Revista Intemperie

El ladrido del destino

Por: Andrea Jeftanovic
la leva

Andrea Jeftanovic se interna en los múltiples subtextos de la última novela de Larissa Contreras

 

Larissa Contreras, la narradora, guionista y actriz nos sorprende con su nueva novela La leva. Hace unos años atrás tuvimos la oportunidad de leer su colección de cuentos Postales. Reconozco en este libro la impronta de su escritura ágil, la capacidad de manejar varias tramas, de hacernos escuchar el habla y el mundo interno de sus personajes.

Siempre es inquietante la presencia de los animales en la literatura. Dicen que cuando aparece un animal se tensionan e invierten las categorías, la categoría entre la carne y la letra, entre la civilización y la barbarie, entre la naturaleza y la cultura, entre el cuerpo y el espíritu. Pienso en los cuentos de Horacio Quiroga, por ejemplo, “La gallina degollada”, o en los relatos de Clarice Lispector donde monos, perros, gallinas y búfalos son protagonistas de las historias. Larissa ha preferido sumergirnos en el universo doméstico a partir de una perra de casa, la Chola. Pienso en el lugar de los perros en la narrativa chilena: la perra amarilla de José Donoso en El obsceno pájaro de la noche, o en el protagonista Patas de perro, Bobi, de Carlos Droguett, ese ser mitad niño, mitad perro.

Si lo animal entra en escena para alterar y poner en jaque sensibilidades y formas de conocimiento, qué debemos pensar sobre una novela que lleva por título La leva. La leva como un estado febril que pone a hombres y a mujeres como una manada en celo, una manada que no solo busca satisfacer un apetito sexual sino otros apetitos, como el de la muerte, la existencia, el oficio, el sentido. O el movimiento “contra la leva” como la manada domesticada por el miedo y la violencia. O, la leva como la comunidad que se las arregla a tarascones. La leva es un fenómeno animal arrasador, todos hemos visto en las calles una jauría de perros buscando montar a la hembra que está en período de celo; se despiertan furiosas peleas cuerpo a cuerpo y hace a los perros recorrer kilómetros de la ciudad. Seguramente, al mismo tiempo, hemos visto en nuestras casas la metamorfosis del perro regalón y perezoso convertido en una bestia que aúlla y se escapa por semanas.

La leva ha fecundado no solo más cachorros sino también una serie de expresiones lingüística en nuestra habla, que se recogen en este libro: “La felicidad es una perra en celo, todos quieren montarla”, o los adjetivos compuestos: “perra faldera”, “perra quiltra”, “hija de perra”. De todas estas expresiones hay una que se erige como imagen matriz y metáfora política en este libro: “Se mata la perra, se acaba la leva”. Este significado no existe en el diccionario sino que pertenece a nuestra idiosincrasia chilena. Acá no puedo dejar de recordar la crónica “La leva” de Pedro Lemebel, un texto que relata la brutal la violación de una joven muchacha del barrio que desaparece humillada mientras los hombres responsable del hecho merodean por las calles.

Lo animal abre lecturas e interpretaciones a las formas de vida y nutre categorías políticas. En este sentido resuena la expresión de Pinochet en plena dictadura, aludiendo a que si se mataba a los que despertaban la rebelión (o “la leva”), se acababa el problema. Fue la frase que pronunció al enterarse de la muerte de Allende como “la perra en leva”, y que grafica la siniestra lógica del cálculo sobre la muerte de algunos líderes y militantes como un sacrificio que sería para el “supuesto” bienestar nacional. Desde el Golpe, el imaginario canino dejó de ser inocente. En la novela de Larissa Contreras la imagen de la leva regresa en forma de pesadilla, de recuerdo de infancia y de relato nocturno:

