Revista Intemperie

De cuando una brasilera me violó en Barcelona

Por: Juan Cortés
barcelona

 

Una brasilera me violó en Barcelona. Siempre que veo parches curita me acuerdo de eso. La chica estaba muy bien, pero el encuentro no fue muy feliz que digamos. Es curioso, la verdad. Hace algunos años habría dado las noches de cien viernes a cambio de que una brasilera me violara en cualquier parte del mundo. No sé quién habrá dispuesto el orden de los eventos en la vida, pero no queda duda de que era una pésima persona.

Todo partió con la cerveza de un guatón de mierda.

Hay cosas que no cambian en ninguna parte del mundo. Uno cree que cuando viaja lejos puede ser quien quiera ser, pero las cosas fundamentales no cambian. Y es fundamental saber que si un guatón de mierda lanza su cerveza en tus pantalones, es señal inequívoca de que la noche va a salir mal, muy mal.

No lo sabía entonces, pero lo mejor hubiese sido quedarme en casa. Gregorio, que era mi compañero de piso, me dijo venga tío, vamos a la disco, y a mí se me ocurrió ponerme una polera y unos pantalones apretados que de seguro hicieron pensar a la brasilera que era muy violable. Así que así iba por la calle cuando pasó el guatón cantando y lanzando cerveza a discreción. Cuando me manchó me dijo disculpa, hermano, y yo quise darle un par de derechazos en su barriga, pero no lo hice porque desde ese momento supe que todos los golpes que diera serían golpes ciegos.

Es jodida la cerveza en los pantalones: no se ve, pero se siente.

Iba por la calle y tomaba whisky para no oler tanto a cerveza. ¿Huelo a cerveza? preguntaba y me decían que no, que tranquilo, tío, pero es que imposible olvidar augurios tan exactos. Al final llegamos a la disco, que era la definición exacta del lugar al que van a morir las esperanzas del fin de semana.

Son tristes las violaciones. Son como los sueños de adolescencia que se van en cinco segundos. Porque de pronto me encontré con que bailaba solo en medio de la pista y todo iba bien y la música fluía como deben fluir los niños gordos en los toboganes o las gaviotas en el mar cuando no hay olas. Bailaba solo y no pasaron ni dos canciones cuando llegó la brasilera y me tomó del brazo y me llevó a la terraza del lugar.

Así no funciona la cosa, le dije, al menos podrías bailarme un par canciones. Ella no dijo nada y comenzó a desabrocharme los pantalones mientras yo me preguntaba si alguien haría algo al respecto. Y como al parecer nadie estaba dispuesto a ayudarme, la chica tomó mis manos y comenzó a pasearlas por su cuerpo con una fuerza francamente sorprendente para su tamaño. Dios, qué habrá tenido la cerveza del guatón de mierda. Porque no hay whisky en el mundo que destruya como yo lo estaba ese día, que quede claro.

Qué triste se puso todo. La brasilera ahí con sus dedos guiando mi pene para que la penetrara bajo las estrellas y los faroles de España, de pie sobre la terraza. Y yo sintiendo que debía pedirle disculpas al joven de quince años que llevo dentro y que me gritaba que por favor le diera lo que buscaba. Porque que llegue una brasilera o brasileña, ni más ni menos, y te diga con su linda voz ¡follemos bajo la luna! No es algo que pase todos los días.

Hey, lucky man!, gritó un tipo que de seguro cree que los perros pueden alcanzarse la cola, alzando su vaso en mi dirección. Yo lo miré con cara de help. La chica vio mi gesto y me mordió el cuello con demasiada fuerza, como para advertirme de no intentar nada. Mierda, ahora necesito parches curita, pensé en un extraño momento de desdoblamiento.

La loquita estaba lista para sellar el trato —pasar al factum—, cuando la emoción de la noche o un zorzal perdido lanzó un vodka que atravesó el aire y se derramó en mi pelo y en sus ojos. Escuché unos grititos en la espalda y vi cómo la brasilera parpadeaba de forma graciosa. El escozor le hizo aflojar un poco la mano con la que me aprisionaba por la cintura y yo, aún sin escapar, aullé ¡estás BLANCA! ¡BLANCA! ¡tan BLANCA! para después salir corriendo con los pantalones mal puestos y el cinturón golpeando las piernas desnudas de todas las minas lindas que violan gente en las terrazas, y atravesar el océano europeo que bailaba para quedarme sentado junto a la banda que tocaba, fingiendo ser un tramoya o un guardia o un fan recién violado; a las finales todos tienen la misma cara.

Sobre todo cuando hace tanto frío.

 

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Foto: Paul Mood

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