Revista Intemperie

Breve acercamiento al cine de Paul Thomas Anderson

Por: Silvio Valderrama
the master

 

Ha sido nominado a grandes premios, pero nunca se ha ganado ninguno de ellos y sus películas suelen dejar una mueca extraña y un retorcijón en el espectador. El cine de P. T. Anderson es radical, sobre todo, porque es un cine profundamente norteamericano y es desde ahí que, a partir del lenguaje cinematográfico, subvierte este mismo espíritu yanqui construyendo críticas profundas y dolorosas. Sus películas funcionan, principalmente, desde tres aristas perfectamente cuidadas: el lenguaje al que hacíamos mención, un devenir narrativo altamente significativo en el sentido de que interpela a la humanidad del espectador –tal vez lo que esperamos de toda gran obra artística- y, finalmente, el desarrollo de un trabajo visual y sonoro pulcro hasta el límite.

En este sentido, se trata de un cineasta que construye un discurso que se sitúa, sobre todo, desde una perspectiva política, que dice relación con poner en crisis al capitalismo desde sus símbolos, develando la humanidad que yace bajo ellos y dejando ver a tajo abierto la miseria que llevan consigo. Se podría hablar detalladamente a lo largo de muchas líneas sobre cada una de las películas de este director, sin embargo, en este texto intentaré desarrollar una panorámica a partir de someros comentario de cuatro de sus películas y a partir de breves claves interpretativas sobre algunos aspectos y el cómo configuran, a mi juicio, este cine radical al que hace mención el título.

Es necesario comenzar, me parece, con Magnolia (1998). En esta película cada uno de los personajes construye un relato altamente conmovedor a partir de sus interacciones sociales mediadas por un contexto que se hace presente en su cotidianeidad. Desde los niños genios a la ansiolítica Linda Partridge, interpretada por Julianne Moore, pasando el falocéntrico personaje de Tom Cruise, todos los personajes constituyen los peores síntomas de una enferma sociedad de consumo que brilla a la luz de la televisión de los 90 y esconden, tras de sí, la miseria permanente y la angustia cotidiana de una sociedad que no tolera la permanencia de estos cuerpos en el estado presente de cosas.

En suma, la desesperación humillante convive con la presencia permanente de la esperanza de que algo suceda, sea un balazo a través de una ventana que mate accidentalmente a un suicida o sea una lluvia apocalíptica de sapos. Finalmente, la coincidencia –eje central de la película- opera como un purgante de la desesperación y, al final del día, por supuesto, la esperanza se legitima sólo porque “estas cosas suceden”. Con un trabajo de cámara muy atractivo y silenciosamente lujoso, sumado a una banda sonora a cargo de Aimee Mann que forma parte esencial del despliegue narrativo de la película, nos enfrentamos a tres horas del más bello cine, uno que nos deja con una disonante sensación que remueve las entrañas de emoción y, a su vez, nos plantea problemas críticos que no podemos resolver sino mediante la razón. Aunque, en realidad, es muy posible –tal vez seguro- que no podamos resolverlos.

Luego tenemos There will be blood que es, en mi opinión, su mejor película. Mirando la carátula, uno podría pensar que es una película de Clint Eastwood y la temática, en la línea de una posible sinopsis, resulta bastante poco atractiva a las luces de hoy: se trata de cómo un magnate del petróleo construye su fortuna. Basada en la novela Oil (1927) de Upton Sinclair y con actuaciones más que notables de Daniel Day-Lewis y Paul Dano, se presenta una catástrofe antropológica del sujeto capitalista de dimensiones colosales. Estrenada en 2007, cuando, como hasta nuestros días, el petróleo es objeto de deseo en todo el mundo desatando invasiones gringas y tensiones entre USA y países como Venezuela y claramente Medio Oriente, la cinta da cuenta, nuevamente pero en otra clave, de la miseria de los hombres, esta vez asociándola directamente a la lógica de la ambición.

