Revista Intemperie

Teillier: Daguerrotipos de un fantasma

Por: Mario Valdovinos
jorge teillier

Mario Valdovinos sobre el mundo poético de Jorge Teillier, retratado en las fotografías de Jorge Aravena

 

A partir de los años cincuenta, aproximadamente, la fama de Pablo Neruda comenzó a ser mundial y el poeta debió soportar las delicias y los estragos del éxito, al punto que, en los años finales, tras el Nobel, cuando lo requerían de todas partes y su salud estaba quebrantada, con la condena del cáncer encima, el país al borde del colapso institucional y él enamorado sin remedio de Alicia Urrutia, la sobrina de su mujer, Matilde, amor imposible, puertas adentro de la casa de isla Negra, porque de ser sorprendidos la iracunda musa de los Cien sonetos de amor arrojaría su furia contra ambos, como realmente ocurrió…. en ese estado de cosas, hostil por decir lo menos, y con una atmósfera emocional francamente apocalíptica, Neruda declaró: -¡Cuando muera, publicarán mis calcetines¡ Situación que realmente ocurrió, pues el presente año la Fundación Neruda autorizó imprimir el volumen, de poemas inéditos, Tus pies toco en la sombra. Es decir, ¡se publicaron los calcetines de Neruda¡.

La anécdota la consigno a propósito de los libros, que de manera periódica pero incesante, se publican sobre el poeta Jorge Teillier, el gran lárico, que soportó en vida, por supuesto, el chaqueteo y la indiferencia propios de la cultura chilena, hostil a quienes la piensan, la recrean y la embellecen. Más encima sobrevivió al período dictatorial completo, los diecisiete años amargos, su padre, militante del Partido Comunista, debió exiliarse. A él está dedicado el famoso poema Retrato de mi padre, militante comunista, un texto laudatorio sobre la figura paterna a la que el poeta reverencia, casi pidiéndole disculpas por no ser él un militante de la izquierda. Simpatías tuvo, aunque nunca una postura radical.

En la antología “Muertes y maravillas” (Editorial Universitaria, 1971), el autor prologó la selección de sus poemas, preparada por él mismo, hasta hoy la más importante hecha sobre su obra, escribiendo “Sobre el mundo donde verdaderamente habito”, un texto con carácter de manifiesto, de arte poética, de declaración de principios; un umbral supremo, un texto a la altura de “La soledad de América Latina”, el discurso de recepción del Nobel por parte de García Márquez, en 1982. Allí Teillier señala: “Primero transformarse en poeta, superar la avería de lo cotidiano, luchar contra el universo que se deshace, no aceptar los valores que no sean poéticos…”, después la poesía viene sola. O acompañada, o sin más no viene. No importa, el poeta está allí, aunque no escriba un solo verso, para que el árbol no crezca torcido, como el guardián del mito, como el que aviva el fuego sagrado de la poesía. Misión que pudo cumplir desde la barra de un bar y no desde el pupitre inconfortable de una sala de clases, menos desde el escritorio fiscal de una oficina pública. Para qué decir desde el púlpito o desde la tribuna destinada a hipnotizar a las masas. La misión es: Escuchar al ruiseñor de Keats, que da alegría para siempre.

Su trabajo poético fusionó la imagen del artista distraído y bohemio con la del hombre civil. Su destino fue desplegar una mirada sobre las cosas y establecer una postura en el mundo, la de un hombre introspectivo, sometido a la tiranía de las emociones. Ese retraimiento lo privó de sobrellevar la carga de un trabajo formal, asalariado, en una oficina que genera desesperanza, como todas, frente a un jefe autoritario. Una cucaracha burocrática que sobrevive en un rincón a la espera de una paga miserable. No necesitaba horarios, obligaciones ni jerarquías que respetar, ni mediocres con poder ante los que inclinarse. Trabajó hasta donde pudo como director del Boletín de la Universidad de Chile, (oficio part time) y, sin más, dejó de asistir a él durante la dictadura, sin esperar despidos ni indemnizaciones. Se ausentó de la pega y el resto de su tiempo lo consagró a ser, a estructurar su poesía, sus libros, refugiándose en el bar La Unión Chica y en las cantinas de La Ligua, donde vivía con el gato Pedro y con su mujer, Cristina Wenke. Allí los árboles balsámicos lo ayudaban a saciar su sed inextinguible. El alcohol terminó por destruirlo, pero también lo sacralizó. No le dio, afortunadamente, la categoría del poeta maldito, al estilo Baudelaire, pero sí la doble dimensión de bohemio y bendito, el poeta que no impreca ni blasfema, si bien termina por entregar al mundo su cadáver que previamente flota sobre los ríos metafísicos -en los que navegaba con soltura la Maga-, con un pájaro detenido sobre su vientre, como el gitano Melquíades, cronista de Macondo.

