoso. De ahí en más el cine comercial abusó de la tecnología y el director, salvo algunas excepciones, pasó a ocupar el puesto más lucrativo, y mucho más acorde con los tiempos, de productor (aquel que calcula con meticulosa maña los costos de los materiales y la ganancia del espectáculo. En síntesis, el mago devino financista).

La franquicia de Jurassic Park tendría tres secuelas más sin que ello significase alterar el más mínimo detalle de aquella primera entrega. El dilema básico de la película consiste en poner en tela de juicio, a partir de una moral sino conservadora eminentemente religiosa, la capacidad del hombre de crear artificialmente vida, alterando así las leyes universales de una naturaleza que se le revela inescrutable y hasta cierto punto vengativa. Se trata de una paradoja imperial, una en la que la obra de Mary Shelley, Frankenstein (o el Prometeo moderno) escrita durante el desarrollo del capitalismo inglés trasnacional figura como precursora. Orbitando esta particular ascendencia prometeica, se despliegan personajes de diversa calaña. Está el prudente, quien desde un principio advierte el inminente peligro que entraña la manipulación genética. También está el ambicioso, cuya motivación es beneficiarse del caos próximo a desatarse. La gracia de este molesto instigador es que en su afán por adueñarse del tesoro, que es de manera irónica, al mismo tiempo, el monstruo que acecha, es decir, los dinosaurios, llegará a convertirse en la víctima más codiciada por los espectadores. Lo que a fin de cuentas producirá una especie de transferencia entre la obtusa fijación de aquel y la de éstos, pendientes en cómo y cuándo será despedazado el canalla. A continuación están los roles cándidos. Son esos que entusiastas y fascinados ante el ilimitado poder de la ciencia pasan por alto el previsible yerro humano. A esa ralea de crédulos pertenece el empresario excéntrico, que antepone la afiebrada fantasía que lo embarga a la simple y efectiva acumulación de su patrimonio (verdadero motivo del aura excepcional que lo envuelve). Detrás de este retrato del magnate visionario se recorta sin demasiado disimulo la mítica silueta de Walt Disney y el parque temático que inauguró en 1951. Acompañándolo, casi como una imagen que contrapesa la vejez del millonario, están los niños. Su presencia abre un nuevo flanco dramático que persiste en todas las películas. Me refiero a la familia, que acude a reforzar la premisa de la superioridad de la naturaleza por sobre lo artificial, confiriéndole atributos que la acerquen al estado de gracia de todo aquello que surge de manera espontánea. Garantía irrecusable de universalidad, la familia se encarama por encima de cualquier consideración cultural, y por tanto política, que pueda perturbar el desarrollo argumental del film. El instinto gregario de los dinosaurios funciona sin duda como reflejo de esa concepción. Si bien es cierto, esta se presenta desde un enfoque siempre progresista, con estructuras familiares monoparentales, o interraciales, no lo es menos que su invariable y hasta hostigadora presencia en la saga posee tintes absolutos.

