Revista Intemperie

Crónica Erótica Ganadora: Timaukel

Por: Katiuska Oyarzún
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Veredicto: revista Intemperie agradece y felicita a los más de 100 participantes en nuestro primer Concurso de Crónica Erótica Intemperie 2015.

 

Los caballos mecánicos hunden sus cabezas en la pampa nevada de Tierra del Fuego.

Te escucho rezongar. Has dormido cuatro horas, las mismas que llevo conduciendo. Nunca antes manejé en carretera por tanto tiempo, menos un auto como este. Te empinas la botella de mineral. Enfoco tu garganta en el retrovisor, tu nuez arriba y abajo mientras tragas.

Me hablas. En verdad hablas solo.

Haces un recuento de anoche, de todo lo que tomamos, del tipo al que le partiste el hocico de una patada, de la colorina a la que mandaste a calentar la sopa de alguien más.

Mi chaleco apesta a gancia y cigarro. Te pido el salbutamol. Buscas el inhalador en la mochila y me lo alcanzas.

– ¿Cuánto falta para la frontera, pendeja?

– No sé, setenta creo. Presiono, aspiro, contengo.

Te inclinas entre los asientos, abres la guantera, sacas un estuche para compactos y comienzas a revisarlos.

– ¿Y esos son tuyos?

– De Martínez.

Pones uno al azar. Gipsy Kings.

– ¿No había algo menos narco?

– ¿Algo como Beethoven dices tú?

Das el volumen al máximo. Los oídos me zumban. Acelero como si eso pudiera alejarme del griterío flamenco. Cinco minutos despierto y ya fracturaste mi voluntad.

– Cambia esa mierda – grito imitando tu voz de mando.

– No.

– Se me parte la cabeza.

Bajas un poco la música. Te instalas justo detrás de mí y cubres mis oídos con tus palmas. Siento mi pelo pegarse a tus dedos calientes.

– También me duele el cuello.

Comienzas a masajear mis hombros. El espejo me devuelve tus ojos amarillos, fijos en mi escote. Siento en la nuca tu vaho tibio. Quiero aspirarte, robar tu respiración, reemplazar mi aliento feble por el tuyo.

Me llevo el inhalador a la boca y vuelvo a disparar. El movimiento te hace reparar en mis labios agrietados.

– Tienes la boca hecha mierda.

– Es por el frío.

Te veo hurgar en los bolsillos de la mochila.

Debería concentrarme en el camino, vamos a ochenta y le temo a los planchones de escarcha. Te acercas ahora con mi barra de mantequilla de cacao. Untas un poco en tu índice.

– Abre grande, pendeja.

Abro. Tus dedos derriten la mantequilla y se deslizan por mis labios. Untas otro poco y repites el gesto. Mi boca reluce ahora en el espejo.

– ¿Quieres más?

– Dale.

Vamos por una recta eterna, noventa y cinco. Tu índice enmantequillado entra ahora en mi boca. Chupo como sabes, como sé, como te gusta. De súbito empiezo a reír.

– ¿Qué te pasa?

– Sabe a nosotros.

Noto tu expresión de duda. Te llevas la barra a la nariz y compruebas que huele a mí contigo adentro. Rompes en carcajadas.

Adoro verte así.

– ¿Me echas un poco más, bagual?

Sonríes. Subes la calefacción. Tus manos vuelven a mi cuello, pero esta vez para desabotonar la camisa. Acelero, ciento diez. No parece importarte. Abres camisa y chaleco. Nunca te importa nada cuando me sabes caliente. Percibo el resorte de tu victorinox, la hoja se desliza bajo el puente del sostén.

Cortas. Tirito sin frío. No sé si me moja más tu cinismo o tu bestialidad.

– ¿Todo bien, pendeja?

Frente a mis ojos, a centímetros del manubrio, vuelves a untar tus dedos en la barra. Esta vez pones bastante en ambas manos. Te siento dibujar círculos de mantequilla sobre mi pecho, tocándome apenas. De reojo alcanzo a ver mis pezones duros, rosados y brillantes coronando mis tetas.

Me cuesta respirar.

Trato de mantener los ojos en la carretera, pero el parabrisas me devuelve el reflejo deformado de tus manos. Abres y cierras, presionas, pellizcas, estrujas. Me hundo en el acelerador. Ciento veinte, ciento cuarenta latidos por minuto. Mi pecho agitado silba en clave flamenca.

– Ya está caliente la pava para el mate parece Constelaciones de puntos brillantes danzan frente a mí.

– Para, bagual – suplico ahogada.

Cientos de agujas de hielo golpean el vidrio a la vez. Tomas la palanca de las marchas.

– Ten firme el manubrio y suelta lento el acelerador.

– Pero…

– ¡Obedece, mierda! Tu voz reverbera dentro mío.

Disminuyo la velocidad mientras pasas los cambios. Sesenta y bajando.

– Oríllate con cuidado.

Llevo el auto hasta la berma y me detengo. Aprietas mi quijada y metes a la fuerza el inhalador. Disparas, aspiro.

–¿Mejor, pendeja? Cierro los ojos.

Te escucho bajar. Abres la puerta y me tomas en brazos. Me acomodas sobre el capot. Entre forcejeos logras quitarme las botas y las tiras lejos.

–¡Hijo de puta!

Salto a la carretera. Me agarras por la cintura y metes la derecha en mi pantalón hasta tocar mi sexo. Nos quedamos ahí parados, náufragos, en el camino a Timaukel. El granizo en el asfalto quemándome los pies, tus dedos entrando hasta el fondo, los gitanos aun llorando sangre en la radio.

– ¿Quieres que nos matemos, bagual?

– No, no todavía.

 

Foto: Matthew Comer / c-heads magazine

 

Veredicto: revista Intemperie agradece y felicita a los más de 100 participantes en nuestro primer Concurso de Crónica Erótica Intemperie 2015.

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