Revista Intemperie

Jorge Scherman “Jesús retorna a testificar”

Por: Nicolás Poblete
jesus retorna a testificar

Nicolás Poblete, sobre una hipnótica puesta en escena de referentes religiosos y populares en clave posmoderna

 

El carpintero José es el que da voz a este relato, con una misión que es una obsesión: quiere pisar cada una de las huellas necesarias para retornar al origen, ese inicio al que nadie puede acceder, pues es insondable, imposible; descubrirlo significaría la extinción y el fin de las expectativas y leyendas de nuestra iniciación. Es ése el umbral que se propone alcanzar el carpintero y su peregrinación es tan desquiciada como tragicómica: en su afán por dilucidar el enigma del Espíritu Santo como terciario de Dios en el plan divino de Jesús, nos encontramos con una suerte de pícaro díscolo chapoteando en las chifladas aguas de nuestra tecnologizada postmodernidad.

Jorge Scherman se zambulle en su proyecto narrativo con una impecable escritura que hace gala de su versatilidad para manejar (en) diversos registros. Desde la oralidad bíblica y la impostación apoteósica y exegética, hasta el humor gringo, cercano a la farándula, Scherman hace uso de sus personajes para pasearnos por un sinfín de callejas decoradas y redecoradas perpetuamente, haciéndonos cada vez más conscientes de la pertinencia del relato como una forma de re-visar y re-significar lo que hemos visto, pero que podemos volver a ver con otros ojos.

En este paneo, la voz narrativa nos ofrece un imaginario único que mezcla la anécdota bíblica con un humor seco, a través de citas de los Evangelios, de Borges, Harold Bloom, Eduardo Gatti, Nicanor Parra, Claudio Bertoni. La diversidad de intertextos literarios, acompañados del discurso religioso interpretado y hasta blasfemado, permite la emergencia de una óptica idiosincrática, muy curiosa, que va dando origen a un particular tono de misticismo que, una y otra vez, es despojado de cualquier posible asidero concreto e imperecedero.

Una cita representativa de este “tono”, podría ser ésta: “¿Te cuento un chiste? El pequeño David de cuatro años vio a Lea, una niña de su misma edad, desnuda y le dijo al primito Salomón: ¡uauu, se les fue la mano con el bris (circuncisión)!”. Acá tenemos un ejemplo del desparpajo con el que Scherman aborda un ritual tan relevante como la circuncisión de los varones. Este rito iniciático del judaísmo se acerca a la burla, pues pervierte el sentido original del rito al presentarlo como una plataforma disponible para su resignificación a ojos del lector.

Las referencias a episodios bíblicos son pulidas en una re-escenificación postmoderna que se vale de un enorme caldero donde bullen los alegatos del pueblo elegido, las estadísticas en apoyo al presidente Obama y los conflictos bélicos actuales en Palestina e Israel. Es, como decía, la oferta de una plataforma en la que todos los personajes se citan en un escenario móvil y desconcertante; donde los libretos son entregados aleatoriamente y donde, como espectadores, nos encontramos frente a la posibilidad de revivir diversos eventos de manera inusitada, inesperada y desfamiliarizante.

La tartamudez también es un recurso desfamiliarizante en esta novela, pues distorsiona los aparentes sentidos y torna cualquier presagio en posible burla, simulacro y hasta desencanto. Por boca de Yeshua, el sumo sacerdote, según algunos, Jesús de Nazaret, escuchamos: “Que yo haya muertot-t-to-ooo p-p-pppara redimir los pp-ecados de la humanidad me parece una soberana tt—tton—tera”.

Pero lo que parece parodia no es ni rápida ni fácilmente categorizable, pues la estructura de la novela nos envuelve en un espiral que a ratos nos hace circular por el desagravio burlesco, y en otras ocasiones nos retorna a una preocupación verídica, terrible, por más opacada que se encuentre por sus capas y capas de pinceladas irrisorias. De este modo, resulta difícil dejarse llevar por solo una forma de entender la búsqueda de esta narración. Lo que en un párrafo es sarcasmo, en otro se vuelve cruda realidad: “A la sazón, Yeshua se alzó del asiento, se sacó la chaqueta y la puso en el respaldo de su silla. Y abandonando el estrado y situándose a un par de metros de la escalera de bajada, comenzó a flectar las piernas mientras extendía los brazos, abría y cerraba los puños, y giraba la cabeza, soltando el cuello y toda su musculatura. Al mostrar por primera vez ambas muñecas, las cámaras no fallaron en enfocarlas. Y allí estaban las cicatrices dejadas por los clavos con que lo habían fijado al travesaño de la cruz”.

Acá tenemos un detalle importante, pues nos centra en una de las preocupaciones que maneja la novela: la reiteración de una historia milenaria, recepcionada históricamente y en revisión actual, mediatizada por las tecnologías que nos acechan y ayudan, pero que no consiguen alterar la instalación de narraciones fundacionales que nos perfilan culturalmente. Así, aunque las marcas, las cicatrices de las muñecas siguen ahí, hoy las podemos ver con más nitidez gracias a la iluminación de última tecnología que las cámaras ofrecen.

Lo que las cámaras y los avances alcanzan a registrar son meros detalles, pues ningún método, ninguna innovación técnica puede aprehender lo medular, mucho menos acercarse a la dilucidación del enigma, y es por eso que el viaje se torna tan necesario, pues habla de la humana necesidad de comprender, buscar, indagar, intentar encontrar un sentido. Y es, por eso mismo, que el viaje jamás termina y jamás se agota. La novela habla de esa incansable necesidad (ontológica). No hay término en este recorrido; el desplazamiento es un circuito eterno. El trayecto es un libro, como bien sabe el pueblo judío.

La circularidad de la novela provoca una sensación de hipnotismo. La recurrente partida, “Soy José, el carpintero…” y los cierres de capítulo que se designan con la expresión: “A la sazón…” nos hablan de una historia ya contada, de un formato del cual la voz narrativa hace uso, pero solo de modo formal, ya que el esqueleto es una especie de trampa que sirve como un armazón engañoso dentro del cual se cursan sub-narrativas que se alejan del relato bíblico que aparentemente domina la narración. Por ejemplo, en otro de los episodios, cerca del final del relato, escuchamos (más que leemos, pues su impronta es oral) el tartamudeo explicitando otra de las bisagras del texto: el viaje. Al preguntársele “Qué ha hecho durante estos dos milenios?”, la respuesta no tarda: “Ir vagando ppp-p-por el mundo acompañado de un libro”, ya que somos transeúntes, estamos de paso. A continuación, a través de una serie de referencias, podemos ver la súplica que perfectamente podría ser la expectativa de la novela: “Presta oído a mi clamor, no seas insensible a mi llanto, porque soy un huésped en tu casa, un peregrino, lo mismo que mis padres… Soy ciudadano del mundo, soy un ciudadano del cielo y de la tierra”.

 

Jesús retorna a testificar

Jorge Scherman
Ceibo, 2015

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