Este año se estrenó Mundo Jurásico, la más reciente entrega de la franquicia. El héroe esta vez es un ex marine de Estados Unidos que consigue domar a una familia de velocirraptores nacidos en cautiverio. El secreto para conseguirlo: una relación “basada en el respeto” (de momento reservemos esta altisonante fórmula). El antagonista en tanto, está empeñado en usurpar este método de adiestramiento para revolucionar la industria militar (porque al parecer, el ejército gringo no es lo suficiente sanguinario… el fuego cauteriza pero los colmillos desgarran). Por otro lado la heroína, una alta ejecutiva, adusta y trabajólica, descuida a sus sobrinos que llegan de visita al parque para oxigenar una crisis familiar que tiene a sus padres al borde del divorcio (el desapego de la insufrible tía y el descalabro familiar serán trastornos; “desviaciones de la naturaleza social humana” que deberán ser corregidos). Por último, el empresario, heredero de la visión portentosa y benigna del personaje original, es interpretado por un actor hindú, lo que consigue transmitir un mensaje de integración multicultural, pero también cierta indigesta visión estereotipada de la cultura india, percibida como portadora de una infalible sabiduría milenaria. Pero no basta con restaurar los roles y las dinámicas que diseñó la pionera cinta del 93, también los dinosaurios deben someterse al mismo procedimiento. Ese es de hecho uno de los conflictos centrales de este nuevo guion. El parque, como toda empresa dedicada a la entretención inserta dentro de los parámetros actuales de consumo, demanda un espectáculo nuevo. Para ello el área científica mezcla la información genética de varias especies con el fin de desarrollar un engendro híbrido capaz de eclipsar la añeja oferta de depredadores jurásicos. Este superlativo espécimen es bautizado con el nombre del principal inversor en el proyecto (la publicidad, esa sí que es una bestia insaciable). Esto no sólo vuelve a plantear la manoseada querella entre naturaleza versus artificialidad, elevándola al cuadrado por cierto, no hay que olvidar que ya los dinosaurios son producto de la manipulación genética, sino que además, y es probable que de manera involuntaria, se convierte en el meta relato que revela la urgente necesidad que tiene la cinta de atraer una vez más al público mediante la creación de este nuevo monstruo cinematográfico. No hay que forzar demasiado la vista para observar cómo los personajes siniestros, esos que precisamente pretenden ilustrar de forma bien naif los vicios que ocasiona el consumo desmedido, y los creadores de la película, se espejean el uno con el otro.

Más allá de cómo la cinta se muerde la cola, existen algunos detalles geográficos en lo que convendría reparar. El conjunto de islas que administra el parque de dinosaurios se encuentra ubicado en Costa Rica. La localización no es gratuita y pertenece a los supuestos que dan verosimilitud a la historia. Hay que recordar que durante el auge de los movimientos de liberación nacional en Centroamérica el gobierno tico se mantuvo neutro. Las sostenidas inyecciones de capital recibidas por parte de Estados Unidos lo convirtieron en un oasis de bonanza económica y estabilidad política. Se trataba de un enclave estratégico que permitía exhibir los beneficios del capitalismo yanki frente a los estragos, en parte financiados por ellos mismos, que dejaba la avanzada socialista en la región. El istmo, históricamente asediado por la política intervencionista estadounidense debió una vez más soportar la manipulación del dinosaurio imperial. Sin embargo, se trata de un falso idilio. Así lo atestigua la extraordinaria novela de Carlos Luis Fallas Mamita Yunai, que relata con crudeza la explotación a la que fue sometida la costa atlántica, esquilmada por el dominio ominoso de la United Fruit Company. La elección del pacifico se distancia de este antecedente, eludiendo de paso el siempre complejo panorama político que supone el mar caribe con Venezuela y Cuba como hitos refractarios a la depredación yanki.

Por último, si de islas se trata, Mundo Jurásico nos puede ayudar a desentrañar algunos aspectos que conciernen a la reciente apertura de relaciones entre Estados Unidos y Cuba. Algo de aquella “relación de respeto” mediante la cual el Marine confiesa la clave para domar a los dinosaurios (sus antiguos enemigos) trasunta en la decisión que toma la administración Obama de acercarse al gobierno cubano (ídem). Si a esto añadimos que para los gringos no existe nada más prehistórico que el comunismo, la analogía va adquiriendo sentido. Tal como en la ficción, este pacto no carece de calculadas maquinaciones. La principal tiene como escenario la pérdida de influencia (o coerción) sobre Latinoamérica ante la avasalladora arremetida de otras potencias económicas emergentes o consolidadas como la china. Es dentro de esa particular disputa geopolítica donde el sorpresivo viraje parece tener su justificación. A los ojos norteamericanos la nación asiática es lo más similar al monstruo que presenta el film, gigantesco, sagaz, titánico, pero por sobre todo, impredecible. Adversario ideológico, pero con un sistema de producción tan eficiente al sistema capitalista (la Foxconn en China manufactura para apple) que les es inevitable sentirse amedrentados por su ininteligibles propósitos. ¡Que más quisieran! Que en la repartija de súbditos Cuba fuese su aliado en sus delirios de dominio.

 

Foto: Mundo Jurásico, Colin Trevorrow (2015)

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