Revista Intemperie

Gabriela Mistral y Yin Yin, la orilla oscura

Por: Mario Valdovinos
yin yin mistral

 

Una de las presencias decisivas y al mismo tiempo enigmáticas en la vida de Gabriela Mistral es la figura de Juan Miguel Godoy Mendoza, su sobrino, que le dejó en custodia el progenitor del niño, hermanastro de la poetisa por el lado de su padre, Jerónimo Godoy, en 1926, a los 37 años, cuando ella se hallaba, junto a Palma Guillén, en Francia. La promesa fue que nunca apareciera para reclamarlo, promesa que el irresponsable padre biológico, Carlos Godoy, cumplió. Era el viudo de la madre del pequeño, María Mendoza, muerta de tuberculosis. El niño es considerado el segundo suicida en la vida de la escritora, que dejaba, sin pretenderlo, un reguero de desdichas en su zarandeado recorrido sentimental. El primero fue Romelio Ureta, un amor juvenil de Gabriela, cuando aún era la maestra rural Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga. Si bien previamente, siendo quinceañera, se enamoró de un hacendado elquino, poderoso y romántico, Alfredo Videla Pineda, imposible por mayor y por rico. Y si vamos más atrás, a su niñez, Gabriela reconocía al rey Salomón como su primer amor, cuando iba a casa de su abuela paterna, casi ciega, a leerle el Cantar de los cantares, texto bíblico de desgarradora belleza.

La figura de Ureta creció en la biografía de la escritora matizada por la leyenda, que en parte echó a correr el crítico Hernán Díaz Arrieta, Alone, que la adoraba, a ella y a su obra. Fue él quien primero expresó, con magistral estilo, en el difundido prólogo de una antología que preparó sobre Mistral, algunos episodios que ella habría vivido con Ureta, un amor esencialmente epistolar, de tarjetas postales, de cartas, de encuentros furtivos, de miradas, de lejanías, con escasa participación del cuerpo. Ureta era empleado de la Caja del ferrocarril. Tras la ruptura con la joven profesora, se puso de novio con una muchacha de la sociedad, cuya familia, con humos de grandeza, lo obligaba a gastos que él no podía solventar. Se volvió ludópata y utilizó dinero de la empresa de ferrocarriles para aparentar capacidad económica. No pudo reponer lo que extrajo irregularmente y, ante la vergüenza de ser acusado de ladrón en el infierno provinciano de Coquimbo, optó por cometer suicidio. Para lo cual preparó con detalles el suceso, se vistió de frac y rompió, previamente, todas las cartas de su aristocrática novia. Gabriela aclaró, años después, que no se había matado debido al término del amor entre ambos, nada extraño pues era experta en relaciones sin desatadura posible, sino por lo dicho: deudas, en 1909. No obstante, la leyenda se gestó a partir del hallazgo, al interior de la chaqueta del suicida, de una postal escrita cinco años atrás por la maestra del pueblo, Lucila. Sin duda ese acto fue el germen que originó los célebres Sonetos de la muerte: Del nicho helado en que los hombres te pusieron/ te bajaré a la tierra humilde y soleada… con los que ganó, en 1914, los Juegos Florales de Santiago. Era maestra, en ese momento, en Los Andes.

El segundo suicida, el suicida mayor, es Yin Yin, fiel en lengua hindú. Con él Gabriela experimentó en carne propia la maternidad que había desplegado en forma vicaria, a través de su formidable vocación pedagógica y de su poesía relativa a los niños, la infancia, la adolescencia, el colegio, la enseñanza, su condición de maestra siempre en primer plano, por sobre otras aristas de su rico y complejo legado, tan significativas como el magisterio. No fue la madre biológica, pero sí la madre real, quien lo quiso, amparó y crió, es decir, su verdadera madre. El tema de su supuesta maternidad biológica, que ella habría ocultado por pudor y por los prejuicios de la época contra las madres solteras, está zanjado con documentos oficiales indesmentibles. Fue su madre madre, pero no lo concibió en su vientre ni lo parió.

Yin Yin se autoeliminó con arsénico el 14 de agosto de 1943, mientras Gabriela y el joven vivían en Petrópolis, ciudad cercana a Río de Janeiro donde ella eligió residir mientras era cónsul en Brasil. Las cartas que Gabriela escribió algún tiempo después del suceso, que la enloqueció, pues estuvo más de una semana literalmente borrada de este mundo, hablan de lo que hoy llamaríamos un acto de bullying en el colegio donde el muchacho estudiaba. Una banda de matones, mulatos y negros, lo hostilizaba y Yin Yin no se atrevió a denunciarlos. No solo cartas escribió Gabriela sino innumerables oraciones por el alma de su hijo, plegarias y sueños escritos con belleza y amor por la irreparable pérdida. Ella tenía 54 años, dos años después, en la misma ciudad, Petrópolis, recibió, por radio, la noticia del Premio Nobel, correspondiente a 1945, y contó en cartas a sus innumerables amigos que cayó de rodillas ante un crucifijo para dar gracias y ser digna del galardón.