Es posible, incluso, leer la película desde una perspectiva alegórica en relación a cómo la sociedad estadounidense se debate entre el dinero y la religión, generando una tensión moral que cala en lo más profundo de nuestros valores americanos, capitalistas y, en suma, judeocristianos y occidentales. La película trasciende la noción de época haciendo absolutamente vigente esta sombría historia de emprendimiento situada a principios del siglo XX en California. Con música del brillante Jonny Greenwood -la que merece un texto aparte-, la película golpea al espectador hasta el cansancio.

Así, Anderson no baja la guardia ni en su segunda película Boogie Nights (1997) ni en la penúltima The Master (2012). En el primer caso nos enfrentamos a una suerte de tragicomedia que relata, sencillamente, la historia de un actor porno cuya verga es, digamos, de un tamaño especialmente grande. En la línea de luces de Magnolia, pero con un toque dramático menos condensado, Anderson logra realizar una gran película sobre el cine y sobre la forma mercantil del erotismo que es el porno. Construye así una breve historia del prono yanqui desde finales de las décadas del setenta hasta la debacle de esta suerte de ‘industria pornográfica clásica’ en los años ochenta. Con una veterana actriz porno y madre simbólica (Julianne Moore) y un iluminador gay enamorado del protagonista (Philip Seymour Hoffman) y siendo, tal vez, una de las películas menos potentes de Anderson, resulta de todas maneras una película bella y entrañable.

Por su parte, en The Master, que puede ser considerada una suerte de lado B de There will be blood en su contingencia histórica – en la línea, como para ejemplificar, de la relación que existe entre Kid A y Amnesiac de Radiohead- Anderson radicaliza la reflexión sobre el fanatismo religioso. A partir de la relación entre un psicológicamente malogrado -¿y cómo no?- veterano de la segunda guerra mundial, interpretado con no poca oscuridad por Joaquin Phoenix, y una suerte de gurú de una secta llamada La Causa a manos del lamentablemente muerto Philip Seymour Hoffman, el trauma y la religiosidad generan aquí un nexo, por decir lo menos, de una violencia lacerante. Mediante la búsqueda de adaptación por parte de Freddie Quell (Phoenix) es que se asocia a esta secta demencial, tránsito por el cual no podrá sobrellevar su ira acumulada. Nuevamente, y en la misma línea de There will be blood, Anderson actualiza su cine a partir de un relato anterior. Nos habla de un veterano de guerra que, en 1950, no logra sobrellevar su trastorno por estrés postraumático, cuando en la contemporaneidad del estreno de la película, día a día –ayer desde Irak, hoy a partir de la guerra contra el Estado Islámico, por ejemplo- son centenares de soldados gringos los que no pueden superar el trauma de las guerras que levanta USA. La película, seguramente como la realidad, es estremecedora en como toca al sujeto yanqui cruzado por el conflicto bélico y a todos nosotros como espectadores mediante CNN de estas catástrofes mediadas por la codicia imperial y otros males.

No hemos hablado del modo en que opera el ridículo en las cintas de P. T. Anderson –cuyo rol es escalofriante-, ni del modo en que construye personajes entrañables a partir de dimensiones derechamente crueles. Tampoco hablamos de Sydney (1996), ni de Punch-drunk love (2002) ni de la adaptación de la novela de Thomas Pynchot Inherent Vice (2014), su última película y la mejor de las mencionadas en el presente párrafo. Pero tal como dije, esto se trata sólo de un acercamiento, el resto sería bueno dejarlo a juicio de la necesaria revisión de esta filmografía. Asimismo, no puedo dejar de decir que las tres bandas sonoras compuestas por Jonny Greenwood para There will be blood (dejamos esta como bonus track), The Master e Inherent Vice son una maldita maravilla.

Vale la pena, entonces, hacernos el favor de ver el cine de este californiano que, sin hacerle el quite pero tampoco abrazándolo irreflexivamente, socializa su apuesta desde el balcón hollywoodense, problematizando de un modo punzante y críticamente lo más esencial de la sociedad gringa desde diversas variables. Con la sutileza de un bisturí abre un tajo que, lamentablemente y por el devenir histórico de nuestros pueblos, también nos interpela como espectadores en países como Chile.

 

 

Foto: The Master (fotograma), Paul Thomas Anderson

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