Revista Intemperie

Einstein y Cobain: sobre el aplauso de doble filo

Por: Eduardo Bustamante
cobain einstein

 

Sea o no verídica la polémica nota que Kurt legó a Boddah, es totalmente prescindible a la hora de identificar los síntomas de lo que el heroinómano “confiesa” en ella; es 1994, y hace ya demasiado que los escenarios no lo satisfacen.

Algunas datos a tener en cuenta; casi todos los conciertos que Nirvana dio en la última etapa de la vida de Kurt, y por capricho (o necesidad) del mismo, excluyen Smells like teen spirit, ciertamente la canción más popular de la banda, y una de las que más lograba prender al público, y por supuesto, al rubio que olía a espíritu adolescente; notoriamente durante dichos conciertos se suceden extrañas pausas tras cada canción, luego de las que Kurt regresa turbiamente tranquilo, sobando sus brazos sobre el cómplice chaleco de abuela. Una envidia por Mercury lo corroe; no es capaz de disfrutar el espectáculo, y no desea ni puede engañar a nadie, menos a sí mismo. Le duele que el público grite sus canciones sin entender una palabra de ellas, que no capte los poco sutiles mensajes que les desliza en sus letras oscuras para hacerles notar su estupidez (“Él es a quien le gustan todas esas hermosas canciones y él adora cantar y disparar su arma y no sabe qué quieren decir.”); que dos tipos, en Nevada, canten Polly mientras violan a una mujer. La empatía es una mierda, piensa; cree amarlos y entenderlos a todos, pero el sentimiento no es recíproco. ¿A qué más puede aspirar? A adelantar las cosas para unirse al estúpido club, como dijera su madre. Probablemente, si la fama no lo hubiese alcanzado, Kurt hubiera degustado la tranquilidad por más tiempo. No la felicidad. Raro es que un artista se convenza, se conforme mejor dicho, con obtenerla. Cobain no fue la excepción, aunque no sería erróneo decir que deseó serlo. Pero bueno. Aquel hecho tampoco vendría a ser una excepción.

Otro tanto sucede con el quehacer científico, y es que los matices del saber humano no son abruptos. Si Kurt destacó por su inteligencia y capacidad para el dibujo entre los 7 u 8 años, por lo que demás hubo de recetársele Ritalina y somníferos para castrar el desenfreno de su aprendizaje e igualarlo al de sus pares, no menos particular resulta la infancia del judío Albert Einstein, quien entre los 12 y 13 años, oprimido por la tosca enseñanza escolar, prefiere abstraerse, a costa de futuras expulsiones y denominativos de la clase de “perro perezoso”, en la resolución del enigma del universo, sumergido en libros de ciencias y matemáticas y no muy tentado que digamos de entablar relación alguna con sus pares.

Y es que el niño que, según se dice, no habló en absoluto hasta los 4 años al punto de que lo creyeran retrasado, y un día, sin mayores preámbulos, exclamó durante la cena: “La sopa está caliente”, y a la pregunta obvia de sus padres sobre el porqué de si sabía comunicarse no lo había hecho antes, arremetió con un sencillo “Porque hasta ahora todo estaba bien”, también tuvo, al desarrollar su genialidad, la cierta desdicha de ser demasiado aclamado. Si bien Einstein no llegó (hasta donde sabemos) a probar la heroína ni a destrozar guitarras dando saltos (aunque, por cierto, fuera un violinista modestamente bueno desde pequeño), escudado, o más bien enajenado hasta cierto punto de depresiones y crisis tras la rigurosidad del ejercicio científico y un pensamiento asentado con firmeza sobre la creencia de que si bien debe existir un Dios creador, no intercede en absoluto en nuestros asuntos, si lidió con la extrañeza, que de algún modo le causó gracia, de que las masas lo aclamaran sin entender una sola noción de sus teorías. Suena ridículo, pero sin duda es cierto el juicio que desprende Ernesto Sabato sobre el asunto; Einstein ganó fama por dos cosas: su curioso pelo, y una frase horriblemente reciclada de su teoría, por lo demás, errónea: “Todo es relativo”. Albert no alcanzó a envidiar a Mercury, pero es fácil prever que para un solitario que se pasaba noches seguidas en vela y prefería pensar hasta la extenuación antes que asearse, no pocas molestias habrá causado el afán de corte futbolero con que lo aclamaran públicos de todo el mundo: “Hay un contraste grotesco entre la capacidad y el rendimiento que se me atribuyen y lo que en realidad soy.”.

Al respecto, el premio nacional de ciencias Kiwi Tichauer reflexiona: “Que la revista Time haya elegido a Einstein como el hombre del siglo es impresionante. Todavía no se entiende bien qué es lo que hizo tan famoso a Einstein…”. Tampoco lo habrán entendido, seguramente, los nazis que a costa de llevar el área a una cierta pobreza intelectual, persiguieron y difamaron a todo científico judío. Y también, por qué no, algo desencajado habrá quedado el tropel de millonarios rockeros, adictos a las limusinas, las groupies y los aviones, ante el destape de un rubio que legó la fama de roñosas zapatillas y chalecos deshilachados, y los desplazó de la escena.

Y bueno. Nada podría sorprendernos. Aunque, de todos modos, es preferible ver que quien mueve masas es Einstein, y no Miley Cyrus. En fin, no es tema nuevo, en absoluto. El aferrarse a lo desconocido sentándolo a priori como algo superior es menos una mala costumbre que un instinto inexpugnable. Por lo mismo, es fácil explicarnos el por qué Einstein alcanzó la fama, pero también el motivo de que la religiosidad nociva que combatió sin escrúpulos (“Sería muy deprimente por parte de la humanidad si únicamente se refrenara por miedo al castigo y por esperanza de un premio después de la muerte”) le sobrepasara, y nublara el alcance peligroso de las gentes a la suya propia. Qué decir de Kurt; cosa de oír el extraño proyecto que perpetuó junto a Burroughs.

Por supuesto que nada trascendental los une, salvo algún interés no demasiado profundo por el budismo y la facultad de legar frases memorablemente cebolleras a través de redes sociales después de muertos, y claro que limitarme a dos ejemplos de una problemática sobre la ignorancia colectiva tan vasta es menos una preferencia que un límite. Pero bueno, qué va; aún no me convencen demasiado las chapitas del Che, ni me inspira suficiente mezcla de juicios el eco del Canto a Stalingrado, de Neruda. Empatía, señores, hasta que duela como un aplauso mecánico. Por lo demás, hay tiempo aún de sentarnos con, preferiblemente, el sentido común a mano, a esperar aluviones de extraño fanatismo.

 

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