Han pasado casi veinte años desde su muerte, 22 de abril -el mes más cruel-, de 1996, en un hospital de Viña del Mar, tras varias internaciones en clínicas donde intentaron sus amigos y familiares rehabilitarlo, sin éxito, el alcohol es un océano devorador. Lo dice el tango… Si las copas traen consuelo…

El libro de Jorge Aravena reproduce una época desaparecida, los años sesenta, previos al golpe militar. Son los tiempos de la fiebre revolucionaria, se vive una adolescencia frenética, la vida parece resplandecer en todas partes. Años allendistas, cubanófilos, beatlemaníacos; años de amor libre y píldoras anticonceptivas, para no embarazar a las novias de paso… Yo no lo quiero, amada, para que nada nos amarre, que no nos una nada… cantó Neruda en Farewell; años de literatura, banderas rojas y marchas. Teillier no subió al carro de la revolución transitoriamente victoriosa; tampoco su poética. Los disparos, entonces, venían de los dos lados: poco compromiso social, una estética cercana al bolero, demasiada emocionalidad lacrimógena, los mismos motivos y tópicos: el locus amoenus, la utopía de la tierra, los fuegos extinguidos del hogar, la amada inmóvil, la melancolía como sustento de un mundo evanescente, el País de Nunca Jamás, a cuyos habitantes Teillier dedicó su poética; el ubi sunt?, ¿dónde van los difuntos?; el collige, virgo, rosas, atrapa, doncella, las rosas, cuyo perfume irradian en este momento, mañana no. Las muchachas en flor, las amadas proustianas, el pistoletazo de Werther, la novela romántica de Goethe; la atmósfera del Gran Meaulnes, el relato de Alain Fournier; el suicidio de Serguéi Esenin, en un hotel de Leningrado, tras escribir con su sangre los versos postreros de un poema; el mundo idílico de la infancia, el cielo de la aldea cruzado por pájaros y satélites; el aullido de los trenes nocturnos, la lluvia. La casa del poeta, en Lautaro, estaba muy cerca de la estación de trenes, de un ramal de la línea férrea que cubría de Santiago a Puerto Montt. Los trenes de la noche, los convoyes que despertaban a los condenados a muerte y a los niños para ir a la escuela, aullidos funestos en la oscuridad helada.

Por allí están, en el inapelable blanco y negro de las imágenes de Jorge Aravena Llanca, con la tonalidad de la época, los rostros jóvenes de Rolando Cárdenas, de Raúl Ruiz, del maestro Hernán Loyola, de Jaime Concha, de Antonio Skármeta, de su segunda esposa, Beatriz Ortiz de Zárate… Sus amores de antaño, ¿en qué cementerio estarán?, se preguntaba don Joaquín Edwards Bello, antes de descargarse su revólver en la sien.

La personalidad humana y literaria de Jorge Teillier suscita hasta hoy, y el libro homenaje de Jorge Aravena Llanca es la (pen)última prueba, adhesiones desaforadas, en una cultura que mata en vida, con el menosprecio y el desamparo, a sus autores. Allí están los libros de Ana Traverso, 1999, que antologa la copiosa producción prosística del poeta; “Retratos de Jorge Teillier”, de Patricia García Villarroel, 2006, un homenaje icónico y testimonial sin resquicios; el imprescindible “Teillier, arquitectura del escritor”, de Hernán Ortega-Parada, 2014; la primera biografía, hasta este momento, “Nostalgia del futuro”, de Luis Marín y Carlos Valverde, 2015. Recorro las páginas con las fotografías de Jorge Aravena, retratos carcomidos por el tiempo, rostros que ya no están o si están ya no están como estaban. Los versos y las fotos del poeta traen a mi memoria el mar inocente de los cuadros de Adolfo Couve, el final de City Lights de Chaplin, las promesas de volver de los muertos, el llanto de Pablo, el pequeño protagonista del cuento ‘La compuerta N. 12’, de Baldomero Lillo, cuyo grito desgarrado aún escuchamos los que leímos su historia en séptimo básico; la salida de la peluquería, enchulado diríamos hoy, de Gustav von Aschenbach en ‘La muerte en Venecia’, tanto en la novela de Thomas Mann como en el esplendoroso filme de Visconti. El patetismo del personaje que intenta rejuvenecer para continuar tras la belleza fugitiva en una ciudad asolada por la peste.

Su primer libro, “Para ángeles y gorriones”, 1956, es el capítulo inicial de su autobiografía. Para escribirlo usó como tinta el vino derramado copiosamente en sus venas, como lo hizo Esenin con la sangre, en la escritura de su último poema.

 

Sobre el mundo donde habito. Fotos de Jorge Teillier

Jorge Aravena Llanca
Ediciones Dibam. 2014

Foto: Jorge Aravena Llanca / memoriachilena.cl

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