“Era brava, por eso que mi papá la quería. Le tomó cariño una noche que avisó que había unos ladrones robando en la casa. Ladró y hasta los mordió, los huevones salieron cagando a la calle… En eso estábamos cuando viene entrando una leva de perros detrás. Eran como veinte quiltros chicos, grandes, embetunados con barro y con babas y con puras ganas de afilársela. Con la Inesita nos asustamos y corrimos a favorecernos detrás de unos sacos, pero la Chola dale con seguirnos. Cuando los perros la vieron se nos fueron encima. La Chola repartía tarascones para todos lados, debe haber estado aburrida de que le metieran la diuca la pobre. Uno de los perros, uno grandote, blanco, bien lanudo se la quiso montar y como yo estaba al lado, me dio un empujón, quedé aplastada al medio de los sacos. En eso sale mi mamá y pega un grito. ¡Los perros!, dijo, y se puso a tirarles piedras. Pero parece que fue peor, porque los perros empezaron a morderse, el blanco se le tiró encima a uno gordo pachacho, se mordieron el cuello hasta que se sacaron sangre. La Inesita estaba al medio de todo el boche sin poder moverse. ¡Mamita! ¡Mamita!, gritaba.”(…)

La leva trae un hecho trágico en la familia de la protagonista, la muerte de la hermana, y eso genera un acto de venganza sobre la Chola, una escena cruel y dura que acompaña para siempre a Graciela, y está muy bien sugerida en la imagen de la portada de la artista Flavia Tótoro.

Este relato funciona como una imagen que señala los tiempos funestos, los miedos nocturnos, el presagio de la calamidad. Por eso también pienso, y acá entro en otra dimensión del argumento, que es también una novela sobre el teatro, o específicamente, sobre la tragedia. Porque es una historia que reflexiona sobre cómo comprender y aceptar la fatalidad en el destino humano desde la religión, el teatro, la creencia popular, el misticismo. La historia, que es a su vez un testimonio real, se desencadena con el hallazgo de una revista religiosa olvidada en el asiento trasero de un taxi. Y esa misma revista es la que motiva el encuentro entre la pareja protagonista, en un café de un centro comercial, un once de septiembre, cuando atrás, se derrumban las Torres Gemelas en Nueva York, y sobre la mesa se despliega la catástrofe íntima alrededor de una nulidad matrimonial que pone en jaque duelos y visiones de vida.

Graciela se ha refugiado de otra forma para soportar esa tragedia: se ha convertido en una devota religiosa. Graciela se ha refugiado en la religión, un credo que podría ser los Testigos de Jehová, en donde la oración, la prédica, la frase bíblica aparece como un mantra que tranquiliza las almas, la desesperación. Pero no es la única, el padre de Santiago se ha fugado fuera del país en busca de su espiritualidad, llamado el Primerísimo, sabemos de él por medio de postales que escribe desde remotos centros de energía ancestral (Perú, México) armando su ruta de “padre chamán”. La religión aparece como un sistema que da orden y domesticación a los complejos sentimientos de desconsuelo, rabia, deseo y venganza.

En la novela no se toca solo la tecla de la tragedia, también avanza a modo de picaresca y nos seduce con una serie de anécdotas y giros en la comuna de La Florida. Creo nos señala que, de un modo u otro, necesitamos una ficción o una mentira, la del teatro, la religión o el misticismo, para sostenernos “a flote”. Larissa Contreras hace mentir a sus personajes, o los refugia en una mentira, y nos miente a nosotros los lectores. La mentira como un marco de sentido y la trampa que aceptamos cada vez que abrimos un libro, o abrimos los ojos con la ilusión de detener la fatalidad que nos acecha. La ficción, en todas sus posibilidades, como una forma de acallar el ladrido o el gruñido del destino, de aquietar los instintos humanos, de disciplinar el instinto, de encauzar la leva interna. No olvidemos que la autora dice de ella misma que “se gana la vida a costa de gente imaginaria”. Larissa Contreras sigue escribiendo y mintiéndonos, lo necesitamos.

 

La leva

Larissa Contreras
Editorial Ceibo, 2015

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