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En revelaciones epistolares publicadas por los escritores Fernando Alegría, Genio y figura de Gabriela Mistral, Matilde Ladrón de Guevara, Gabriela Mistral, rebelde magnífica, más las consignadas por el eminente estudioso mistraliano Pedro Pablo Zegers en Vivir y escribir. Prosas autobiogáficas, Hijita querida: cartas de Palma Guillén a Gabriela Mistral, y en su última investigación de nombre Yin Yin, (recién publicada por ediciones UDP), tanto el suceso demoledor de la muerte del joven cuanto la relación que hubo entre ambos resultan contradictorios. En el primer caso, señala Gabriela que sus compañeros se burlaban de él por una pequeña joroba en su dorso. Al mismo tiempo, se siente culpable por haberle impuesto una vida errante; también que sus pares le echaban en cara cierta tendencia a la vida disoluta y deslices con mujeres de vida ligera. Lo defiende de tales acusaciones sin fundamento, señalando que su hijo era de una sensibilidad cercana a la de un desollado, y contraataca lanzando denuestos: “Me lo enloquecieron con una droga”. “Tengo que echar atrás mi cristianismo y dar oído a los muchos brasileros que me han repetido como en letanía esto: “No viene de ahora ni de aquí sino de una orilla oscura que usted no sabe, este golpe, este azotazo y esta ceniza”. Se refiere a su vieja herejía, la creencia en el karma de las vidas pasadas.

En cuanto al tono de su relación de madre con el Yin Yin adolescente, no es menos paradojal que destaque la dulzura del muchacho para con su vieja dolencia del corazón (“Vivíamos en una especie de idilio”) y también sus desasosiegos vocacionales. Por ejemplo, su incomodidad por haber sido arrastrado a Sudamérica, tras vivir con su madre, Gabriela, en el Primer Mundo. Su lengua materna era el francés. El muchacho quería ir a Inglaterra a estudiar aviación, pero no olvidemos que son los años de la Segunda Guerra y todo está trastornado. Al mismo tiempo, su terquedad de carácter, que ella achaca a todos los Godoy: “Yo no me inquietaba demasiado de las pequeñas rarezas de Yin Yin. Peor soy yo misma”

Acto seguido desliza confesiones relevantes y sorprendentes sobre la vida cotidiana de ambos. “Las disputas son horribles; él me dice groserías y blasfemias, yo le respondo injurias…”

Luego sale a la superficie su antiguo victimismo, con no poca base, pero también aumentado por ella que era perseguida: “Una poetisa cubana escribió una vez un artículo diciendo que yo era una especie de mujer fatal por la que los hombres se suicidaban”. Y esta autoacusatoria confesión: “Hay algo en mí que engendra la amargura, hay una mano secreta que filtra hiel en mi corazón, aun cuando la alegría me rodee”. En entrevistas que le fueron hechas en vida, más una póstuma y apócrifa cuyo responsable es Alfonso Calderón, publicada en su Antología poética de Gabriela Mistral. Editorial Universitaria, 1974, donde Calderón hace un collage con opiniones y respuestas de la poetisa, sin inventar los datos, solo acomodándolos en una cronología que no fue la que ella vivió, habla del origen de su apellido, el de un poeta que ella admiraba, Federico Mistral, y el de un viento del mismo nombre: “Siento un gran amor por el viento, lo considero más espiritual que el agua”. Y también se refiere a su raíz, más honda que la patria de Montegrande, el único lugar en su vida donde había sido feliz -eso afirmaba-, para no volver a serlo jamás, ni siquiera en ese jardín que le plantó su padre huidizo, la sombra paterna que pasó por su vida, abandonándola cuando niña. –Venga, Lucila, quédese aquí, ya vuelvo, le habrá dicho, para no regresar jamás. Esa patria inmensa e inasible es el sueño: “Bendije siempre el sueño, en el sueño he tenido mi casa más holgada, ligera, mi patria verdadera”.

Antes de matarse Yin Yin dejó esta carta: “Querida mamá: Creo que mejor hago en abandonar las cosas como están: no he sabido vencer, espero que en otro mundo exista más felicidad.

Cariñosamente tu Yin Yin. Un abrazo a Palma”.

Durante el primer gobierno de Michelle Bachelet se repatriaron los restos de Yin Yin y ahora descansan, junto a los de su madre, en Montegrande, donde ella decidió, por voluntad testamentaria, ser enterrada. Los cubre la tierra del valle, la patria donde fue por única vez dichosa. Allí yacen madre e hijo, frente a frente, hablándose un crepúsculo eterno, mientras afuera el sol resplandece y el viento no cesa de soplar sobre la tumba.

 

Foto: Yin Yin (detalle), Investigación, compilación y prólogo Pedro Pablo Zegers Blachet

 

Artículo publicado originalmente el 11/08/2015

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